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Crimen de Cuenca, cuando los espíritus comían gachas

lunes 30 de junio de 2014, 14:12h
No son pocos los delitos, y sus correspondientes procedimientos judiciales, los que quedan ligados para siempre a la obra creativa de un escritor o de un cineasta. Como ocurrió con Truman Capote y su novela “A sangre fría”, que narraba la terrible matanza de una familia de granjeros en un pueblecito de Kansas. La misma empezó a fraguarse cuando Capote acudió al lugar del crimen y a la prisión donde quedaron recluidos los asesinos, para recoger los testimonios de implicados o simples vecinos de la zona, dando lugar al género denominado Novela Testimonio por su carácter de crónica periodística en forma de novela. En España, Ramón J. Sender fue el enviado del periódico El Sol a Cuenca, cuando, dieciocho años después de haber sido asesinado – omito a propósito el consabido presuntamente -, el pastor José María Grimaldos apareció vivo, con mucha mejor salud que la de sus asesinos confesos y condenados, el mayoral León Sánchez y el guarda forestal Gregorio Valero. Sender no pudo evitar, años más tarde, ya desde su exilio en México, escribir la novela “El lugar de un hombre”, basada en su experiencia como cronista de campo, de aquel campo analfabeto y cainita que había arrancado a golpes la confesión de un asesinato que jamás fue cometido.

Este jueves, y hasta el próximo domingo 15 de junio, el BOE abre sus puertas al público para que los interesados en nuestra historia vinculada al Derecho puedan “curiosear” entre los millones de boletines que llevan años demostrándonos que cualquier realidad puede superar a la ficción más extraordinaria. Por eso, de muchos de estos casos realmente acaecidos extraen su inspiración los escritores, ya que si hay algo que suele caracterizarlos es su afán por poner un final creíble incluso a esas historias que parecen no tenerlo. Su perplejidad va más allá que la de otras personas. Simplemente, se ven impelidos a intentar responder preguntas que quedaron sin contestar en el correspondiente juicio e, incluso, a llenar lagunas para que la posterior novela no quede tan coja como, sin embargo, si quedó la “solución judicial” que se le dio al asunto en la vida real. Con ocasión, precisamente, de estas jornadas de Puertas Abiertas en la madrileña sede del BOE, se presenta el libro “Los Procesos célebres seguidos por el Tribunal Supremo en sus doscientos años de historia”, aquellos que tuvieron en su día una gran repercusión mediática, como los crímenes de Jarabo, el asesinato de Eduardo Dato, los sucesos de Casas Viejas, los atentados contra Alfonso XII y Alfonso XIII o el crimen de la calle Fuencarral.
Sin olvidar, por supuesto, el mencionado Crimen de Cuenca, el más espeluznante error judicial de toda nuestra historia y que supone, además, un repaso general de nuestras miserias humanas: rencillas entre familias o pueblos enteros, envidias, odios y ansias de venganza, falta de la más mínima compasión entendida como justicia y una brutalidad cargada de soberbia que, aún hoy, pone los pelos de punta. Un crimen, en el que no hubo más crimen que el cometido contra los presuntos criminales. Jamás hubo un asesinato, ni, por lo tanto, cuerpo del delito, escena del crimen, un móvil, o pruebas distintas a las acusaciones vertidas machaconamente por los familiares y convecinos del presunto asesinado, el pastor de Tresjuncos José María Grimaldos, a quien todos conocían como “el Cepa”. Sólo existió un cúmulo de rumores y acusaciones sin fundamento contra dos vecinos del pueblo rival, Osa de la Vega, que llevaron al juez a investigar y remitir las correspondientes diligencias al juzgado de Belmonte, que, a su vez, sobreseyó la causa en septiembre de 1911, es decir, algo más de un año después de que “el Cepa” fuera visto “por última vez” en la carretera que une ambas localidades de La Mancha conquense.

Sólo la llegada de un nuevo juez – igual que en la novela El Clavo, de Pedro Antonio de Alarcón – provocó que cambiara el curso de los acontecimientos. Para mucho peor, porque ¿es mejor culpar a un inocente que no encontrar nunca a un culpable? El caso es que el flamante juez, Emilio Isasa Echenique, aterrizó en el juzgado de Belmonte en 1913 y decidió, poco tiempo después, reabrir el sumario. Ordenó a la Guardia Civil detener a los dos hombres que seguían apuntados con el insaciable dedo del populacho y, aunque estuvieron un tiempo negando el crimen que se les atribuía, después se supo que las torturas que con tanto realismo recogió Pilar Miró en su polémica cinta, no tardaron en doblegar las fuerzas de León y de Gregorio, quienes acabaron por declararse culpables de haber matado a quien seguía vivo. Tuvieron, incluso, que dar explicaciones con todo lujo de detalles sobre la manera en la que se deshicieron del inexistente cadáver. Para que, por fin, cesaran los tormentos. Así que, aunque no se sepa a quien atribuir esa parte del guión, Gregorio y León firmaron que trocearon el cuerpo del pastor para que no se atragantase la gorrina a la que se lo echaron de comer y que, más tarde, quemaron los huesos que quedaron de tan macabro y esperpéntico festín. Habrían confesado cualquier cosa, aunque ya no les quedaran uñas por arrancar ni piel para marcar con más golpes.

