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El descontento radical ganó las elecciones europeas

lunes 30 de junio de 2014, 14:12h
Actualizado el: 23/07/2014 16:11h
De las elecciones europeas es significativo que los descontentos del PSOE hayan encontrado en un partido satélite el refuerzo ideológico de carácter radical con Podemos, en tanto los desencantados del Partido Popular no se han manifestado con la misma solidez quedando en evidencia el giro a la izquierda que refrenda un inconformismo mayúsculo con la clase política. España ha mostrado una declaración de intenciones muy alejadas del extraño liberalismo de Rajoy, pero tampoco ha apostado por el purismo ideológico de VOX. Ganó primordialmente la izquierda más oportunista y que ha sabido sacar rédito electoral en la confusión del espectro socio político. Es paradójico que hayan resultado vencedoras algunas de las formaciones más antieuropeístas que toman posiciones para próximos comicios nacionales.

De no haber existido alternativa al bipartidismo muy seguramente que el electorado se habría abstenido significativamente, pero los escaños de Podemos o Ciudadanos no son sólo una intención regeneracionista en lo ideológico sino también un voto de castigo a ese bipartidismo enquistado al que parecen empezar a renunciar los españoles. Estos son sólo resultados que auguran aún mayores circunstancias reformistas en detrimento principalmente del PP en el Gobierno, con un PSOE demeritorio que sin embargo acorta distancias a la espera de una futurible alianza izquierdista que pudiese desbancar la opción liberal absolutamente fragmentada. Si el descontento es así de visceral no conviene agravar lo que de por sí ha resultado una decepcionante presidencia de Mariano Rajoy que, a este paso absurdamente arriolista, podría ser el único que no gobernara las preceptivas dos legislaturas en la alternancia del poder.

El explosivo está acumulado en las calles que dicen basta. Un giro a la izquierda más determinista es un reflejo del fracaso acumulado en dos años por el Partido Popular incapaz de conectar con electores propios y ajenos. El futuro está sembrado con las semillas de este pasado 25 de Mayo para las municipales, autonómicas y generales. Las urnas han justificado la visceralidad de las protestas presentes y, previsiblemente, las más virulentas de aquí en adelante. La desaprobación resulta ahora legítima y así lo entenderán los vencedores del pulso por recoger el voto de los más indignados. Los peyorativamente denominados perroflautas, los del 15M , las asambleas de la calle y demás ya poseen la representación parlamentaria a la que aspiraban.

No existe manera de evitar una explosión pisando miles de mechas antes de que lleguen a prender una santabárbara, máxime cuando se multiplican nuevas encendidas al intentar apagarse todas a zapatazos. La abstención es indicativa de una insatisfacción visceral, pero la radicalidad en la elección es un síntoma de airada voluntad con pocas paciencias.

El Partido Popular permanece ajeno a la realidad imperante si celebra la pírrica victoria. Es obligado variar el rumbo de las imposiciones con apariencia despótica. Por mucho zapateado que baile Jorge Fernández Díaz, ministro del Interior, sobre esas iracundas mechas, más riesgosa será la potencialidad de que acabe estallando el polvorín. Cuanto más se intente evitar una debacle mediante la persecución, más cercano estará el momento de lamentarlo. La solución al trance de que todo reviente no estriba en apagar las mechas, sino en retirar los explosivos que pueden reventar nuestra convivencia.

Intentar atajar un estallido social mediante la represión, bajo permanentes tensiones de un descontento generalizado, es un craso error que puede conducir a la aceleración del proceso que desemboque en una revuelta popular de imponderables consecuencias. La Historia lo demuestra como lección olvidada en la que los déspotas terminan instruyéndose tardíamente mediante el linchamiento multitudinario. Así sucedió con el dictador Ceaucescu víctima de los rumanos durante un conato de huelga que terminó con él y su mujer en el paredón, como tantos confiados caídos desde las alturas, aquéllas donde sólo los intocables pensaban poder contemplar el mundo a sus pies. Ante un pueblo encolerizado no hay pedestal ni barbacana que valga.

Existen dictaduras proclamadas y democracias que degeneran en los usos y hábitos totalitaristas mediante la imposición excusada por la selección de las urnas. Sinceramente, no sé cuál de los regímenes es más nocivo para el pueblo en ambos casos. Lo cierto es que las consecuencias pueden ser similares si se descuida el modo de gobernar.

