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El macabro espectáculo de unos cadáveres donados a la ciencia

miércoles 21 de mayo de 2014, 20:15h
Las impactantes imágenes de montones de anónimos cadáveres, así como partes de los mismos, literalmente tirados con menos orden o respeto que los que pueden observarse, incluso, en una fosa común, lleva días revolviéndonos las entrañas y los sentimientos. También, la razón. ¿Cómo es posible que más de 200 seres humanos que donaron sus cuerpos a la ciencia hayan acabado así en el departamento de Anatomía II de la facultad de Medicina de la Complutense? Resulta imposible encontrar una justificación. Lo que sí hay, como siempre, son excusas. Sin duda, también inmediatas extensiones del dedo índice para señalar a otros. Porque en este país, con demasiada frecuencia, parece que la culpa nunca es de quien ostenta el cargo de responsable, a pesar de que su sueldo se haya fijado teniendo en cuenta, precisamente, ese título.

De modo que, una vez destapado el indignante escándalo que dura ya varios años, el director del departamento de Anatomía y Embriología Humana II de la Facultad se ha apresurado a explicar que lo ocurrido se debe al hecho de que el funcionario encargado del horno se prejubiló en diciembre y que, desde entonces, no ha habido manera de convocar la plaza correspondiente por culpa de los sindicatos. Estos, a su vez, llevan tiempo denunciando que el horno, instalado en 1991, emite gases nocivos y pone en peligro la salud de los trabajadores. Lo que está claro es que quien debía responsabilizarse de hacer algo, el director, ni siquiera se preocupó de mantener el estricto protocolo diario de actuación que se lleva cabo en el otro departamento de Anatomía y Embriología Humana de la misma facultad, donde los cuerpos se ordenan en estanterías, metidos en bolsas y, por supuesto, identificados. Hasta llegar a la insostenible realidad que, ahora sí, descubierto el macabro e inmoral espectáculo, el rectorado afirma estar investigando en el curso del expediente informativo que se ha abierto para aclarar el asunto, del que, por supuesto, allí tampoco sabían nada.
Asimismo, los estudiantes han publicado en su web que jamás han presenciado prácticas o situaciones denigrantes hacia los cuerpos donados y que informarán personalmente a las familias que así lo soliciten. Y es que, detrás de estas fotografías que muchos hemos contemplado con horror, hay familias afectadas directamente con un dolor difícil de imaginar. Habrá, al mismo tiempo, quien decida revisar su testamento vital. Porque, por ejemplo, para algunos enfermos la idea de donar su cadáver a la ciencia es algo así como una especie de rebelión contra “aquello” que les roba la posibilidad de tener una vida normal o, incluso, la propia vida. Saben que, en la mayoría de los casos, su patología impedirá que puedan donar sus órganos para ayudar a otros, de modo que la idea de que el posterior estudio de su cadáver pueda arrojar luz a la ciencia supone una especie de “indemnización” a su calvario. Como si en su sacrificio, pudiera llegar a existir una débil y extraña justificación. Un rasgo de heroicidad póstuma, que, especialmente para quienes no tengan fe en el más allá, suponga un consuelo frente a la inmensidad del vacío que acecha para llevarse el último suspiro.

En España, a medida que se fue extendiendo la práctica de la incineración, el número de personas que decidieron donar sus restos a universidades de medicina o centros de investigación, es decir, a la ciencia, ha ido creciendo de forma significativa. Hasta entonces, nunca había sido tan fácil disponer de los cadáveres necesarios para que, por ejemplo, los alumnos de Anatomía pudieran aprender a través de la disección de un ser humano. Lo normal era que los cadáveres correspondieran a personas sin techo, que habían fallecido en la calle sin que después se reclamaran sus restos. Una orden judicial servía, entonces, para que ese cuerpo inánime llegara a alguna facultad de medicina donde se estudiaría o practicaría con el mismo, antes de ser incinerado y sus cenizas depositadas en un cementerio.

Porque, a pesar de hallarnos en la era tecnológica de las simulaciones 3D, con maniquíes que no pueden parecerse más a nosotros, todos los especialistas en anatomía insisten en afirmar que los cuerpos donados a la ciencia son algo insustituible. Lo son desde que la anatomía, uno de los saberes más antiguos de la Medicina, se viera claramente revolucionada durante el Renacimiento gracias a Vesalio y su disección de cadáveres, rodeado no sólo de estudiantes, sino también de artistas ansiosos de conocer el increíble funcionamiento del cuerpo humano. Sin embargo, ni entonces, ni mucho después, resultaba fácil disponer de cadáveres. El hecho de que en épocas anteriores, la mutilación de un cadáver fuera considerada como una especie de profanación provocaba que muy pocos donaran generosamente su cuerpo a la ciencia. El propio Vesalio, para completar su formación osteológica, tuvo que trabajar con huesos sustraídos de los cementerios. Y Leonardo da Vinci se vio fatalmente obligado a abandonar los estudios anatómicos que realizaba en el Hospital del Espíritu Santo de Roma, cuando fue acusado de prácticas sacrílegas y el Papa León X le prohibió la entrada al citado centro hospitalario.

Mucho más tarde, en 1884, las cosas seguían sin cambiar demasiado. Robert Louise Stevenson publicaba ese año su cuento “El ladrón de cadáveres”, en el que narraba las contradicciones morales de un joven médico que, a pesar de sospechar que los cuerpos que recibía para su disección habían sido robados de sus nichos en algún cementerio, intentaba seguir aprendiendo sin pensar en ello. El cuento profundizaba así en el mundo de la profanación de tumbas y el tráfico de los codiciados cadáveres en una época en la que, en realidad, dicha práctica estaba muy extendida. La gran evolución en la manera de pensar y de actuar desde entonces, es un hecho del que todos, de alguna forma, nos beneficiamos. Quizá, con suerte, no directamente. En todo caso, la noticia del tenebroso sótano de la universidad madrileña en la que se apilan cadáveres nos ha servido, además, para conocer que no existe normativa alguna al respecto. Todo depende de las diferentes facultades de Medicina que reciben los cuerpos. Porque cada comunidad es competente en la llamada Sanidad Mortuoria, pero eso sólo incluye enterramientos, traslados o autopsias, no la donación de cuerpos a la ciencia. Un concepto, ciencia, que de repente nos parece terriblemente abstracto, falto de cualquier tipo de amparo a causa de ese increíble vacío legal. Un portavoz de la Asociación Española de Donantes de Cuerpos a la Ciencia, ha asegurado estos días que durante sus visitas a la mayor parte de depósitos universitarios, nunca habían visto uno como el de Anatomía II de la Complutense. Puede que visitar la mayor parte, no haya sido suficiente. Y, al final, uno se pregunta si, al menos, esas imágenes que parecen tomadas en Dahau, en lugar de en una facultad de Medicina del siglo XXI, servirán ahora para algo más que para indignarnos, preocuparnos o escribir columnas de opinión.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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