Hollande, dos años de un fracaso anunciado
viernes 09 de mayo de 2014, 00:04h
Al cumplirse dos años de la llegada de François Hollande al Elíseo, el balance no es precisamente positivo. En estos veinticuatro meses, el mandatario francés ha conseguido convertirse en el presidente más rechazado de la historia de la V República. Según los sondeos realizados con motivo de la efemérides, el 86 % de los franceses juzga muy negativamente sus dos años al frente del país. Y, lo que es más decisivo, ese rechazo se puso palmariamente de manifiesto en las urnas -los “sondeos” auténticos y que son los que valen-, pues en las recientes elecciones municipales el Partido Socialista sufrió un severísimo descalabro que despertó todas las alarmas en su seno y provocó una remodelación del Gobierno por parte de Hollande.
Y, ciertamente, el descontento no es caprichoso. Francia atraviesa por una situación difícil, con una cifra considerable de desempleo, un crecimiento económico por debajo de la media europea, una deuda pública en aumento y una pérdida de peso en el panorama internacional. En el fracaso de Hollande se han cargado las tintas, incluso – y quizás hasta con más regodeo- entre sus correligionarios, en aspectos de su personalidad y vida privada, lo que estalló especialmente al salir a la luz su “affaire” con la actriz Julie Gay mientras que su compañera oficial, Valèrie Trienweller, ejercía de primera dama. Aunque esta visión pueda resultar más mediática por su morbo, desvía la atención de lo esencial como es que los dos años de presidencia de Hollande son la crónica de un fracaso anunciado.
Subido al carro de la demagogia, tan del gusto de la izquierda en general -y no solo de la francesa-, y tan agradecido a corto plazo como nefasto después, François Hollande prometió un programa imposible de cumplir en las actuales circunstancias. Criticó la austeridad con un canto de sirenas de un irrealizable crecimiento, en una Europa golpeada por la crisis. Después, si se nos permite la expresión popular, vino el tío Paco con las rebajas, y a Hollande no le quedó otro remedio que llevar a cabo una política de fuertes ajustes y recortes, con el consiguiente desencanto de aquellos a los que se les había prometido el país de las maravillas. Pero, para colmo de males, esa política llegó tarde y tampoco fue gestionada con la pericia y determinación que exigía.
No ser claro y honesto con los electores pasa siempre factura, como ha vuelto a demostrarse en el caso de Hollande. Ahora, con su nuevo primer ministro, Manuel Vals, parece que está dispuesto a enmendar la situación y dar un decidido giro hacia una mayor austeridad imprescindible en los tiempos que corren. Por mucho que duela, solo admitiendo la absoluta necesidad de los recortes se puede pasar al debate de dónde hacerlos. El nuevo Gabinete de Hollande va a internarse por el camino de duros recortes presupuestarios, lo que ya está provocando grietas entre los socialistas galos, empantanados muchos de ellos -como otros correligionarios europeos, y no hace falta ir muy lejos para comprobarlo- en la negación de la realidad. Mala cosa, pues solo aceptándola es posible trabajar por su mejora.