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La cultura del descarte

Francisco Delgado-Iribarren
lunes 30 de junio de 2014, 14:12h
Actualizado el: 07/08/2015 09:44h
El pasado domingo 15 de junio el canal Cuatro emitió una deliciosa entrevista al Papa Francisco. El honor de preguntarle lo tuvo Henrique Zimerman, prestigioso corresponsal de religión judía y origen portugués. Tiene su misterio que la primera entrevista del pastor argentino para una televisión española se la haya llevado la productora Mediaset, más conocida por sus programas de tipo Gran Hermano, Mujeres, hombres y viceversa, Sálvame y Las mañanas de Cuatro. Pero, en fin, los caminos del Señor son inescrutables. Más de 2.200.000 espectadores siguieron las melodiosas palabras del Pontífice.

Hubo temas en los que el Papa se mojó más y temas en los que se mojó menos. Una de las ideas en las que más está haciendo hincapié en sus intervenciones es “la cultura del descarte”. Curiosamente no se han transcrito las referencias a esta en el extracto de la entrevista publicado en la web de Cuatro. Ellos sabrán por qué. Pero quien lo siguió lo vio y lo oyó. Si Francisco se “conforma” con que le recuerden como “un buen tipo”, que “hizo lo que pudo” y “no fue tan malo”, como contestó a la pregunta final, está haciendo méritos para conseguirlo.

El jesuita denunció, una vez más, que vivimos en un sistema económico “malo”. Recordó que con la comida que “sobra” se podría alimentar a “toda” la población mundial. Metió el dedo en la llaga de que en el centro del sistema se sitúa “el dios dinero”, en vez de “el hombre y la mujer”. Esta generalizada “idolatría” del dinero conduce a los pecados de la codicia y la avaricia, según el obispo de Roma. Y, al mismo tiempo, condena al ostracismo, a la miseria, incluso a la muerte a grandes sectores de la población.

Lo primero que se descarta, dice el Papa, son “los chicos”. Para mí que con esto se refiere a dos fenómenos vinculados: el de la bajísima natalidad en los países desarrollados y el de las altísimas tasas de abortos. El crimen del aborto es, quizá, el más grave atentado contra la dignidad humana. No es casualidad que muchos, para negar este crimen, nieguen esta dignidad al ser humano concebido, que según los científicos tiene un código genético propio y según los teólogos tiene un alma propia desde el momento mismo de la concepción.

Después el sistema descarta a “los jóvenes”, algo que, en palabras del Papa, “está de moda con la desocupación”. En sus últimos discursos ha recordado las altísimas tasas de desempleo juvenil en Europa, mencionando sus cotas de especial dramatismo en la nación española y en la región andaluza. También el Príncipe de Asturias, el Rey Felipe VI dentro de dos días, ha llamado a frenar la “fuga de talentos” en España. Pero mucho me temo que esta fuga continuará sin apenas remedio porque, a mi juicio, vivimos en una sociedad talenticida.

Y, en fin, se descarta a “los viejos” porque “ya no producen”. Para el Papa los ancianos son “una de las dos columnas que tiene un pueblo y que aseguran su futuro”, porque ellos atesoran “sabiduría”. La otra columna son los jóvenes, que representan la renovación y las ganas de trabajar. Según publica Mundosolidario.org, hoy son más de 7 millones los mayores de 65 años que viven en España y más de un millón de ellos, el 20%, viven solos en sus casas. Según un informe, la mayoría se sienten solos “con frecuencia”. Todos estos datos no son incompatibles con el hecho de que en nuestro país hay muchas buenas personas que se vuelcan en el cuidado de mayores, jóvenes, niños y no nacidos.

En mi opinión es urgente un cambio cultural en España. Por ser cultural no dependerá tanto de un impulso político como de una transformación en la mente y en el carácter de la gente. Necesitamos pasar de una cultura del rechazo del prójimo a una cultura de aceptación del prójimo. De “el otro, de entrada no”, a “el otro, de entrada sí”. Colocar en el centro la dignidad humana de todas las personas, desde su concepción hasta su muerte natural, y actuar conforme a ella. Y hacer una apuesta clara y decidida por las personas en vez de someterse al Poderoso Caballero Don Dinero. El legislador, simplemente, debería dar todas las facilidades para evitar que las madres, los padres, los empresarios… fomenten esta desastrosa cultura del descarte.
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