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De la abdicación (y de sus intrigas y renuncias)

lunes 30 de junio de 2014, 14:12h
Actualizado el: 07/08/2015 09:00h
La palabra “abdicación” etimológicamente está formada por “ab” o “lejos, más allá” y el verbo “dicere” latino, “decir”. O sea que abdicar, por su origen, significa ponerse más allá del decir. El decir en el sentido del “disati” sánscrito (origen del “deikum” griego y del “dicere” latino), del mostrar, apuntar, enseñar y dictar. Abdicar es situarse, por tanto, más allá de la palabra en todo su sentido. Pero, ¿qué hay más allá de la palabra?

Más allá de la palabra está la no palabra, el silencio. Salimos del silencio y tarde o temprano volvemos a él. Abdicar es entrar en ese reino, en ese estado odiado o temido por unos y buscado por otros. Gran parte de los seres humanos rechazan el silencio. En cierta manera, el ruido nos atrae simplemente por ser ruido. Si ese ruido es armónico, es sonido, y además tiene ritmo, nos pirra. El joven sobre todo, busca el sonido y el ruido incluso, las vibraciones inarmónicas. Lo busca, lo genera, se entrega a él como el que se entrega a una orgia de los sentidos. El asceta y el místico, en cambio, buscan el silencio. Buscan la ausencia de estímulo sonoro como forma de entrar en contacto con lo inmanente, con lo que está en la nada, con lo que reconoce como el núcleo del ser. Estas dos tendencias no dejan de ser interesantes: ¿es el paraíso un lugar repleto de discotecas de verano, chiringuitos y fuegos artificiales nocturnos, o es un valle silencioso inalterado por ruido alguno? Quizá si se paran a considerar su verano habitual puedan responder esta pregunta.

La palabra siempre ha estado relacionada con el poder. De hecho, es muy posible que su origen sea la sustitución del poder real y físico por un elemento simbólico, expresado con una vibración de las cuerdas vocales y articulado alrededor de una unión entre ese significante y un significado. Es muy posible que la práctica de la palabra tenga que ver con el establecimiento de sociedades complejas con jerarquías variables. Tener la palabra es detentar el poder. Perderla, es perderlo. Aunque de nuevo, para un asceta, perderla quizá sea abandonarse a un poder superior, rendirse a lo superior.

En las sociedades orientales antiguas, siempre han existido castas de intocables, de pueblos malditos. Convertir a alguien en intocable implicaba alejarlo de la sociedad establecida. Los intocables tenían ciertas características: a. su estatus era hereditario; ser intocable era una cuestión de genealogía, de nacimiento, b. no podían hacer cosas que las otras personas podían: comer ciertos alimentos, o entrar en ciertos recintos, o beber ciertos líquidos, o vestir ciertos colores o ropajes, etc. Se les alejaba de la “normalidad”. A menudo, el intocable no tenía derecho a nombre “normal” y los pueblos en los que vivían no aparecían en los mapas. Al intocable se le acotaba en un espacio y en un tiempo aparte, marcando en todo momento las diferencias con él. Pero, ¿no es cierto que las monarquías se parecen a las castas de intocables? Es verdad que las castas de intocables –los burakumin o eta en Japón, los gitanos en India y Europa, los cagots en Francia, tienen en principio connotaciones muy diferentes. Aunque, ¿no es la monarquía una suerte de intocabilidad puesta al servicio de la política?

También, hay gente que busca la intocabilidad voluntariamente. En la India, los sadhus, sanyasi o babas, son yogis renunciantes muchas veces de la normalidad social, que una vez cumplidos ciertos deberes (hijos, trabajo, obligaciones filiales), dejan detrás todo y se entregan a la búsqueda de lo inefable en un bosque, en una montaña o por los caminos. Casi siempre, abrazan el silencio como forma de alcanzar el moksa, la liberación. Abandonan el poder de la palabra y se ponen más allá, en una abdicación continua.

Cuenta Basil H. Chamberlain en su necesario “Cosas de Japón” (reciente y finalmente publicado por Satori editores), que en el Japón antiguo la abdicación era un mecanismo de intriga política. Inicialmente, el budismo recomendó la abdicación como forma de perfeccionamiento personal. Pero, pronto, los daimios o señores locales, vieron la abdicación como una forma de control del poder político. A menudo, colocaban como mikado o emperador a un niño de escasa edad (a veces hasta tres años), y lo mantenían hasta que se acercaba a la mayoría de edad, hasta que empezaba a poder pensar de forma autónoma. En ese tiempo, el regente era quien realmente gobernaba. La lucha por el poder era la lucha por la regencia. La práctica se hizo tan común que Chamberlain cuenta que llegó a haber hasta cinco “mikados abdicados” vivos. En ocasiones, el mikado abdicado se rodeaba de concubinas, creaba una pequeña corte alternativa e incluso participaba en actos públicos. Lo que hacía que hubiera varias cortes paralelas.

También cuenta Chamberlain que la abdicación se hizo muy popular, y pronto las clases altas comenzaron también a abdicar. Señores de la nobleza dejaban sus cargos y obligaciones a sus herederos y se dedicaban a un retiro más o menos lúdico. La cosa no se paró ahí, y pronto las clases medias y bajas comenzaron a imitar a las altas, con lo que la abdicación se convirtió en un acto popular. En el fondo, todos queremos ser un rey, aunque sea un rey abdicado. Sobre todo, siempre que nos respeten y no suframos la suerte que le correspondió al rey Lear.

Cuando Japón abrió sus fronteras, la abdicación cayó en desgracia. Los japoneses se dieron cuenta de que los occidentales no abdicaban y les entró vergüenza. Dictaminaron que el “inkyo” o “vida en retiro” era una costumbre primitiva y la eliminaron. Chamberlain concluye en su entrada sobre la abdicación en “Cosas de Japón”: “Pero a muchos nos parece que lo primitivo es que un hombre tenga que seguir luchando cuando ya ha pasado el momento en el que puede dar su mejor rendimiento”.
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