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Twitter y la sociedad enferma

José Antonio Sentís
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directorgeneralelimparciales/15/15/27
miércoles 14 de mayo de 2014, 19:54h
Ante la evidencia del móvil personal en el asesinato de la presidenta de la Diputación de León, el debate se ha desplazado desde un primer análisis relativamente desorientado sobre las consecuencias del desprestigio de la política hasta otro de enorme calado: el papel y el uso de las redes sociales y, en especial, Twitter.

Se han dicho tantas barbaridades en los escuetos mensajes de 140 caracteres que han asustado y escandalizado por igual. Por eso, el ministro del Interior apareció menos preocupado por el esclarecimiento del asesinato, que pareció bastante obvio desde el principio, que por las medidas que habría que tomar contra la pléyade de personajes abyectos que componen el universo Twitter bajo la presunta protección del anonimato.

No sobra el control en las redes, porque hay delitos “de palabra” que nada tienen que ver con la libertad de expresión: las injurias, las calumnias, las amenazas, la incitación a la violencia… Pero hay más en lo que cada día se ve en Twitter que no roza el Código Penal, sino que simplemente expresa un clima social de ciudadanos de cordura discutible, de pasiones sin digerir, de vísceras y sectarismo. Justo lo que no puede perseguir la Policía, pero que expone el escaparate en las conductas y actitudes más amorales (sin contar con el peor delito: la mala educación) como si la sociedad hubiera enfermado con el progreso de las comunicaciones.

Es muy probable que no sea así. La sociedad de la información ha evolucionado tan rápido que no ha dado tiempo todavía a un verdadero cambio social salvo en la última generación, aunque lo hará pronto para todos. Por ahora, lo que esta comunicación vertiginosa de las redes sociales expresa es simplemente lo que sentían y sienten los individuos de antes. Sólo que lo que se decía en un bar se escribe ahora.

La sociedad actual, incluida la española, no es más estúpida que antes. Solo que ahora lo vemos en su crudeza. Tampoco es más inteligente, pero también accedemos antes a su inteligencia. Por eso yo pude leer ayer vía Twitter un gráfico comparado sobre el crecimiento de China y Japón y, a la vez, una amenaza de muerte contra la periodista Isabel San Sebastián. Ambas cosas, y una infinidad más, estaban en el mismo entorno, como también en un café se puede componer una tertulia literaria y también escuchar al mayor idiota opinando sobre cómo arreglaría él mismo, a la sombra de su gin tonic, el problema de Cataluña.

Es cierto que Twitter lo carga el diablo. Su propio formato de mensajes cortos hace que cualquier idea requiera la máxima simplificación. Por lo tanto, que pueda derivar en la simpleza. Escribir sin matices es complicado. La posibilidad de error es infinitamente superior a la del acierto, no digamos a la de la genialidad. Pero hay muchos aspirantes a genio, y no pocos son tragados por el alien, víctimas de una cierta soberbia infantil que les impide cerrar la boca para que no entren las moscas.

Cada vez hay más personajes públicos enredados en la trampa de Twitter. Sólo el último asunto, el terrible asesinato de León, se ha llevado por delante a dos concejales, y me da igual su partido, porque no se ha tratado de política, sino de actitud moral. Y ha puesto en compromisos serios a actores o futbolistas, periodistas o jueces.

Parece, sin embargo, que nada de esto escarmienta, como también da la impresión de que los casos cada vez más abundantes de delincuentes twitteros atrapados por la Policía no frenan a unos tipos escondidos bajo un sobrenombre, como si eso fuera la capucha de un ladrón de bancos, cuando, sí se busca, se pilla a cualquiera, porque hay pocos hackers y sí muchos tontos con su IP en ristre.

El principal problema de Twitter es que, por mucho que se filtre, no se puede evitar la entrada de personajes que oscilan entre la banalidad y la ofensa. Por eso da la sensación de que la sociedad está en la UVI, entre indignada e idiotizada, entre airada y descerebrada. Porque sin las redes es más fácil filtrar el círculo del entorno, si descontamos al pesado del bar, mientras que con ellas aparece sistemáticamente en la pantalla del ordenador hasta el punto de hacerte desear la cabaña desierta del bosque.

Pero también Twitter es libre. No te pone falta cuando no lo abres, ni te riñe si no escribes. El precio de usarlo para conocer la portada de un periódico, la foto de un corresponsal de guerra o el último informe sobre la pobreza en África es que, a la vez, te expones a leer un insulto o, lo que es peor, la apasionante experiencia de alguien tomando una paella en casa Pepe, o en casa de Pepe.

Es cuestión de optar. Cuando a George Clooney le preguntaron si utilizaba las redes sociales, dijo que antes prefería un tacto rectal. Seguro que en ocasiones tendría razón, aunque de lo segundo no se escapará y de lo primero puede hacerlo. Ambas cosas son exigencias a veces desagradables, la comunicación y la salud. Y ambas demuestran que la enfermedad, social o física existen, existían y existirán. Lo desolador es pensar que no mejoramos, sino que somos lo que éramos, pero con el agravante de que cada vez nos damos cuenta más rápida y más descarnadamente.

José Antonio Sentís

Director general de EL IMPARCIAL.

JOSÉ A. SENTÍS es director Adjunto de EL IMPARCIAL

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