Saltar por Melilla (y II)
lunes 12 de mayo de 2014, 21:03h
Un chico senegalés pasa la noche con los compañeros del taller de carpintería y con su novia Awa en la playa. Fuman, beben algo y al amanecer del 17 de septiembre del 2002 Mahmud Traoré deja Dakar para faire l’aventure (marcharse a la aventura). Todavía no ha cumplido veinte años pero fantasea con llegar a Europa, vivir como ha visto en las pantallas y volver cargado de regalos para su familia y sus amigos.
Desde Dakar lo más corto sería llegar a Nouakchott, capital de Mauritania, entrar en Marruecos por el Sahara Occidental, el viejo territorio español, e ir subiendo hasta Ceuta. Lo malo es que el conflicto saharaui no se ha cerrado y quedan demasiadas minas y controles militares. No queda más remedio que dar una gigantesca vuelta: rodear el desierto del Sahara y poner los pies en la orilla sur del Mediterráneo. Después, el salto por donde se pueda.
Sin decírselo a su familia, Traoré se planta en la estación de autobuses de Dakar y con su pasaporte saca billete hasta Bamaco, capital de Malí. Mil kilómetros que se hacen en día y medio. En territorio malí empieza la voracidad de una policía a la que por un motivo u otro hay que soltarle francos CFA (moneda común de catorce países africanos, antiguas colonias francesas) y de los buitres dispuestos a estafar a los jóvenes aventureros.
Sin demasiada prisa, Traoré elige entrar en Níger y llegar a Niamey en dos días de minibus. Después habrá que superar el Sahara y no dejarse engañar por tuaregs capaces de abandonar a sus clientes en medio del desierto. Circulan además noticias que hablan de un racismo miserable con los negros subsaharianos.
Tras Niamey, Agadez, Ghat, Sabha, Trípoli, Uargla, Argel, Melilla, Ceuta y por fin Sevilla en febrero de 2006. Instalado en Sevilla, Traoré narra su viaje, su vida, a Bruno Le Dantec y de ahí saldrá Partir para contar (Pepitas de calabaza, 2014), un texto en primera persona que ilumina la problemática de la inmigración subsahariana y cuya lectura enseña, en primer lugar, que quienes pugnan por saltar por Ceuta o Melilla ni son pobres ni analfabetos.
La segunda enseñanza es que el movimiento migratorio está más organizado y estratificado de lo que parece. Los nigerianos ostentan la peor reputación. En el polo opuesto están los senegaleses. Existe toda una estructura de transporte y alojamiento, un entramado de unas dimensiones tales que para cualquier servicio de información serio no puede pasar desapercibido. No todos los que viven del movimiento migratorio son trileros albaneses. Existen reglas, códigos no escritos, dinero de por medio e intercambios de diverso tipo.
La tercera gran enseñanza radica en que tras el gran esfuerzo llega con demasiada frecuencia la decepción. Traoré entra en un bar de la calle Sierpes en Sevilla y en la barra se siente observado, y en lo que tardan en atenderle piensa, una vez más, que no le tratan como se merece. No es cosa sólo de España y de su paro del 25%. Europa tiene mucho de espejismo. Una trampa muy cara de la que no se podrá hablar al volver a Senegal cargado de regalos aún por pagar.
Habrá que repensar muchas cosas. Esto no funciona en un mundo de fronteras.
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Catedrático y director del Dpto. de Sociología de la UPNA
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