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Europa (y España) empiezan a jugar con fuego

José Antonio Sentís
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directorgeneralelimparciales/15/15/27
lunes 26 de mayo de 2014, 02:03h
España se ha europeizado a su manera. Por eso, estas elecciones en su apartado patrio han venido a reflejar, aproximadamente, el mismo grado de cabreo que está en la media europea. Cabreo dirigido a las instituciones, a las elites políticas y económicas, a los grandes partidos.

Si pensamos en España, los partidos que han gobernado en los últimos lustros han sido elegidos como los malos de la película, bien es verdad que uno, el PP, algo menos malo que el otro, el PSOE. Pero culpables ambos, en fin, de todos los males que nos aquejan. Ni los desestabilizadores nacionalistas, ni los disolventes francotiradores, ni los ambiciosos individualistas, ni los corrosivos comunistas tienen nada que ver con nuestros problemas.

No era fácil llegar a esta conclusión, pero en España lo hemos logrado. Y parecíamos retrasados respecto a Europa, pero no. Aquí estamos con nuestros socios exactamente en el punto que está su media. Parecida participación electoral, tirando a baja. Desgaste de las mayorías y elección de partiditos cuyos dirigentes caben en un taxi, pero que van a tener suculenta representación europea. Emergencia de fuerzas extravagantes, aquí de extrema izquierda, en otros lugares de extrema derecha, pero tanto da, porque les une su alternativa antisistema (aun presentándose dócilmente para formar parte de él).

Y es que las elecciones europeas son el escenario perfecto para el desahogo. Seguramente es ésa su principal virtud. Lo que los ciudadanos no se permitirían cuando se tratara sobre las cosas del comer, lo hacen en esta fecha en la que cada Estado sólo aporta una pequeña pieza de un puzzle político que aún se ve como lejano. Y por eso, en estas elecciones aparecen partidos de todo jaez, con tan variedad de propuestas que incluso concursan aquéllas que pretenden, precisamente, el fin de la Unión Europea: ciento treinta escaños en el Parlamento Europeo serán ocupados por quienes no quieren que exista un Parlamento Europeo. Y no menos escaños los tendrán aquellos que rechazan los propios principios constituyentes de la Unión que les va a cobijar y retribuir.

Estamos en la media, pues. De hecho, la misma distribución de fuerzas que se ha producido en España se ha plasmado en Europa. Las dos grandes fuerzas, populares y socialistas, tendrán algo más de la mitad de los escaños europeos, mientras que incontables formaciones se repartirán el resto.

Y, si repasamos los resultados de los demás países, veremos que ha sido muy complicado para casi cualquiera sacar más del veinticinco por ciento de los votos para ganar. Igual que el PP aquí. Un resultado que se considera gran éxito en Francia (Le Pen) o incluso superior al de otra perla antieuropea en Gran Bretaña, el UKIP. Porque con esas cifras han ganado sus elecciones.

Lo que sucede es que estábamos acostumbrados a otra cosa. A las hegemonías. Más aún, hasta ayer mismo nos sentíamos cómodos en ellas, quizá conservando un cierto miedo ancestral a la ingobernabilidad, a la desestabilización, al desorden. Pero eso ha ido cambiando, y ya estamos más sueltos, más lanzados. Perdidos por perdidos, al río. Por lo menos en elecciones como éstas, donde el voto, siendo relevante, deja paso a lo testimonial. Ya veremos lo que pasa en las Legislativas pero, de momento, ya hemos dicho lo que teníamos que decir. Para que se enteren.

En España, el PP ha perdido ocho escaños respecto a las anteriores europeas. Escaños que, en lógica fronteriza, deberían haber ido a parar al PSOE. Pero no: los socialistas han perdido nueve. Por lo tanto, el partido de Rajoy ha ganado con claridad las elecciones. Al menos, a los demás concursantes. Sólo ha perdido con él mismo. Para reflexionar, por supuesto. Pero para llorar, no tanto. Porque, como se ha escrito en este espacio, la crisis no está en el bipartidismo, sino en que una de las patas de éste, la socialista, baja cuando debería subir por desgaste de la otra. La crisis está en el PSOE, que ha dejado de representar a la izquierda mientras ésta se dispersa entre numerosas opciones con diferente grado de extremismo.

El PSOE está sometido a una pinza capaz de llevarle a la irrelevancia, si no se pone las pilas. Por su ala centrista le han salido dos partidos que, aunque también afectan al PP, están en el ideario socialdemócrata de origen: UPyD y Ciudadanos. Por la izquierda siempre ha tenido a los comunistas de IU, aunque razonablemente controlados. Pero también ha emergido una criatura mediática que se llama Pablo Iglesias, que se ha aprestado él solito y sus tertulias televisivas (porque su partido es ignoto) a recoger las mareas ciudadanas que la izquierda oficial inventó contra la derecha y que se le ha escapado de las manos como sucede siempre que se juega con el fuego de la demagogia.

Y por si no tiene suficientes problemas el PSOE, las izquierdas independentistas se mueven exultantes y encantadas con sus escasos escaños, como si fueran los grandes vencedores. ERC es el caso más sonado, por supuesto, el que le come la tostada a Rubalcaba en Cataluña y el que acaba de explicar a Mas que quien siembra vientos recoge tempestades.

Pero aún con todo eso, el PSOE es el segundo partido de España, con más del doble de votos que el tercero. Y el PP, milagrosamente en medio de la crisis, el primero, y el único partido de Gobierno en Europa, junto el de Ángela Merkel, que ha sido capaz de ganar una elecciones tan desconcertante como las europeas, donde tantos mueven la baraja, pero para jugar a diferentes juegos.

El PP y el PSOE siguen ahí, con resultados al estilo europeo. Posiblemente, lo excepcional era lo anterior, cuando esos partidos juntaban a la inmensa mayoría del electorado.

La cuestión está en saber cuáles serían las consecuencias de esta distribución electoral. Porque muchos países, con votos a los principales partidos por debajo del treinta por ciento han resuelto el problema de la gobernabilidad con sistemas electorales mayoritarios (donde sólo gana el más votado, aunque le voten poco) o con prácticas históricas de coalición. Aquí, el nuestro es proporcional aunque corregido, y de coaliciones nadie quiere hablar (aunque la veremos en el Parlamento Europeo entre populares y socialistas, pues si no el Gobierno europeo quedaría vacante).

Y con nuestro sistema, la dispersión política es tan letal como la de la fracasada cuarta República francesa. ¿Vamos a ese escenario, o habrá un repliegue hacia la estabilidad en torno a PP y PSOE? Es difícil saberlo, porque, de vez en cuando, muchas sociedades se hacen amantes de las aventuras en busca de la felicidad. Y muchos políticos, los que ahora emergen casi de la nada, tienen ganas de que vivamos tiempos interesantes.

España y Europa los van a vivir, porque ya han empezado a jugar con fuego. Aunque los que más se van a divertir en un primer momento van a ser los franceses, con la victoria de la extrema derecha. Nosotros podemos esperar a las próximas elecciones, a ver si logramos que aquí gane la extrema izquierda. Lo vamos a pasar de miedo.

José Antonio Sentís

Director general de EL IMPARCIAL.

JOSÉ A. SENTÍS es director Adjunto de EL IMPARCIAL

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