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Los Niños de Oro

jueves 15 de mayo de 2014, 19:40h
Según Chesterton, “lo maravilloso de la infancia es que cualquier cosa en ella es una maravilla”. Según cuáles. Pasan cosas últimamente que no invitan al optimismo en este sentido. Me viene a la memoria “Los Niños de Oro”, un cuento de los hermanos Grimm en el que un pescador pesca un pez de oro y éste, a cambio de devolverle al agua, le ofrece como premio grandes riquezas y dos niños de oro. Los niños, claro, pasan las de Caín, pero al final todo acaba bien.

Dudo mucho que ese sea el caso de las niñas nigerianas secuestradas por los animales de Boko Haram. Me confieso incapaz de ver las imágenes en las que aparecen recitando suras del Corán, y tampoco quiero imaginar el dolor de esa madre que pudo reconocer entre ellas a su hija, con una expresión de pavor en su cara atroz. Se habla, por cierto, de las niñas secuestradas por Boko Haram, pero nada se dice de los niños. A ellos, directamente, los matan. Personalmente, me parece casi igual de horrible el asesinato de un niño que arranquen de su entorno a una niña, la violen sistemáticamente y luego la vendan como esclava. Boko Haram viene a traducirse por “la educación occidental es pecado”, y sus integrantes buscan instaurar la Sharia o ley islámica en todo el país.

En la otra orilla del continente africano, en Tanzania, hay también niños de oro, aunque diferentes a los del cuento. Así se les llama a niños de apenas 7 años que trabajan extrayendo oro en régimen de semiesclavitud, y en unas condiciones realmente penosas. África, sin embargo, no es el único lugar en el que los niños sufren. Por desgracia, sucede en todo el mundo. Y en el civilizado occidente, además, está el drama de la pederastia, cuya sola referencia me revuelve.

Hace pocos días, un hombre fue detenido en Cataluña por abandonar a sus dos hijos de un año de edad. El hombre en cuestión adujo “que no los quería”. La madre, prostituta, se fugó a Burdeos con un cliente, y el padre decidió seguir su camino “sin ataduras”: devolvió las llaves del piso a su casero, y le dijo que ya no quería nada de nada, ni la casa ni lo que había dentro. Niños incluidos. Quiero creer que esos pequeños al menos tendrán una oportunidad. Pero pienso en todos los demás a los que les han robado la infancia y se abre ante mí un enorme vacío. “Si alguno le quita la fe a alguno de estos pequeños, más le valiera que le ataran al cuello una piedra de moler y lo echaran al mar” (Marcos 9,42). De acuerdo. Pero entre tanto, ¿qué pasa con esas pobres criaturitas a las que se maltrata con aparente impunidad? Decía Oscar Wilde que “el mejor medio para hacer buenos a los niños es hacerlos felices”. Difícil, en muchos casos.

Antonio Hualde

Abogado

ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación Ortega y Gasset

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