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Ramiro Ledesma y Ortega

viernes 25 de abril de 2014, 18:43h
En mayo de 1931 Ramiro Ledesma hace pública su ruptura, sus hondas discrepancias políticas, con su gran maestro de filosofía, José Ortega y Gasset, al que, no obstante, continúa admirando como uno de los filósofos europeos más grandes a la sazón, y sigue sentimentalmente queriéndolo como persona bondadosa y ejemplo de maestro entregado. La razón se debe a la visión que ya tenía entonces Ramiro del Estado, como ente político totalitario y fundamento de la Nación; a diferencia de Ortega que como liberal de tradición entiende que el Estado no es más que una herramienta al servicio de la sociedad. Acababa de publicar el filósofo madrileño su libro La redención de las provincias, en el que criticaba acerbamente el caciquismo boyante de la época de Cánovas, y en el que aún quedaban residuos en las provincias más atrasadas socialmente. Básicamente desarrollaba las ideas previas de Macías Picavea y Joaquín Costa, aunque esforzándose por fundamentar a las mismas desde una sólida razón filosófica. Pero, en todo caso, de la obra de Ortega dimana una sana desconfianza hacia el Estado y la sociedad política, separados de la sociedad civil a la que sirven y dicen representar.

Ramiro sostenía que Ortega era infiel a una época, a su época, que debía enterrar por completo el liberalismo. Pero Ortega se movía aún en el orden de las ideas roussonianas y de la Revolución Francesa, según las cuales el Estado es pura y simplemente una institución al servicio de la nación, del pueblo. Un instrumento útil, algo sobrepuesto de que la nación se sirve. Incluso algo externo a la entraña nacional. ¿No se habían escrito Constituciones en el siglo XIX en serie, por encargo, ajenas al ser e historia nacionales? El mismo Bentham había escrito constituciones por encargo ( e incluso ya en el siglo XX se siguieron escribiendo por encargo; verbi gratia, la Constitución que Antonio García Trevijano escribiese para Guinea ). Pero para Ramiro el Estado es la base misma del pueblo, se identifica con el pueblo, y no es un mero auxiliar del pueblo para realizar sus hazañas históricas. El Estado ya es eso que hace posible el que el pueblo entre en la Historia (Hegel) y lleve a efecto grandes cosas. Pueblo y Estado los entendía Ledesma como algo indisoluble, fundido, cuyo nombre es todo un designio gigantesco, todo un destino manifiesto. El Estado no sería un artificio, una creación política de despacho, sino un resultado histórico que fundamenta un pueblo.

Madrid no atrapó nunca de tal modo a Ramiro que le hiciese olvidar sus hondas raíces sayaguesas. Es así que siempre que podía marchaba a Torrefrades no sólo para ver a su familia sino para que su alma abrevara en esa sangre y energía telúricas que parecían emerger del paisaje sayagués, llenándola así de vitalidad y fuerza. Sayago es un paraíso de encinares, quejigales y robledales, en que un microcosmos multicolor y multisinfónico de los más variegados pajarillos puede verse en cada encina cada primavera. Magníficos cerdos ibéricos hozan buscando con sus poderosas pezuñas bisulcas el sagrado fruto de la encina y quizás también el tesoro de Viriato, hijo de estas tierras austeras y bellísimas, y cuyo tesoro, si un día encuentran estos alegres puercos, será indisociable de la libertad y dignidad humanas. Hermosas terneras, muchas de ellas hijas de las elegantes vacas mirandesas, también se crían en estos montes tan austeros que parecen tierras penitenciales de ermitaño, y cuya carne regala de tal modo placer al paladar que sólo la vecina vaca alistana puede competir en sabor con su carne alegre y honda, sazonada con pastos con florecillas silvestres.

La casa de los abuelos paternos de Ramiro en Torrefrades era una de las mejores casas del lugar, cercana a la Iglesia. Llamó siempre la atención a Ramiro las enormes mochetas que sobresalen en los ángulos superiores del portón, y que sin duda los sayagueses los construían con un carácter apotropaico, como las de las puertas de las grandes ciudades del Mundo Clásico, para proteger la entrada a la casa frente a los malos espíritus del inframundo.

