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Crónica de América

Obama traiciona sus promesas a los hispanos

lunes 30 de junio de 2014, 14:12h
Por dos veces Barack Obama ha utilizado compromisos electorales con la inmensa minoría hispana estadounidense, para después desentenderse de sus promesas sobre migración y convertirse en el presidente que más deportaciones ha ejecutado. La presión hispana contra el mandatario se vuelve por momentos más crispada y alcanza estos días tintes explosivos.
Cada vez se hace más patente el resentimiento de la población hispana frente a Barack Obama y el Partido Demócrata, tras su permanente incumplimiento de las promesas electorales hechas a esta enorme comunidad emergente de votantes cada día más decisivos en las urnas norteamericanas. Una multifacética colectividad hispana que ya fue esencial en el éxito del actual inquilino de la Casa Blanca en el 2008 y en el 2012, pero que ahora, en el ecuador de su segunda legislatura, viene comprobando con irritación de qué modo las promesas de hace seis años -reiteradas hace dos-, han sido definitivamente traicionadas. De la paciencia se pasó a la indignación, y desde la indignación las comunidades hispanas acaban de desembocar en airadas protestas contra Obama. A los afectados se les ha caído finalmente la venda de la propaganda demócrata y de sus falsos compromisos con la minoría hispana relativos al supuesto cambio de la política de emigración.

Las protestas están dando lugar a rabiosas manifestaciones y huelgas de hambre, enérgicas iniciativas que pueden causar auténticos destrozos mediáticos en la imagen pública de Obama y estragos en las elecciones legislativas previstas para noviembre de este año. La presión ha llegado a ser tan intensa que los asesores presidenciales le han aconsejado realizar gestos políticos que le saquen del atolladero y apacigüen un movimiento tan enfurecido. El resultado es el nombramiento de algunos cargos con apellidos hispanos y la movilización de la maquinaría propagandística demócrata para culpar de la situación al Partido Republicano. Dos movimientos en el tablero político estadounidense que no convencen ni siquiera a las propias filas del Partido Demócrata de Obama y menos aún a la angustiada población de origen hispano.

Para entender el actual grado de crispación, es necesario remontarse a las responsabilidades contraídas por Obama con las comunidades hispanas durante las campañas electorales. Ya en julio de 2008, el entonces candidato a la presidencia declaró solemnemente: “Durante ocho largos años hemos tenido un presidente -en referencia a George Bush-, que ha hecho toda clase de promesas a los latinos en la campaña electoral, pero no las ha cumplido. Necesitamos un presidente que no le dé la espalda a una reforma de la inmigración cuando pierde popularidad política. Ese es el compromiso que les ofrezco a todos ustedes. Y haré de él la prioridad principal de mi primer año como presidente.” Con este juramento, Obama arrebató al Partido Republicano el voto hispano, que dio sus papeletas abrumadoramente a favor del aspirante sorpresa hasta constituir cerca del 10 % de sus sufragios.

Una vez instalado en el Despacho Oval, esa supuesta prioridad desapareció de su discurso dejando atónitas a las organizaciones latinas que le habían respaldado. Un desconcierto acentuado por la circunstancia de disponer de una mayoría favorable en el Congreso que le hubiera permitido tramitar sin grandes obstáculos la ley de Reforma Migratoria prometida. Al concluir su primer mandato y optar a la reelección, Barack Obama recuperó la memoria de su palabra dada y comenzó el rosario de justificaciones para explicar a sus votantes latinos los motivos de su amnesia. El discurso presidencial adujo la intempestiva recesión económica desencadenada en el 2008, el problema de la guerra de Iraq y el enconado debate sobre la reforma del sistema de salud. Con vistas a su reelección Obama reforzó la aparente veracidad de sus excusas ordenando que se relajase el ritmo de deportaciones de inmigrantes ilegales latinoamericanos, al mismo tiempo que trazaba una imagen sombría de su oponente Mitt Romney y del Partido Republicano en su conjunto como furibundos xenófobos y obtusos defensores de una rigurosa ley de fronteras.