La radicalidad era poca pero cada vez son más los adeptos que consigue cada día por el desconcierto social y político que padecemos, la corruptela descarada, el favoritismo de castas minoritarias, la pobreza galopante y la exterminación de la esperanza en el futuro. La clave está en no dar pretextos para que la desesperanza continúe y se convierta en odio. Muchos que recelan abruptamente en este momento, jamás lo habrían hecho si no contemplaran el tráfago de desorden que se origina desde las instituciones. Muchas personas no son radicales, sino hartos ciudadanos que no soportan el abuso contra sus escasos viáticos en tanto las abundancias mal repartidas condicionan la miseria de muchos.

La Ley y la Justicia tienden a ser temidas que no respetadas en España y no hay peor motivación de violencia que vencer el miedo a la represión y confrontar abiertamente con lo que se cree injusto. La incomunicación es la introducción al capítulo de la beligerancia y el enfrentamiento, siendo el Partido Popular un nulo armonizador social por ser incapaz de transmitir los beneficios de sus políticas que parecen impuestas para el propio daño de la ciudadanía. Así se percibe con el silenciamiento de las razones que le llevan al PP a decidir lo mejor que cree para beneficio del pueblo pero sin el pueblo. Mariano Rajoy adolece de una incapacidad latente y perpetuada para conectar hasta con el electorado propio; normal que los que no lo son no sólo experimenten perplejidad, sino que además la transformen en ira tras las radicales posturas políticas históricas que reverdecen con mayor crudeza después del despertar guerra civilista zapateriano que tanto mal ha infligido.

La fiebre revanchista de las redes sociales es síntoma de un mal generalizado que tiende a justificar la violencia y el exterminio del adversario político. Lo peor es que a ojos de muchos ciudadanos tal indignación puede estar justificada y algunos lo han mostrado votando. El divorcio con la clase política está mucho más extendido que la sombra de miles en las redes sociales argumentando sus pareceres violentos. Cualquiera diría que estamos reviviendo los prolegómenos que nos llevaron a una contienda civil y que reencarna el mismo espíritu de confrontación fratricida. Al margen de las causas inherentes al asesinato de Isabel Carrasco, la ampliación nociva de este execrable crimen estriba en la ira que es tomada como ejemplarizante para mostrar el grado de inconformismo en una gran parte de la sociedad española.

Estamos enfermos pero desde las raíces. No consiste en podar alguna rama seca la supervivencia del árbol nacional, en realidad parece que se necesita un trasplante dada la putrefacción universalizada del conjunto socio-político. No querer verlo es abocarnos a un suicidio, cada cual usando el arma que le venga en gana bajo la bandera unívoca de la intolerancia sea del color que sea.

España está para que la examinen en un periodo de cuarentena obligado con el fin de evitar males mayores, pues el tratamiento equívoco de lo taxativo sólo puede conllevar mayor descontento sin abordar la verdadera causa de nuestros trastornos. La observación de lo que nos perjudica quizá nos ahorre futuribles daños que todos conjuntamente tendríamos que lamentar, pues en la visceralidad de la protesta se halla el pretexto y el impulso de los que luego históricamente podemos arrepentirnos.

Es perentorio volver a dar voz al pueblo y explicar en qué consiste el regeneracionismo político que todos deseamos, pero antes hemos de ser conscientes de los crasos errores en que basamos nuestra convivencia relativizando la Justicia por la frecuencia de corrupción que ya nadie ignora. Consensuar es la clave, acercando posiciones mediante una reestructuración real que no fingida. Una manera de retirar el explosivo que cualquier mecha puede detonar, sería la revisión exhaustiva del gasto público con una intención sólida de enmienda para luego explicar el porqué de la petición del sacrificio al contribuyente.

España necesita una renovación constitucional pero antes una declaración de intenciones que no sea inspirada por el interés sectario al que se tiende con un bipartidismo enquistado, sino una intencionalidad abierta y propuesta a la inmensa mayoría de buenas personas que pueblan España, más allá de beligerancias radicalizadas que perderían adeptos si se demuestra que todavía existe esperanza en la convivencia de diario empezando por el retorno a la confianza política.

De otro modo, sin gestos que se entiendan democratizadores y plurales, las mechas seguirán apareciendo por doquier y acabarán volando el polvorín acumulado de la resignación que aún alienta, a duras penas, el amanecer de cada día. No se necesita mejor excusa que la voluntad popular en las urnas para reivindicar los extremos y ese paso ya se ha dado. Regeneración o desintegración, institucional y territorial, es la disyuntiva.
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