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La época de Juan Pablo II

Alejandro San Francisco
martes 29 de abril de 2014, 20:10h
Hay figuras que definen una época y conocer su vida permite acercarnos a comprender su tiempo histórico. Es lo que sucede con el siglo de oro de Pericles, la paz de Augusto, el siglo de Luis XIV, la época de Felipe II y tantas otras etapas en que la biografía y la historia caminan de la mano. Es lo que sucede con Karol Wojtyla (1920-2005), conocido universalmente como Juan Pablo II, que ha sido canonizado en Roma junto a Juan XXIII, por el Papa Francisco.

Wojtyla nació en Polonia en una época difícil y transitó su larga existencia en paralelo al doloroso e incomprendido siglo XX. Fue el primer país invadido en la Segunda Guerra Mundial, por ese acuerdo espurio entre comunistas y nacionalsocialistas que llevó a Hitler a tierra polaca el 1° de septiembre de 1939, en esa nación se construyó Auschwitz y la política de exterminio nazi, mientras en los bosques de Katyn fueron asesinados miles de oficiales, sacerdotes e intelectuales polacos. Quizá por eso J. R. R. Tolkien, el escritor británico, señaló a su hijo en una ocasión que la guerra podría dejar al mundo sin polacos o sin Polonia. Pero el joven Karol sobrevivió y decidió ser sacerdote, en una tierra de fe abundante.

Tiempo después sería escritor, hombre de intensa vida intelectual, que profesaba la fe en medio de las adversidades y el espionaje del régimen comunista que se instaló en su país poco después de la guerra, cuando el poder “cambió de manos”, en palabras de su compatriota Czeslaw Milosz, más tarde Premio Nobel de Literatura. En el plano estrictamente religioso Wojtyla llegó a ser Arzobispo de Cracovia y tuvo una importante participación en el Concilio Vaticano II, y Cardenal desde 1967.

Sin embargo su momento universal llegó en 1978, cuando fue elegido Sumo Pontífice de la Iglesia Católica, contra muchos pronósticos y ante la incredulidad de muchos observadores. No era un misterio que la Guerra Fría seguía plenamente vigente, y su elevación coincidió históricamente con otros cambios en la política mundial: la llegada de Margaret Thatcher al poder en Inglaterra y de Ronald Reagan al gobierno norteamericano; años después sería el advenimiento de Mijail Gorbachov en la URSS. Todos ellos serían determinantes en la definición del conflicto ideológico mundial, desarrollarían afectos y hasta admiración mutua –y ciertamente “una intuición histórica”, en la fórmula de Ortega y Gasset–, que les permitía influir y adivinar los tiempos que venían. En paralelo Lech Walesa y Solidaridad ambientaban el fin de una época detrás de la Cortina de Hierro, que tenía mucho de lucha espiritual sobre las fuerzas del materialismo y la violencia.

El Papa polaco fue el primer Sumo Pontífice en recorrer el mundo. Estuvo en Europa, como parecía obvio, pero también en África, Oceanía, Asia y América Latina. Visitó los principales organismos internacionales y las grandes figuras políticas de su tiempo. Escribió encíclicas y otros documentos, pronunció discursos y homilías en sus viajes, se reunió con el mundo popular, los políticos, los intelectuales, los enfermos, los ancianos. Tuvo, así lo piensan muchos, una predilección especial por los jóvenes, quizá porque él mismo siempre lo fue, por su vocación de formador, porque en ellos veía el futuro de la Iglesia y de la Humanidad, porque disfrutaba con su alegría. Siempre volvía a Roma, no sólo desde el punto de vista geográfico, sino sobre todo espiritual: sabía que ahí estaba el corazón de la Iglesia, que los tiempos difíciles que había vivido podían seguir proyectándose y que era necesario saber que Pedro había dado un ejemplo poderoso hace veinte siglos, así que podía vivir en la confianza de que jamás dejaría de tener el apoyo divino.

La última etapa de la vida de Juan Pablo II fue doblemente difícil, aunque también desafiante en esa doble dimensión. En primer lugar por los cambios históricos que afrontó el mundo después de la caída del Muro de Berlín y la derrota de los socialismos reales, una verdadera victoria para los ideales de la libertad, que aparece tratado en Centesimus Annus, la Encíclica que en 1991 conmemoró el Centenario de Rerum Novarum. Pero el resultado, si lo podemos plantear así, no fue un mundo construido sobre las bases de la fe o la doctrina social de la Iglesia, sino que el paso a una sociedad marcada por la búsqueda del dinero y por lo que el Papa polaco denunció como “el riesgo de la alianza entre democracia y relativismo ético” en su Encíclica Veritatis Splendor y en otras referencias.

El segundo aspecto fue la salud del Sumo Pontífice, progresivamente deteriorada en el plano físico y de salud, y que le significó experimentar una difícil última etapa. Fue entonces cuando el deportista vio su físico maltrecho, el hombre desconocido de su primera infancia vivía la universal preocupación por su salud, el hombre brillante que recorría el mundo experimentaba las dificultades de no poder desplazarse o incluso de no poder hablar en algunas ocasiones. Como resultado explicó con su ejemplo que no era obligación del Papa estar sano, sino ser santo.

La muerte de Juan Pablo II llegó en abril de 2005 y pocos días después Roma veía pasar ríos humanos, personas de Polonia y de distintas partes del mundo. Tuve la fortuna de ser uno de ellos. Pocas veces se vieron tantos representantes de naciones tan diversas, que procuraban dar el último adiós a quien habían conocido personalmente, lo habían recibido en sus países o simplemente se habían acercado a él a través de las más variadas instancias. Si en ese momento cientos de miles de personas lo proclamaron “santo súbito”, este domingo la Iglesia Católica lo ha elevado formalmente a los altares. Creyentes y no creyentes pueden leer su biografía o sus obras con interés, porque marcan el siglo XX como pocas figuras, porque influyeron en los acontecimientos sin cañones ni ejércitos, pero quizá por ello de manera más profunda.
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