Estamos seguros de que Ramiro también entraría en la Casa de Viriato, sita a la entrada de Torrefrades, recordando a su abuelo José, que se entregó a su restauración con celo, como quien penetra en un templo a meditar sobre la vida y sus misterios. Allí contemplaría melancólico las pinturas alusivas a las victorias y a la terrible muerte del héroe Viriato, realizadas con bastante maestría por José Ledesma atendiendo escrupulosamente a la historia que del héroe lusitano escribiese Apiano. Y pensaría en la traición con la que españoles de “alma áptera y tullida” asedian y eliminan a los otros españoles con un amor a la libertad tan poderoso como las alas de la oropéndola. Y se admiraría una y otra vez del talento matemático del abuelo – que él mismo había heredado, pues que la segunda carrera que estudiase Ramiro fue Exactas – con los dibujos que expresaban toda una amplia gama de figuras geométricas trazados en el techo de la Viriati domus, a fin de introducir a los jóvenes sayagueses en la inmortal doctrina euclidiana. También entraría en la Iglesia del pueblo a admirar las pinturas murales que por aquel tiempo se habían descubierto. De entre todas las pinturas, el expresionismo gótico de Jesús en el sepulcro era la que más le impresionaba. El desvelamiento y restauración de estos frescos, ocultos misteriosamente durante siglos, se había interrumpido con el advenimiento de aquella República, que parecía empezar a escorarse más hacia una mundivisión rabiosamente anticatólica que a la posición laica y neutral con que se había instaurado. Este hecho hería profundamente la sensibilidad artística de Ramiro, que reconocía en estos espléndidos frescos la técnica pictórica del monje Teophilus, expresada en su pasmoso manual De diversis artibus, y porque entendía que la cultura española, la cultura hispánica – para bien o para mal – era indisociable de la religión católica. Luchar así contra el arte católico era algo así como renunciar a la propia alma de España. Se podía domesticar, se podía civilizar nuestra religión, pero no extirparla, pues que es el humus de donde brotan todas nuestras más universales floraciones de la creatividad hispánica. En esto coincidía Ramiro con Ortega y Unamuno, que empezaban a distanciarse de la IIª República por sus peligrosos ímpetus jacobinos.

La relación de Ramiro con el Magisterio se fundaba necesariamente en la relación con su propia familia, enhebrada de maestros hasta los tuétanos. Empezaba a ver Ramiro un poco exagerado por parte de la República el sistemático adoctrinamiento de ésta a todos los escolares de primera y segunda enseñanzas. Algunas cartillas de primera enseñanza se llamaban “El Niño Republicano”, y venían a ser catecismos republicanizadores no menos dogmáticos que los catecismos de la Iglesia de siempre. Su propio padre había sido sustituido por una joven maestra que más parecía un comisario político, un apéndice de la doctrina gubernamental revolucionaria que no una maestra en el sentido universal y clásico del término, y para nada una maestra con el espíritu de la Institución Libre de Enseñanza, de la que aunque confesaba la IIª República que era su gran referente ideológico, para nada el magisterio republicano tenía su espíritu libre y respetuoso, si bien continuaba la moderna metodología didáctica, iniciada por los institucionistas a principios de siglo. Grandes maestras republicanas, como la gran institucionista María Sánchez Arbós, maestra de vocación y de corazón enorme, llegó a decir que los maestros y maestras que adoctrinan al niño, por grande que sea su buena fe, le están faltando el respeto al niño, al que deberán descubrirle caminos, pero jamás imponerle un ideario político. Estamos seguros que esa afirmación la suscribiría Ramiro Ledesma.

Diríase que la República comenzaba a topar por el camino con culebras tan grandes como las que te salen en los campos de Sayago, capaces de devorar un conejo. Pero por el momento no parecían venenosas y podía hacerse herbívoras. Quizás sólo fuera un reflejo infantil del nuevo Régimen.
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