No es sarcasmo si digo que, en todo caso, tuvieron suerte. Las diligencias se remitieron a la Audiencia Provincial de Cuenca y el fiscal, en su escrito de calificación provisional, solicitó para los dos reos la pena de muerte, aunque más tarde modificaría tales conclusiones. La vista duró 7 horas, media tardó el jurado en emitir su veredicto: culpables. Era el 25 de mayo de 1918 y la Sala les condenó a 18 años de cárcel. Cumplirían once, ya que ambos salieron con libertad condicional a un entorno incluso más hostil que el de la cárcel. Sus propias familias se habían enfrentado entre sí y ni siquiera en sus casas encontraron estos dos hombres un convencimiento real de su inocencia. Estaban marcados para siempre. Asesinos sin piedad de un humilde pastor, a quien mataron para robarle lo que acababa de ganar por la venta de un rebaño de ovejas. Nadie quería saber de ellos. Hasta que el mundo pareció volverse del revés. Sin posibilidad de marcha atrás. Al principio, algunos intentaron ocultar lo que, por el contrario, tendrían que haber gritado a los cuatro vientos. ¡El muerto estaba vivo! Y, además, quería casarse. Esa fue, en realidad, la causa oficial de que se descubriera la increíble injusticia que se había llevado a cabo y que obligó al Tribunal Supremo a intervenir.

El 8 de febrero de 1926, el cura de Tresjuncos recibió una carta del cura de Mira, municipio conquense muy cercano, solicitando la partida de bautismo de José María Grimaldos, es decir, del asesinado. Ya se rumoreaba que “el Cepa” andaba bien vivo y que hasta se había acercado alguna vez al pueblo – cuentan que los niños preguntaban si los espíritus también comían gachas –, pero una cosa era lidiar con habladurías de pueblo y otra bien distinta, que se cursara una petición como aquella. Con independencia de la razón que le llevara a ello, el caso es que el sacerdote de Tresjuncos no contestó a la misiva ni, al parecer, lo denunció a autoridad ninguna. Hasta que el propio muerto, seguramente azuzado por la impaciente novia con la que ya había tenido descendencia – se presentó en persona en la parroquia “a ver qué había de lo suyo”. El juez de Belmonte ordenó de inmediato detener a aquel impostor y con ello se destapó el terrible escándalo del que enseguida se hicieron eco los periódicos nacionales. Obligando sin dilación al Ministro de Gracia y Justicia a ordenar la revisión de la causa, interponiendo recurso ante el Supremo. La sentencia del alto tribunal está fechada en julio de 1926: “(…) en vista del error de hecho que motivó la sentencia, se declara la nulidad de la misma, por haberse castigado en ella delito que no ha sido cometido, afirmándose así la inocencia de Gregorio Valero y León Sánchez”.

¿Qué iba a pasar, entonces, con los que sí fueron culpables de la destrucción física y moral de dos personas? La sentencia, en lugar de apaciguar los ánimos de los dos pueblos enfrentados, dio lugar a más odio, a más deseos de venganza. Nadie quería perdonar o pedir perdón. Ahora había dos crímenes de verdad. Los de Osa de la Vega aseguraron durante años que la familia de Grimaldos tuvo conocimiento de que “el Cepa” vivía en otro lugar y lo ocultaron – el propio desaparecido admitió haber escrito una carta a su hermana – y en Tresjuncos, por supuesto, negaban tal extremo con rotundidad. El cura que intentó enterrar la solicitud del párroco de Mira apareció poco después ahogado en una tinaja de vino y la versión oficial fue que se suicidó. También el juez Isasa Echenique falleció días después de conocerse la sentencia, la prensa publicó que a consecuencia de una angina de pecho, pero todo apuntó igualmente a un suicidio, inducido o voluntario. Por su parte, el forense que certificó que los detenidos no presentaban signos de haber sufrido malos tratos, fue absuelto en el correspondiente juicio, aunque veinte años después su conciencia no fueran tan benévola y el hombre acabara por confesar en una entrevista que presenció cómo se golpeó a los detenidos “infamemente”. Igualmente, se salvaron de condena los tres guardias civiles que tomaron declaración a León y a Gregorio, así como el secretario judicial, todos ellos acusados de amenazas, coacciones y falsedad. El último de los personajes principales de esta truculenta historia, el sargento de la Guardia Civil Juan Taobada Mora, al mando de los interrogatorios, no tuvo tanta suerte. La leyenda cuenta que su muerte durante la Guerra Civil se debió a la venganza directa de ambos encausados.

Si realmente ocurrió así, no debió de sorprender a nadie. Años antes, el Estado intentó resarcir a León y a Gregorio con un empleo en el Ayuntamiento de Madrid como guardas en El Retiro y, más tarde, en 1935, se les concedió una pensión vitalicia de 3.000 pesetas anuales con un efecto retroactivo de cinco años. Fue, precisamente, en el parque madrileño donde Gregorio y León se encontraron un día con Taboada y sólo la intervención de otros guardias civiles evitó que las patadas y puñetazos que le “devolvieron” acabaran en otro crimen más, derivado del primer e inexistente crimen. Quién sabe si más tarde, durante el caos inherente a cualquier guerra fratricida, ideal caldo de cultivo para los ajustes de cuentas jamás saldadas o que quedaron impunes, León y Gregorio decidieran intentar cerrar una herida de esas que, en realidad, nunca quedan del todo cerradas. En la actualidad, un siglo más tarde, los alcaldes de Tresjuncos y Osa de la Vega aseguran, por el contrario, que aquello está más que cicatrizado. No hay mejor prueba de ello, argumentan, que abunden los matrimonios formados por cónyuges de uno y otro pueblo. Aunque la prueba más definitiva, por supuesto, es que exista un equipo de fútbol formado por jóvenes de ambos pueblos al que han llamado el “Tresjuncosa”. Porque hay cosas que sólo el futbol puede intentar arreglar. Faltan horas para el Mundial.
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