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"Disfruto matando a todo aquel que Dios me ordena matar"

miércoles 14 de mayo de 2014, 20:07h
“Disfruto matando a todo aquel que Dios me ordena matar, de la misma manera que disfruto matando pollos y carneros”, es la frase con la que Abubakar Shekau, líder de la secta islamista radical Boko Haram, se define a si mismo en uno de los vídeos con los que le gusta reivindicar sus actos criminales. Fuera de Nigeria y de los servicios internacionales especializados en grupos terroristas, la autodenominada Congregación del Pueblo por la Tradición del Proselitismo y la yihad – apodada Boko Haram por su principal eslogan: “la educación occidental es pecado” – era, hasta hace poco tiempo, poco o nada conocida. Pero el secuestro de más de doscientas niñas de una escuela al norte del país, en el estado de Borno, ha estremecido al mundo, y lo que en la actual sociedad parece aún más definitivo, ha sacudido a las redes sociales. La campaña internacional basada en la etiqueta de Twitter #BringBackOurGirls ha movilizado a más de tres millones de personas y, sobre todo, a famosos de toda índole, que no han dudado en posar con el cartel que muestra el citado hashtag. Sin embargo, en Nigeria no hay unanimidad a la hora de ver como bueno este tipo de movilización que ha traspasado sus fronteras de una forma incontrolable y que, a juicio de algunos, podría, incluso, conllevar efectos contrarios. Por ejemplo, argumentan, que el mundo vea a Nigeria como un país débil e impotente para resolver sus propios problemas o que la atención mundial sirva al siniestro jefe de la secta para envalentonarse y elevar su apuesta.

A pesar de ello, parecen efectos muy fáciles de asumir cuando lo que está en juego es la integridad física y la propia vida de un numeroso grupo de niñas, cuyo único delito es el de empeñarse en estudiar. Ni siquiera se trató de creencias religiosas. Como no era el caso de ponerse a perder el tiempo con averiguaciones en mitad de este espeluznante secuestro en masa, los terroristas no hicieron distinciones y se llevaron también a las chicas musulmanas. Al fin y al cabo, para ellos, con independencia de la religión, todas estaban en pecado por el mero hecho de acudir a la escuela. Tienen muy claro que el único rol posible para cualquier mujer es el de esposa, y punto. Aún así, en el video que a todos nos dejó la garganta seca ya explicaba Abubakar Shekau que nadie tenía que preocuparse por la salvación de las niñas. Podíamos estar tranquilos: todas, cristianas y musulmanas, se habían convertido a la particular interpretación radical islamista de este grupo terrorista que no cree siquiera que la Tierra sea redonda. Tal cual. Su fundador, Mohammed Yusuf, muerto en 2009 durante una acción del ejército nigeriano, así lo declaraba en una entrevista a la BBC. Su lucha, afirmaba convencido, pasaba por eliminar la teoría de la evolución de Darwin y la noción de que vivimos en un planeta esférico, ya que ambas ideas contravienen las enseñanzas de lo que ellos entienden por Islam.