La estrategia funcionó y en su reelección Obama volvió a contar con un mayoritario apoyo de votantes de origen hispano. En este caso, el presidente reelecto tramitó una Reforma Migratoria en el Senado norteamericano donde la mayoría demócrata la ratificó sin contratiempos. Pese a la aparente discrepancia con los republicanos, la reforma legal de Obama repite las pautas fundamentales de la última gran reforma migratoria, llevada a cabo en 1986 por el presidente Ronald Reagan cuando firmó la Ley de Control y Reforma de la Inmigración, también conocida como la Ley Simpson/Mazzoli en recuerdo de los legisladores que la promovieron. La norma de Reagan exigía el pago de una multa y de impuestos atrasados, así como demostrar que se estaba establecido en Estados Unidos desde hacia cuatro años. Con estos requisitos se legalizó a casi tres millones de indocumentados, lo que ocasionó profundas consecuencias sociales, económicas y demográficas que cambiaron para siempre el tejido humano estadounidense. Ahora la nueva ley emprendida por Obama reproduce el esquema de la anterior: los indocumentados deberán pagar una multa, suministrar datos biométricos como son las huellas digitales, demostrar un tiempo de estancia y no poseer antecedentes penales. Así se obtendría un visado de permanencia, que transcurridos ocho años otorgaría el derecho al inmigrante de optar a la ciudadanía norteamericana tras superar un examen de conocimientos de inglés así como de historia y gobierno de Estados Unidos. Con una gran diferencia frente a la reforma de Reagan: ahora no afectaría a tres millones, sino a doce millones de inmigrantes ilegales, en su inmensa mayoría hispanos.

La prueba de fuego de esta ley no estaba, sin embargo, en el Senado sino en su aprobación en el Congreso, donde Obama no detenta suficientes apoyos parlamentarios. El presidente la ha enviado sin ninguna modificación y se ha negado a negociar un punto de encuentro con la mayoría republicana, pretendiendo que ésta la rubrique íntegramente sin alteración alguna ni acuerdo bipartidista. Ese ha sido su modo de hacerla encallar sin remisión. A partir de ese instante, Obama se ha limitado a lamentarse de la aritmética parlamentaria y a escudarse en la supuesta mala fe de John Boehner, presidente del Congreso, como máximo culpable del estancamiento de la reforma junto a una pretendida xenofobia de la bancada republicana. Con esta maniobra, Barack Obama no solo desea obtener la enésima exculpación sobre este asunto sino también dirigir la animadversión e inquina generalizada de la población hispana contra el Partido Republicano.

Ante el parón de la reforma en el Congreso, las organizaciones latinas reclaman que a falta de obtener la nacionalidad, se les conceda un visado para regularizar sus puestos de trabajo. Petición denegada por Obama. Sin un visado promovido por la Casa Blanca, los inmigrantes indocumentados claman porque, al menos, se disminuya el ritmo endiablado de deportaciones masivas que dividen familias y devuelven personas a su país de origen donde ya carecen de todo arraigo. Nueva petición desestimada por Obama. De hecho ha sucedido todo lo contrario: el actual presidente demócrata ha acelerado la proscripción de indocumentados hispanos hasta convertirse en el inquilino de la Casa Blanca que ha batido el récord de deportaciones a Hispanoamérica con un cupo que sobrepasa ya los cuatro millones. Las organizaciones hispanas acaban de caracterizarlo con el apelativo de “Deportador en jefe”. Como réplica, los plantones de la Casa Blanca a estas entidades se han vuelto crónicas. Es en este punto donde los movimientos hispanos han encajado las piezas del puzle. En tanto Obama tuvo mayoría parlamentaria, se olvidó de tramitar la Reforma. Cuando perdió esa mayoría, envió una ley maximalista sabiendo que embarrancaría, haciendo cada día más evidente su falta total de voluntad negociadora en los entresijos del Congreso. Para las organizaciones hispanas, para la población de origen latinoamericano y para sectores cada vez más extensos de las filas demócratas, la estrategia de Obama solo se explica por su baja popularidad a causa de la crisis económica que le ha empujado a coquetear con grupos conservadores entre los que su reforma despierta escasas simpatías. Exactamente el mismo fenómeno que el propio Obama utilizó como gancho contra la mandíbula de Bush en sus primeras elecciones.

