La inesperada venganza de Cornelius Gurlitt
miércoles 07 de mayo de 2014, 19:58h
Cornelius Gurlitt murió este martes en Múnich a los 81 años, sin volver a ver los cuadros que, durante décadas, había ocultado con inusual éxito y esmero al resto del mundo. Su identidad saltó a los medios hace dos años, cuando la revista Focus desveló que la policía había descubierto en el piso muniquense de Gurlitt una impresionante colección de cuadros, grabados y dibujos, algunos de ellos realizados por artistas muy cotizados, de la talla de Picasso, Chagall, Matisse, Beckmann y Nolde. Lo que más escandalizó del reportaje de Focus, fue el hecho de conocer que el hallazgo no era reciente. Había pasado más de un año desde el mismo, sin que las autoridades hubieran informado de que algunas de esas obras podrían proceder de los expolios nazis a los judíos. La citada revista aseguraba que el valor de la pinacoteca tan celosamente conservada por Cornelius, rondaba los 1.000 millones de euros y que, durante su vida en la oscuridad, habría procedido a la venta de algunas de las obras que heredó de su padre para mantener el citado piso de 100 metros cuadrados en la capital bávara, así como la pequeña casa que tenía en Salzburgo o para pagar los cuidados médicos. En definitiva, para vivir en la clandestinidad en un mundo, como el de hoy, en el que parece imposible que alguien pueda conseguirlo. Pero Cornelius se había parapetado bien, a base de no figurar en ningún sitio. Podía decirse que Cornelius Gurlitt prácticamente no existía. Incluso llevaba años corriendo el rumor entre su familia y algunos conocidos de que se había suicidado después de perder a sus padres hacía muchos años.
Sin embargo, los secretos acaban saliendo casi siempre a la superficie. Por causa o por azar. Quizás, a Cornelius - poco dado a salir a la calle y, mucho menos, a viajar -, le traicionó un inesperado nudo en el estómago, cuando, el 22 de septiembre de 2010, el tren en el que regresaba a Múnich desde Zúrich fue objeto de una inspección de los agentes de aduanas, en busca de posibles entradas ilegales de divisas desde la tantas veces colaboradora necesaria Suiza. En realidad, en la inspección al alemán le encontraron 9.000 euros en billetes de 500, es decir, justo por debajo del límite permitido. Pero el temblor de sus manos, su mirada huidiza y la lividez que delata los nudos en el estómago y en la garganta, dejó a los agentes con la mosca detrás de la oreja. Descubrieron, entonces, que aquel enjuto hombre de pelo blanco y claros ojos azules no figuraba en las bases de datos de la Seguridad Social, no tenía pensión ni seguro médico privado. No existía vehículo alguno registrado a su nombre, ni permiso de conducir. No tenía cuentas bancarias y, lo más definitivo, ni siquiera figuraba en los archivos de Hacienda. En febrero de 2012, los investigadores consiguieron la pertinente orden judicial para registrar el domicilio de quien ellos perseguían por presunto delito fiscal. Encontraron – según la revista Focus, entre basura y alimentos caducados de los años 80 – 1.280 cuadros, todos, al parecer, increíblemente bien conservados. Tres días tardó la policía en poner un poco de orden y trasladar aquel inesperado tesoro a dependencias gubernamentales, para proceder a su examen por los expertos que habrían de determinar la procedencia de cada una de las obras.
De repente, el invisible Cornelius se convertía en el hombre más buscado por los medios de comunicación del mundo entero. ¿Quién era ese enigmático anciano? Y, sobre todo, ¿cómo había sido posible la ocultación en el pequeño piso del barrio Schwabing – con la única protección de candados dobles en las puertas – de lo que Julian Radcliffe, presidente del Registro de Arte Perdido de Londres, ha calificado como el más importante hallazgo ligado al Holocausto judío? 70 años después del fin de la II Guerra Mundial, el llamado caso Gurlitt volvía a desatar el debate acerca de la restitución de obras de arte robadas por los nazis no solo en Alemania, sino en otros países como Francia y Polonia. De una parte, quienes defienden la imposibilidad, en la mayoría de los casos, de demostrar la real procedencia de las obras y, de otra, los que denuncian que Alemania nunca haya hecho un verdadero esfuerzo por intentar restituir las obras que fueron expoliadas a los judíos por los nazis. Entre los más “beligerantes”, el periodista especializado en arte robado y autor del libro “Los cuadros están entre nosotros. El negocio del arte robado por los nazis”, Stefan Koldehoff, quien asegura, aunque sin atreverse a dar una cifra concreta, que las colecciones de los 6.000 museos que hay en Alemania contienen todavía varios miles de obras de arte que pertenecieron a familias judías. Y va aún más lejos, porque cuando se le pregunta por qué las autoridades alemanas no han investigado a fondo y mucho antes la procedencia de cada una de las obras que conforman en la actualidad las colecciones públicas y privadas en Alemania, él responde – en la línea de lo que muchos economistas han explicado anteriormente – que, después de 1945, la República Federal Alemana evitó promulgar leyes que establecieran un procedimiento legal para la devolución del arte robado porque ello podría suponer que, en algún momento, tendría que hacer lo mismo con otras propiedades, como viviendas o industrias, haciendo imposible una rápida reactivación económica del que entonces era un país en ruinas.
