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El siglo de Felipe VI

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 16 de mayo de 2014, 19:52h
Dado que Luis XIV llegó a la Corona en las horas más bajas de la Historia de Francia, debilitada por guerras entre mazarinistas y antimazarinistas, y distintos ejércitos privados de la gran nobleza gala ( Turena, Condé, Luxemburgo, Vauban, Martinett, etc. ), con peligro cierto de desmembrase y desaparecer, y que, sin embargo, con su sagaz ejecutoria llevó a Francia hasta sus más altas cumbres en todos los ámbitos de la vida; militar, política, cultura, sociedad…, tal como nos lo expone el genio de Voltaire en su obra clásica, del mismo modo quisiéramos pensar que el siglo venidero de nuestro Felipe VI, que se iniciará también en medio de los más grandes peligros contra la existencia misma de España, llegue a ser en su apogeo otro gran siglo español. Tenemos derecho a soñar al menos. Y es seguro que don Felipe ya no podrá hacer daño y tracionar, en el seno de la Unión Europea, los países que aquel rey, amigo de la magnificencia, traicionó de forma despiadada: Holanda, la propia España ( ningún buen español que conozca la Historia de España puede ser francófilo ), la propia Inglaterra, el Imperio Germánico, y otras potencias de segundo orden. En gran medida las naciones que conforman la Unión Europea han superado aquellos viejos odios justificados. Hoy la misma supervivencia de Europa exige el olvido del honor manchado ( el patético objeto de ludibrio que hizo Luis XIV de su propio cuñado, nuestro enfermo Carlos II, etc. ).

El valor de los hombres se mide por las dificultades superadas, y Felipe VI muchas tendrá que superar. Cuando las naciones están a punto de desaparecer, si el alma pública aún mantiene vivo el instinto de supervivencia, suelen resurgir siempre con fuerza y con pujanza. Algo así como la persona alcohólica o drogadicta que cuando toca fondo se le presenta la coyuntura crítica de salvarse o finalmente perecer. Y si opta con resolución por salvarse su recuperación a menudo es muy rápida. Esa recuperación inmediata la esperamos en España. El pasado inmediato pudo ser producto del error y la mala suerte, pero también de la maldad y codicia de una clase política nunca debidamente castigada. El rey anterior conservará la fama de hombre de bien, sensato, moderado y sencillo, porque sus virtudes y sus grandes dotes, propias sólo de él, debían hacer olvidar debilidades y faltas comunes a tantos otros hombres.

Y en nuestro afán porque el país mejore anhelamos que en el siglo de Felipe VI llegue un nuevo Colbert, liberal, claro, a fin no sólo de levantar nuestra economía, tanto nacional como doméstica, sino también de convertir en cuadros medios del Estado español aquellos ciudadanos que los aúpen sus méritos técnicos, y no su obediencia perruna y aceitosa a las corrientes políticas que gobiernen el Estado. Ésta última, sin duda alguna, fue la mejor contribución de Colbert al engrandecimiento del Estado francés en la época del gran Luis.

En lo que Felipe VI no deberá jamás imitar a su antecesor galo Luis XIV, aunque tocando las escrófulas de los tuberculosos los llegase a curar, siguiendo la tradición taumatúrgica de los borbones, es la vanidad oceánica y la soberbia inhumana, potenciadas y realzadas por una magnificencia y apoteosis plásticas y ceremoniales, que contaminaron todas las piezas del ya complejo mecanismo del Estado, y que en gran manera todos los Estados de Europa han heredado como una verdadera calamidad pública, que mantiene el alma lacayuna de los ciudadanos ante los Partidos que gestionan la Administración.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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