Rusia, Serbia y el Día de la Victoria
Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
sábado 10 de mayo de 2014, 21:55h
La noche del 8 al 9 de mayo de 1945 el III Reich capituló frente a la Unión Soviética y firmó su rendición incondicional en término similares a los que había firmado el día 7 de mayo con los aliados occidentales. Aunque en Berlín, donde se firmó la rendición, era todavía el día 8, ya eran pasadas las doce de la noche en Moscú de modo que quedó el día 9 de mayo como Día de la Victoria, la celebración de la derrota de los nazis y sus aliados.
Este día se celebra en la mayor parte de Europa Central y Oriental así como en muchas de las Repúblicas de la antigua Unión Soviética. Así, desde Armenia y Azerbaiyan hasta Polonia, Serbia, Bosnia Herzegovina y Montenegro conmemoran este día la victoria sobre los nazis. En algunos países como la propia Rusia es un día festivo no laborable. En Moscú, la Plaza Roja contempla un desfile que exhibe el poder militar de la Federación Rusa y renueva los votos de compromiso frente al fascismo y el nazismo. A menudo, desfilan unidades uniformadas como en tiempos de la Gran Guerra Patriótica, la lucha que libró la URSS contra el Reich y sus aliados desde la Operación Barbarroja, es decir, la invasión de la Unión Soviética el día 22 de junio de 1941.
Aquella guerra ha marcado a las generaciones posteriores de buena parte de Europa. Las narrativas nacionales de Serbia, Bosnia-Herzegovina, Croacia, Bielorrusia, Rusia y otros tantos países tiene un punto de inflexión en la lucha contra los nazis, el sacrificio de los civiles, la destrucción sistemática de los países, el heroísmo de las resistencia y la defensa contra el invasor y el estigma de la colaboración. En el caso de la antigua Yugoslavia, el reciente estreno de la serie televisiva Ravna Gora, que narra la guerra con una mirada de unidad nacional entre partisanos y chetniks, es un ejemplo más de la presencia que la guerra sigue teniendo en el imaginario colectivo de las sociedades que la padecieron. El propio fenómeno cultural de la “yugonostalgia” es incomprensible sin el ideario profundamente antifascista que impregnó el proyecto nacional de Yugoslavia.
Algo similar ocurre en Crimea. El asedio de Sebastopol (1941-1942) es solo uno de los episodios que jalonan la resistencia del pueblo ruso contra el Reich. Es difícil imaginar lo que fue aquello. En España, tal vez tendríamos que remontarnos a la Guerra de la Independencia –a la defensa de Zaragoza frente a los ejércitos de Napoleón- para figurarnos algo similar. Los rusos lucharon hasta el último hombre, hasta la última mujer, hasta el último niño. Desde el 30 de octubre de 1941 hasta el 4 de julio de 1942, Sebastopol resistió el ataque combinado de alemanes, italianos y rumanos. Hasta el mítico Von Manstein fracasó ante Sebastopol. Al final, el puerto en el Mar Negro cayó pero había logrado demorar la ofensiva sobre Stalingrado y a Von Paulus le faltaron fuerzas que hubiesen podido cambiar el curso de aquella batalla decisiva. En Sebastopol-como en Brest- los nazis comprobaron que los rusos jamás se rendirían sin luchar hasta el último aliento.
Por eso, es importante detenerse a considerar en estos días la trascendencia de los recientes acontecimientos en Crimea y Ucrania Oriental. El Presidente de la Federación Rusa ha visitado en el Día de la Victoria Crimea y ha dado un paso simbólico muy importante al recordar la “voluntad de hierro soviética” y la contribución de la URSS con el sacrificio de su pueblo a la derrota de los nazis. En un momento de ofensiva nacionalista sobre Ucrania Oriental y amenazas de mayores sanciones contra Rusia, el Día de la Victoria es una ocasión para recordar a los rusos de la Federación y a aquellos que viven fuera de sus fronteras quiénes son y de dónde vienen. En Rusia, el patriotismo sigue siendo una fuerza movilizadora muy poderosa.
Por otro lado, hay que comprender las alianzas y las afinidades marcadas por la Historia. Es lógico que Serbia se resista a aplicar sanciones contra Moscú. Junto a la tradicional cercanía de los dos pueblos eslavos –por ejemplo, la URSS apoyó a los partisanos contra los nazis- Serbia recuerda lo que fueron las sanciones contra ella misma y cómo sumieron a la población en la miseria. Las grandes empresas serbias –Partisanski Put o Energoprojekt, por poner dos ejemplos- se hundieron cuando la economía de la antigua Yugoslavia quedó sometida a un embargo y a unas sanciones que asfixiaron económicamente al país entre 1992 y 1995. El ascenso de la criminalidad en Serbia durante aquellos años solo puede comprenderse bajo el prisma de las sanciones. Así, es muy comprensible que Serbia se resista a imponer algo que los propios serbios padecieron durante un tiempo en que Rusia fue su única amiga con peso internacional. Por otra parte, la Federación Rusa es hoy un importante socio comercial y aliado de Belgrado, a quien sucesivamente la Unión Europea ha ido exigiendo concesiones en Kosovo en aplicación de un principio que Bruselas rechaza para Crimen y Ucrania Oriental. Al final, aquel precedente ha resultado fatal para toda Europa.
El Día de la victoria da alguna clave para comprender lo que está ocurriendo con una mirada histórica más profunda que la de la mera actualidad. Cicerón decía que la Historia es maestra de la vida. Ojalá sus lecciones no caigan en el olvido.
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Analista político
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