La guerra se vuelve inevitable
martes 20 de mayo de 2014, 19:50h
¿Qué papel juega la libertad humana en la evolución de la historia? ¿O más bien deberíamos considerar que nuestra existencia viene condicionada por una serie de estructuras y determinada por cuestiones contra las cuales no podemos sino resignarnos a perpetuidad? ¿Por qué muchas veces vemos venir un desastre político y diplomático y el resultado, tiempo después, es que dicho desastre se produce y lamentamos sus consecuencias? Es el permanente misterio de la historia, donde las ideas, las estructuras y la libertad de las personas se combinan para producir las mayores realizaciones y los peores desastres. Es el misterio mismo de la vida humana, que aspira a la grandeza y que muchas veces se sumerge en el fango de la irracionalidad. El siglo XX tiene mucho que enseñarnos al respecto, debido a las guerras mundiales que enlutaron a dos generaciones, los campos de concentración y el Gulag que amplificaron los males sociales y enseñaron que siempre se puede seguir avanzando en la tiranía y el dolor, y ciertamente también por la irrupción de los regímenes totalitarios, quizá la única invención política original del último siglo.
La Primera Guerra Mundial es un ejemplo extraordinario que ilustra cómo se van concatenando las cosas hasta hacer que un desenlace se vuelva “inevitable”, aunque pudiera haber sido evitado si se hubieran tomado las medidas correspondientes y oportunas. El 4 de diciembre de 1912, sólo un par de años antes del estallido del conflicto, Edward Grey –el Foreign Secretary de Gran Bretaña entre 1905 y 1916– le transmitió al conde Lichnowsky, embajador de Alemania, un análisis que en realidad era una advertencia:
“En caso de que surgiera una guerra europea debido a un ataque de Austria contra Serbia, y de que Rusia, obligada por la opinión pública, invadiera Galitzia para no tener que volver a soportar la humillación como la de 1909, lo que obligaría a Alemania a acudir en ayuda de Austria, Francia se vería inevitablemente arrastrada al conflicto, y nadie podría predecir los acontecimientos que vendrían después”.
Los alemanes interpretaron esto como una declaración moral de guerra, y en una importante reunión el Káiser Guillermo II exigió que “se hicieran los mayores esfuerzos a través de la prensa para preparar la popularidad de una guerra contra Rusia”, estimando –al igual que su jefe de Estado Mayor Helmuth von Moltke– que “la guerra es inevitable, y cuanto antes, mejor”. Al parecer así lo empezaron a pensar la mayoría de los líderes relevantes de Europa, que se prepararon para la inminente guerra que enfrentaría a algunas de las potencias del continente. En esa línea deben inscribirse tanto la orientación de las gestiones diplomáticas llevadas a cabo por las distintas naciones como la carrera armamentista que se había desarrollado desde hacía años; así se entienden tanto las continuas declaraciones de lealtades y amistades como la renovación de los odios contra otros países; de esa manera se puede comprender mejor el papel de una prensa crecientemente hostil así como la condena política y social que sufrieron las personas que se expresaban a favor de la paz y de mantener posturas más moderadas.
Estas conversaciones y sucesos aparecen narrados en la excelente obra reciente de Christopher Clark, Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra de 1914 (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2014), una obra que junto con mostrarnos la complejidad de la historia nos recuerda cómo las torpezas repetidas y amplificadas en distintas naciones tienen consecuencias desastrosas para el mundo entero. En realidad, son parte de cualquier narración que procure explicar la génesis del gran conflicto que, según se comentó en su momento, permitiría que nunca más hubiera guerras. En estos meses en que se cumple el Centenario del inicio de la Primera Guerra Mundial se volverá cada vez más necesario acudir a exposiciones, leer libros de historia y novelas que traten sobre la Gran Guerra y sus protagonistas, sus historias de heroísmo y dolor, de sangre acumulada, de odios repetidos hasta la saciedad.
En este escenario la prensa se volvió un medio fundamental para la difusión de las pasiones y los resentimientos, mientras el lenguaje adquirió un nuevo valor como mecanismo para la difusión de los odios y la construcción de la imagen del enemigo, como aparece explicado en el valioso estudio de Adan Kovacsics, Guerra y Lenguaje (Barcelona, Acantilado, 2008). Es la voluntad de los contendientes llevada a la palabra y las armas la que va provocando la escalada de destrucción y las consecuencias lamentables que Europa debió lamentar por largo tiempo.
Una adecuada revisión de la historia “tal cual sucedió”, y una interpretación desprejuiciada de los mecanismos y situaciones que condujeron al estallido de la Primera Guerra Mundial seguramente nos llevarán a dejar de lado soluciones simplistas, explicaciones fáciles o monocausales, supuestas inevitabilidades y condenas atávicas a una guerra de autodestrucción. Como en todos los problemas históricos complejos, en el camino a la Gran Guerra se complementaron ciertas fuerzas del pasado y problemas no resueltos de manera adecuada, con ideas que adquirían valor político y diplomático, como el poderío nacional, la importancia de unas fuerzas militares sólidas y una política de alianzas correspondiente. Nada de eso hubiera conducido a la guerra si no se añadiera la voluntad libre de las personas, los gobernantes, diplomáticos, uniformados y otros tantos que vieron que la guerra no solo era posible sino también necesaria, que a ella irían a triunfar, llenando sus escaparates de medallas y su vida de victorias. Sin embargo, los cuatro años de trincheras y destrucción nos permiten, a posteriori, contemplar el error que cometieron y los horrores que sucedieron.
Han pasado ya cien años y es momento de volver a mirar la Primera Guerra Mundial. La historia, decía Cicerón, es maestra de la vida. Muchas veces lo olvidamos y por lo mismo después lo lamentamos profundamente. Así se vio cuando la Segunda Guerra Mundial, ese otro gran experimento autodestructivo, también se volvió “inevitable”. Para nueva vergüenza de la humanidad.