Y, aunque en 2009 las autoridades nigerianas pudieron llegar a creer que con la muerte de Yusuf y casi un millar de terroristas, la serpiente volvería a su refugio bajo tierra, lo cierto es que, aquí sí, se produjo el efecto contrario. A la serpiente le creció de inmediato una cabeza aún más sanguinaria y, para colmo, llena de excusas, que en realidad no necesitaba, para “revolverse” con mayor virulencia. Ahora se trataba de vengar la muerte de sus hermanos y la orden de Abubakar Shekau fue la de atacar objetivos civiles, es decir, asaltar “tipo Atila” localidades de la región más pobre de Nigeria. A veces, se conformaban con prender fuego a iglesias y escuelas. Otras, en cambio, arrasaban el pueblo entero en un santiamén. Lo que hasta el pasado año no parecía entrar en sus diabólicos planes, era secuestrar mujeres y niñas. Pero también para ello encontraron excusa. Shekau ordenó este nuevo castigo a los infieles para responder al hostigamiento que, según su organización, estaban padeciendo las propias mujeres de los miembros de Boko Haram por parte del ejército nigeriano, que, a su vez, había endurecido la lucha para librar a la región del grupo terrorista. La nueva táctica del ejército incluía, al parecer, ejecuciones extrajudiciales, torturas y detenciones indiscriminadas, lo que llevó a la Comisión de Derechos Humanos de Nigeria a denunciar que la actuación del Gobierno no había hecho sino radicalizar, aún más, a los terroristas. Un terrible callejón en creciente espiral y sin salida. Al menos, hasta ahora. Porque el secuestro de las 223 niñas ha marcado un punto de inflexión. Si, en un principio, hubo bastantes chicos que se sintieron atraídos por la secta que les acogía; en la actualidad, Boro Haram ha ido perdiendo el poder del miedo sobre la población después de cada matanza. Especialmente, desde que las niñas fueron arrancadas de sus pupitres. Por fin, muchos se han atrevido a decir basta. Y lo más significativo, aunque aquí nos pueda parecer simplemente lógico, por primera vez las madres de las niñas secuestradas se han atrevido a salir a la calle para reclamar el regreso de sus hijas, lo que supone todo un hito en la historia de este conflicto. Las madres saben que el tiempo corre siempre en contra. Que, como poco, las niñas pueden enfermar en medio de la selva sin posibilidad de cuidado médico de ningún tipo. O, simplemente, ser vendidas a las mafias que se dedican a la trata, como aseguran que ya se ha hecho informaciones procedentes de Chad y Camerún, y desaparecer para siempre en una vida que, quizás, hasta preferirían haber perdido.
De modo que, aunque se sigan alzando voces críticas – como las de los escritores nigerianos Teju Cole, que acusa a Occidente de confundir solidaridad con caridad, o Chibundu Onuzi –, está claro que lo que quiere otra parte de la ciudadanía es que la comunidad internacional sepa lo que está ocurriendo en el norte de su país y se implique, a través de colaboraciones concretas y no sólo en la urgente recuperación de las chicas retenidas. También, en un marco de asesoramiento que, respetando la soberanía de este país independiente desde 1960, les permita librarse de la contradictoria pobreza de un país rico, cuyo PIB en 2013 fue superior al de Sudáfrica. Un país, que no ha podido progresar como debería haberlo hecho a causa de la que es una de sus mayores lacras: la corrupción generalizada entre las élites del poder político, económico y burocrático, que ha “robado” a sus habitantes, según fuentes del Banco Mundial, 400.000 millones de dólares desde que Reino Unido reconoció su independencia. En el país más poblado de África, las cosas habrían sido muy distintas sin esa endémica corrupción. No habría, desde luego, un porcentaje de pobreza del 70% en la población. Porque Nigeria, a pesar de todo, es el gran exportador de petróleo de África y destaca con fuerza en la industria cinematográfica. De hecho, Nollywood, con más de 7.000 películas en trece años, es la segunda más grande del mundo, por detrás de Bollywood y por delante de Hollywood. También cuenta con un importante comercio electrónico, producción musical, y el sector de la telefonía móvil representa el 9% del PIB.

Así, el Banco Mundial está convencido de que Nigeria puede alzarse entre las 20 mayores economías del mundo para el año 2020, siempre que sea capaz de erradicar la corrupción, diversificar su economía para que no sea tan dependiente del petróleo, modernizar la agricultura, así como la red eléctrica y la de infraestructuras. Todo, con el fin de que desaparezcan las enormes diferencia entre el sur – en la ciudad de Lagos la renta media alcanza los 2.000 euros – y el paupérrimo norte, donde la falta de recursos empuja a los padres a enviar a los niños a escuelas coránicas por el simple hecho de que estas, a diferencia de los colegios tradicionales, son gratuitas. Por tanto, son muchos los retos a los que Nigeria tiene que enfrentarse para lograr que sus recursos naturales y humanos – las chicas de los pueblos ya no tienen dudas de que si consiguen terminar sus estudios y empezar a trabajar cambiará no sólo su vida, sino la de toda su familia -, para que nada comprometa de manera irreversible el prometedor futuro al que se podría llegar en unos años. Ahora, sí, lo más urgente es que las niñas vuelvan con sus familias. Por eso, ya hay aviones estadounidenses que sobrevuelan la selva, y servicios de inteligencia de varios países han enviado a la zona a sus especialistas. También por esa misma razón, muchos nigerianos de la calle han querido contestar a las voces críticas: “A nadie le gusta hablar de una intervención extranjera en su país, pero llevamos años sufriendo y, ahora, ¿qué les decimos a todas estas madres?”.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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