Las vacaciones son un gran momento para la lectura, porque hay más tiempo y quizá una mejor disposición interior para leer. Como tantas veces, las novedades se llevan la mejor parte de las recomendaciones: en esta ocasión volveremos sobre algunos textos, a veces poco conocidos, que han resistido el paso del tiempo y que merecen una lectura atenta, placentera, perdurable.
Esta semana comenzaremos con un notable libro de Slavomir Rawicz (Polonia, 1915-Inglaterra, 2004). La obra, felizmente, ha tenido una especie de renacimiento en los últimos años. Se ha publicado una edición en inglés, The long walk (Guilford, Connecticut, 2010); así como dos versiones en español: una de Dipinkara, traducido La larga caminata (2011); la otra de Ediciones Palabra, con el título Un largo camino (2012). También la historia ha sido llevada al cine por Peter Weir, el gran director varias veces nominado el Oscar de la Academia. El contenido sigue siendo el mismo, pero la película en modo alguno reemplaza el placer de la lectura.
Se trata de una especie de memorias de Rawicz, aunque con libertades propiamente literarias, sobre un momento crucial de su existencia, donde se combinan –como en la gran literatura– las contradicciones del alma y la vida humana: el amor entremezclado con los odios, la pureza con la corrupción, la historia con el futuro, el poder abusivo del Estado totalitario con admirable belleza de la libertad, las certezas del sufrimiento presente con la esperanza de días más humanos y felices.
Como varios de los mejores libros que he leído en los últimos años, este fue una recomendación de un ex alumno. Le escribí tiempo después -nobleza obliga- para agradecerle, y me señaló escuetamente: "ese libro nunca ha decepcionado a nadie que se lo he recomendado", mientras me reprochaba con cariño que había demorado mucho tiempo en leerlo.
Como expresa Rawicz en el prólogo a una de las versiones publicadas en Inglaterra, esperaba que su libro permaneciera "como un memorial para todos quienes viven y mueren por la libertad, y para todos aquellos que por muchas razones no pueden hablar por sí mismos". Él fue uno de esos hombres: miembro de la caballería polaca, fue detenido en 1939 por las fuerzas soviéticas y luego condenado al largo y ancho Gulag comunista. Su destino sería Siberia, sílabas tenebrosas que durante décadas habían representado una especie de expulsión del mundo. Un viaje que nadie hacía por voluntad propia y donde muchos partían a morir, pero sólo después de haber sufrido intensamente para ir perdiendo poco a poco cuanto les quedara de humanidad.
Después de un par de años en ese infierno siberiano, y mientras el mundo enfrentaba la Segunda Guerra Mundial, Rawicz y seis amigos decidieron fugarse -con la ayuda de la mujer del comandante del campo-, en una historia que podría terminar tanto en la libertad como en la muerte. Más todavía si consideramos un camino agreste, con el inmenso desierto por superar, sin alimentación ni equipaje adecuado, un heroísmo lindante en la temeridad, una nueva forma de escaparse no solo del campo de concentración, sino también de todo contacto con la vida humana. Un largo camino desde la estepa rusa hasta la India.
Así comenzó un largo y penoso, aunque esperanzado, viaje hacia la libertad, que casi parece el deseo de "morir libres", considerando las escasas posibilidades de sobrevivir. A medida que avanzan las páginas pasamos por momentos diversos y contradictorios: la complicidad de la fuga, las dificultades de los primeros momentos, el hambre que se repite a través del camino, el miedo compartido ante la adversidad, una amistad que se va consolidando mientras se comparten la desazón y la esperanza. Un camino al que se suma una mujer joven, hermosa y llena de vida, que también busca su espacio en el mundo de los libres en una época donde parecía que se retrocedía a los siglos de la esclavitud, en medio del régimen totalitario. Como resultado, cuatro de los viajeros sobrevivieron, con heroísmo y sentido sobrenatural. Entre medio se van manifestado muchas virtudes personales: la fortaleza, el amor, la gratuidad, la solidaridad.
A medida que pasan las páginas vamos compartiendo el cansancio de los fugitivos, sufrimos hambre con los héroes, el cual luego es superado gracias a una culebra o una planta. "Cada vez estábamos más irritados. Nos sentíamos mortalmente cansados y siempre hambrientos", dice el autor en una de las últimas jornadas, conscientes de que era necesario un último esfuerzo para encontrar "la libertad, la civilización, el reposo y la tranquilidad espiritual". Así llegaron a ver un rebaño de ovejas con pastores, cuando llevaban ¡ocho días sin comer!
Europa sabe que en buena medida el siglo XX puede ser considerado el siglo de los sobrevivientes: quienes vivieron a pesar del Holocausto, quienes conservaron la vida después de un largo Gulag, los que superaron con vida las dos guerras mundiales. Felizmente, muchos de ellos no solo sobrevivieron, sino que también tuvieron el valor de contar sus sufrimientos, su camino a la libertad y con ellos nos dieron una lección de humanidad. Rawicz fue uno de ellos, como lo manifiesta esta obra que vale la pena leer, gozar, sufrir, comentar.
Este libro plantea, en buena medida, el dilema clásico que sufrieron los polacos en 1939. ¿Qué era peor, el comunismo o el nazismo? En realidad, los dos a juicio del autor, pues "el dilema planteado no podía ser resuelto. ¿Alemanes? ¿Rusos?" Rawicz recordaba tiempo después como en su tren camino a Siberia iban muchos judíos que "creyeron ingenuamente que el haber combatido contra los nazis sería un motivo para aplacar a los rusos". Lo expresaría el Premio Nobel de Literatura de 1980, Czeslaw Milosz, en El poder cambia de manos (Destino, 1980) sobre el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando el comunismo reemplazó al nazismo en Polonia. Como los llamó otro polaco, Juan Pablo II, ambas eran las "ideologías del mal", sembradoras de odio, muerte y destrucción en la Europa del exterminio. Pero siempre queda la nota positiva del asunto, pues de esos grandes males han surgido poderosos bienes literarios, genios capaces de comprender los dramas del ser humano y transformarlos en novelas de valor perenne: Solzhenitsyn y Rawicz para el drama comunista, Primo Levi y Kertesz para el Holocausto, o Vasili Grossman, siempre vigente en su inmensidad, así como tantos otros que han mostrado historias dignas de ser contadas.
Un largo camino es un libro imprescindible, en lo histórico y literario, pero sobre todo en lo humano. Un libro que no es una lucha para no morir, sino la pasión por vivir, pero no de cualquier manera, sino que para vivir en libertad.