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CRÍTICA

Luis García Montero: Alguien dice tu nombre

domingo 04 de mayo de 2014, 12:54h
Luis García Montero: Alguien dice tu nombre. Alfaguara. Madrid, 2014. 232 páginas. 18 €. Libro electrónico. 9,99 €
Con títulos como Habitaciones separadas, La intimidad de la serpiente, Vista cansada o Un invierno propio, entre otros, el escritor y catedrático de Literatura Española Luis García Montero (Granada, 1958) se convirtió en una voz imprescindible de la lírica española actual, encuadrada en una de sus líneas más atractivas, la denominada “poesía de la experiencia”, tendencia que cultiva y a la que da nombre Jaime Gil de Biedma en un comentario sobre un ensayo del profesor y crítico norteamericano Robert Langbaum, y a la que García Montero da carta de naturaleza, junto con Álvaro Salvador y Javier Égea, en el manifiesto La nueva sentimentalidad aparecido a comienzos de la década de los años ochenta del pasado siglo. Una voz que en su dilatada trayectoria se ha hecho merecedora de prestigiosos galardones como el Premio Loewe, el Nacional de Literatura o el de la Crítica, y ha cosechado elogios de personalidades de primera fila, como Octavio Paz, quien, refiriéndose a su poemario Habitaciones separadas, apuntó: “Tono sostenido, poderosa nostalgia, emoción delicada que no alza la voz, poesía escueta, ceñida. Es un libro lleno de emociones, escrito en versos diáfanos y al mismo tiempo inteligentes”.

Siendo García Montero uno de los más excelsos autores de la poesía de la experiencia resulta absolutamente natural y coherente que, sin abandonar su labor poética, la compagine con incursiones en la novela, como es el caso de la obra que ahora publica, Alguien dice tu nombre, que se presenta este miércoles 7 de mayo en la FNAC de la madrileña Plaza de Callao a las 19:30 h. Los elementos narrativos y el tono conversacional que encierra esa modalidad lírica, para mostrarnos situaciones habituales de la vida cotidiana y abordar asuntos que conecten con una amplia horquilla de lectores son una magnífica base a la hora de lanzarse al género novelístico. En él debutó propiamente en 2012 con No me cuentes tu vida, aunque en 2009 había publicado Mañana no será lo que Dios quiera, biografía novelada de Ángel González, a quien profesa una gran admiración.

En No me cuentes tu vida, reseñada por Inmaculada Lergo en este mismo suplemento, se relataba un choque generacional entre Juan Montenegro y su hijo Ramón, entremezclado con la relación amorosa de este con Mariana, una inmigrante rumana que trabaja como asistenta en casa de sus padres, con el trasfondo de varias épocas de la reciente historia española. Alguien dice tu nombre se sitúa en un lugar y un momento muy precisos: un verano de 1963 en Granada. Es una etapa opresiva, donde el tiempo no avanza, como parece reflejar el calendario del bar Lepanto, donde tantas veces irá a tomar café el protagonista de la novela: “El calendario del bar está detenido en el tiempo y en el espacio. Nada cambia, nadie puede escaparse de aquí […] Estamos a uno de julio de mil novecientos sesenta y tres. Ese calendario antiguo, casi prehistórico, es una buena metáfora de que vivimos en un país paralizado”.

El verano de 1963 es el que nos contará en primera persona León Egea, estudiante de Filosofía y Letras y aspirante a escritor, que, en vacaciones, entra a trabajar como vendedor de enciclopedias en la editorial Universo. Un verano que no será uno cualquiera, sino en el que el joven León descubre el amor, el sexo, la política, el compromiso con la resistencia a la dictadura, y hasta su propia ciudad, que empieza a ver de otra forma. Y también aprende que muchas veces ni las cosas ni las personas son como a primera vista parecen. Como ocurre con sus compañeros de trabajo, Consuelo Astorga, con la, pese a casi doblarle la edad, vivirá una tórrida historia de amor, y Vicente Fernández, que se revelará finalmente más allá de la impresión de ser “la caricatura de una carne de cañón o de oficina, el hombre indiferente que evita los problemas, cumple un horario, respira el aire que los acontecimientos le ofrecen y se contenta con no molestar, con que no lo molesten”.

Alguien dice tu nombre -García Montero confirma aquí que su condición de narrador no le va a la zaga a la de excelente poeta- tiene no poco de novela de aprendizaje y destila un enorme amor a la literatura, a la palabra, a la tarea de escribir, sobre la que se ofrecen atinadas observaciones a través de lo que le explica a León su profesor de Literatura Ignacio Rubio: “Mi profesor de Literatura me dijo que aprender a escribir es como aprender a mirar, como conseguir las cosas necesarias para encontrar un sentido”. Un amor a la palabra que se aprecia también en el propio estilo de la novela, muy trabajado en su aparente sencillez, brillante, sin regodearse en vacuos fuegos artificiales, donde se juega numerosas veces con la utilización de una tríada de precisos y sugerentes adjetivos para calificar situaciones, personajes -“Consuelo es rubia, perfecta y olvidada”-, objetos... -“Penumbrosas, gastadas y asmáticas, así son las escaleras del número siete de la calle Lepanto”, “Un tren lento, cariacontecido y charlatán”, al modo valleinclanesco: “A mi profesor de literatura le gusta Valle-Inclán porque sabía crear series inolvidables de tres adjetivos. Madrid era absurdo, brillante y hambriento. El Marqués de Bradomín era feo, católico y sentimental”.

Pero ese estilo luminoso no se agota en sí mismo, pues, como también le dice Ignacio Rubio a León: “Cuando uno quiere ser escritor necesita profundizar en la condición humana. Eso repitió muchas veces Ignacio Rubio, mi profesor de Literatura, mientras explicaba Misericordia de Galdós. La condición humana es siempre el punto de llegada, el premio de las palabras que saben tejer una tela de araña […]. Nada alcanza valor si no conseguimos un diagnóstico profundo de la condición humana”.

Por Carmen R. Santos
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