En todo caso, Alemania fue, por supuesto, uno de los países firmantes de la Declaración de Washington, acuerdo por el que, desde 1998, se solicita a los museos públicos que devuelvan a los herederos las obras robadas por el régimen nazi. Una mera recomendación – su carácter no es vinculante – que no afectaría a las colecciones privadas. Hace un mes, Cornelius Gurlitt firmó con las autoridades un acuerdo, en virtud del cual le serían devueltas las obras que en el plazo de un año no hubieran sido acreditadas como objeto de expolio. Al mismo tiempo, el anciano se comprometía, a su vez, a devolver a los herederos que en un futuro consiguieran acreditar que alguna de las obras halladas en su casa fue robada a sus familias. A pesar de que él había defendido desde el principio la legitimidad de la colección heredada de su padre, el acuerdo era bueno. Se sabía enfermo y estaba a punto de someterse a una intervención quirúrgica de corazón. Solo quería volver a ver los cuadros por los que había renunciado a llevar una vida normal. Porque la suya, fue una existencia en la sombra, marcada, sin duda, desde su nacimiento en el seno de una familia dedicada al arte. Su padre, Hildebrand Gurlitt, historiador de arte, prestigioso marchante y director de los museos de Zwickau y Hamburgo, fue, en un principio, represaliado por el Tercer Reich a causa del origen judío de su abuela, perdiendo sus cargos al frente de los citados museos Sin embargo, posteriormente, de manera voluntaria o no, pasó a formar parte del “exclusivo” y reducidísimo grupo de marchantes con licencia para tratar con el denominado “arte degenerado”, ese que tanto molestaba a los nazis. Disponía, asimismo, de un salvoconducto para entrar y salir de los depósitos berlineses donde se apilaban más de 20.000 piezas, entre las que se encontraban las confiscadas a los judíos o las abandonadas por ellos al salir de Alemania antes de ser deportados a un campo de concentración. Por el camino, es decir, mientras cumplía con este servicio para los nazis, Hildebrand aprovechó para comprar valiosos cuadros a los desesperados que necesitaban convertir en efectivo los óleos, acuarelas o litografías que hasta entonces habían vestido sus habitaciones.
La necesidad y la premura fueron determinantes para que el padre de Cornelius se hiciera con las obras a precios muy por debajo de lo que realmente valían. Pero, en este caso, es decir, al tratarse de obras compradas – con independencia de la inmoralidad de la transacción -, las obras serían, como sostenía Gurlitt, de su legítima propiedad. En virtud de ese convencimiento, hace pocos días, cuando ya barruntaba que llegaba el momento de marcharse a esa otra dimensión en la que no cabe equipaje de ningún tipo, Cornelius llamó a su abogado para que redactara un testamento, del que hasta su fallecimiento este martes no se tenía noticia. En virtud del mismo, los cuadros que finalmente se acrediten de su propiedad – se estima que serán la mayoría – irán a parar a una fundación, cuyo nombre no se ha hecho público y de la que sólo se sabe con seguridad que no es alemana. Probablemente, austriaca o suiza. Puede que esta haya sido la particular venganza póstuma de Cornelius. A los policías que entraron a registrar por primera vez su casa, Cornelius les dijo que “podían haberse ahorrado el esfuerzo, ya que estaba punto de morirse” Volvió a expresarse en los mismos términos en una entrevista en Der Spiegel el pasado año: “Podrían haber esperado hasta que me hubiera muerto”. Si la causa o el azar no hubieran viajado en aquel tren, lo más probable es que el Estado alemán se hubiera hecho ahora con la valiosísima colección. Cornelius no tenía herederos forzosos ni había hecho testamento. Hasta hace unos días.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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