El gran choque entre ambas posiciones ha adquirido tales proporciones que ha saltado al primer plano en los medios de comunicación. Parte de los creadores de opinión siguen insistiendo en dirigir la creciente ira contra el conservador Partido Republicano, pero el veredicto demócrata ya se ha resquebrajado y ha comenzado a pensar que las autojustificaciones de Obama son menos sostenibles cada día que pasa, habiendo empleado los votos hispanos para alcanzar el poder, y una vez en él, desentenderse de sus compromisos con todo tipo de evasivas. Así lo está afrontando el emblemático “The New York Times”, que tras las recientes manifestaciones contra las deportaciones indiscriminadas, lanzó un durísimo editorial contra Obama donde subrayaba lo “frustrante” que era comprobar cómo las “promesas” del presidente en materia de inmigración se evaporan mientras se limita a expresar su “impotencia” o a “culpar a los otros”. El periódico neoyorquino, como abanderado de una prensa demócrata libre, fue muy contundente al señalar que: “Obama ha agravado este fracaso aferrándose a una estrategia despiadada de endurecimiento en la aplicación de las normas a la misma gente a la que ha prometido ayudar con una legislación que no ha sabido sacar adelante.” El diario insistía en acusar a Obama de abusar de la maquinaría de deportaciones sin realizar esfuerzos significativos en combatir a las mafias dedicadas al tráfico humano. Sobre la situación de la ley en el Congreso, denunciaba que Obama se ha convertido en un simple espectador del bloqueo, para concluir rotundamente: “Es difícil saber cuándo se moverá finalmente para hacer algo grande y relevante.”

La estratagema de desviar toda la responsabilidad contra sus adversarios políticos ha empezado a hacer agua estrepitosamente entre su propio electorado, laminando aún más la imagen del presidente. Su último movimiento de ficha hace prever que no hará nada más por la prometida Reforma Migratoria. Ante las proporciones que está adquiriendo el descontento y las demandas callejeras, su reacción ha sido elevar al alcalde de San Antonio, Julián Castro, de procedencia hispana, a secretario de Vivienda. Pero este gesto llega tarde y parece muy lejos de aplacar el problema real subyacente. Más todavía si se tiene en cuenta que el número de cargos con apellidos hispanos está en ínfima proporción con los votantes de ese origen. El caso de Julián Castro encierra todos los ingredientes de un torpe lavado de imagen, ya que se trata de un hispano de tercera generación que ha perdido sus conexiones con su comunidad primigenia hasta el punto de solo balbucear pobremente algunas frases en español.

Que Obama haya señalado enfáticamente que Castro es un ejemplo del triunfo del “sueño americano” y la propaganda del partido haya soltado el señuelo de que pueda estar en la liza presidencial de 2016 –algo que a nadie le es hoy posible vaticinar-, nada cambia respecto a las grandes promesas traicionadas por el presidente ante una vasta comunidad cada vez más determinante en términos comerciales y electorales. Apenas cuenta Obama con año y medio para corregir este fenomenal entuerto y no quedar él -y todo el Partido Demócrata- como desleales desertores ante sus propios compromisos con una base social que hoy supera los cincuenta millones de personas. Resulta muy posible que Obama ya no los necesite para mantenerse en el poder y trate de escurrir el bulto en el escaso tiempo presidencial que le queda. Pero de ser así, lo hará a costa de enfrentar a sus herederos políticos demócratas con un granero electoral formidable y dejándoles como legado una suicida desafección hispana que será difícil de subsanar.