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Claves de un atentado

EL IMPARCIAL
jueves 15 de mayo de 2008, 23:54h
Que ETA haya vuelto a matar no es noticia. Tampoco lo es el ritual de condenas, concentraciones silenciosas de repulsa, comunicados y protestas de una falsa unidad que, de existir, sería ocioso reiterar. Aquí lo que sobra es palabrería y lo que falta es contenido; menos adjetivos y más dedicación a lo sustantivo. Entre los políticos, sobra, ante todo, hipocresía. Casi todo el mundo que le ha dedicado alguna atención al tema está al cabo de la calle del asunto. La literatura al respecto es masiva. Tanta, que hasta los políticos han leído algo del asunto e incluso lo han entendido -otra cosa es que les convenga asumirlo-. El tema lo era antes de nuestro tiempo. Porque el fenómeno terrorista no es nuevo. Lo noveló Dostoyevsky, hace un siglo largo, lo historió Bernard Lewis, mediado el novecientos y lo interpretó magistralmente Walter Laqueur, apenas cuatro décadas atrás. Tampoco hace falta mucho viaje. En España, sin ir más lejos, hay una excelente literatura histórica de la llamada -finalizando el ochocientos- “propaganda por el hecho”, como fue el colocar una bomba mortífera en el Liceo de Barcelona en 1893. Y, como no podía ser menos, la propia ETA ha sido objeto de estudios pormenorizados y rigurosos. En suma, lo sabemos casi todo. Quizá no siempre sepamos qué hacer pero conocemos bastante bien lo que hay que evitar: por ejemplo, remunerar la violencia (con etarras o con piratas) porque es preciso cerrar toda expectativa política de que el macabro método paga; antes bien, hay que persuadirles con tenacidad de que resta para conducirles al desistimiento por le sendero de la desesperanza y el desaliento. También sabemos que la ETA es un movimiento en estado terminal. Desde el atentado a las “Torres Gemelas”, la suerte -si es que alguna vez la hubo- del terrorismo como estrategia de liberación nacional está echada. En España, la violencia esuko-nazi quedó moral e intelectualmente estigmatizada hace mucho tiempo y socialmente derrotada con la reacción que sucedió al asesinato de Miguel Ángel Blanco. El cerco policial, internacional, financiero y administrativo llegó, pari passu, con el pacto “por las libertades y contra el terrorismo”, cuyo propósito era privar a los etarras de oxígeno político, en la medida que el mensaje consistía en cerrar toda expectativa de negociación política, gobernara quien gobernara. El fenómeno quedaba, pues, listo para sentencia. Y, de hecho, los resultados fueron espectaculares. La cuestión que restaba era ya casi como escenificar la victoria democrática. Pero la estrategia de alianza socio-nacionalista del señor Zapatero alteró de pronto los datos de un problema resuelto. Porque, claro, sus socios nacionalistas en la anterior legislatura no desean el fin de ETA como producto de una victoria democrática, sino a la Vergara; es decir por pacto, negociación y acuerdo -aunque sea sin el famoso abrazo con que se escenificó el final de la primera guerra carlista-. Y es razonable, desde su punto de vista e intereses, que los nacionalistas busquen un fin pactado, en la medida que un acuerdo político relaciona violencia y “problema” soberanista, fundamento intelectual de toda la política nacionalista. Y de ahí vino el cambio de política: tolerancia con las franquicias electorales de ETA, conversaciones que abrían expectativas y, sobre todo, el mensaje que había dos políticas y que se abría una alternativa posible. Como es natural, los terroristas han salido del abatimiento y recobrado la esperanza. Entiéndase bien, los atentados y las bombas que estamos padeciendo reflejan frustración y presión pero no desesperanza. Fuera ya de la probada eficacia policial -que no es poco- psicológica y políticamente hablando hemos retrocedido. Conviene saber, pues, que la tortura se ha prolongado más de la cuenta porque los políticos (sobre todo, los del PSOE y del PP, que es lo que importa) no se han puesto de acuerdo para mantener un escenario de victoria democrática.
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