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Los libros son para el verano

Juan José Solozábal
martes 01 de julio de 2014, 20:18h
Actualizado el: 07/02/2014 02:10h
Apunto dos propuestas de lectura para el verano, siguiendo, respectivamente, las sugerencias de Antonio Muñoz Molina y de Mario Vargas Llosa. Me refiero al Peso de la responsabilidad, un libro de Tony Judt que fue publicado en 1998 pero que no había aparecido en español, que ofrece las semblanzas de Blum, Camus y Aron, y a la biografía del filósofo don José Ortega, que acaba de ver la luz y de la que es autor Jordi Gracia. Tony Judt es un historiador inglés, desgraciadamente fallecido, que ha dedicado un esfuerzo continuado por entender un pensamiento político ajeno a la propia tradición británica o americana, como es el francés (lo cual es bastante llamativo en una cultura académica ordinariamente autorreferencial como es la anglosajona), y además de izquierdas, pero de orientación socialdemócrata más que marxista. De las tres figuras que analiza el libro, leeré con especial interés la parte de Camus, el mejor hombre de Francia, al decir de Hannah Arendt, completando referencias insoslayables, aparecidas desde la fecha en que vio la luz el volumen. Entre esta literatura, me queda por considerar un monográfico dedicado a este autor de la revista Turia, nº 103, que edita la Diputación Provincial de Teruel, precisamente el año pasado cuando se cumplía el centenario del nacimiento del pensador.

No se si lo que más necesita Ortega es de una biografía, aunque seguramente la experiencia personal de Ortega puede arrojar luz sobre la defección del autor del sistema político de la Restauración, optando por su debelación frente a la alternativa de su reforma, aunque esta hubiera de ser radical. Por lo que hace a la exposición de su pensamiento, considero imprescindible el breve libro de José Lasaga, José Ortega y Gasset. Vida y filosofía, que tengo por una síntesis perfecta del mismo. Lo que me parece falta en el caso de Ortega es un esfuerzo por dar cuenta de su situación en el pensamiento europeo de su tiempo, pues, como lo indica su consideración fuera de nuestras fronteras, la contribución de este autor rebasa el plano nacional como proponente de un proyecto de modernización de España, y su obra ha de explicarse como la de un filósofo o pensador social, contemporáneo de las corrientes de fenomenología o el existencialismo de su época.

Pero querría aprovechar la ocasión para proponerles, por mi parte, una lectura. Se trata del libro de Pierre Rosanvallon sobre La Legitimidad democrática (imparcialidad, reflexividad y proximidad), aparecido hace algún tiempo ya, dos años, y sobre el que me llamó la atención Francisco Rubio. Lo que acaba de aparecer, prácticamente de manera simultánea en ingles y castellano, es su ensayo sobre la igualdad (La sociedad de los iguales), que trata de contemplar la suerte de este principio desde su afirmación en la Revolución Francesa: “todos los hombres nacen y permanecen iguales en derechos”, decía el artículo art. 2 de la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, hasta los momentos de ruina del Estado social e interventor de nuestros días.

Pierre Rosanvallon es un historiador y teórico de la política francés que ha escrito un libro sobre lo que necesita la democracia representativa para superar la defección, innegable, de los ciudadanos, y que el achaca a la debilidad del vínculo electoral como único nexo que une a estos con sus representantes. Rosanvallon señala que este déficit representativo (subrayado por diversas anomalías en el funcionamiento de los Parlamentos de nuestros días), en realidad es insuperable pues la totalidad de los ciudadanos nunca se han podido ver reflejados en la representación, sino sólo la mayoría, y tampoco de modo permanente, pues una vez celebradas las elecciones, la voluntad del pueblo no consta hasta los próximos comicios (y la realidad política puede cambiar en relación con el programa electoral). En vista de ello nuestro autor pide que la representación parlamentaria sea completada por el aporte de otras instituciones que a su modo también pueden plantear las demandas de la comunidad. Se trata de lo que Rosanvallon llama las instituciones de la imparcialidad, hablemos de una Administración pública competente y gestora de los intereses generales, en relación con el cumplimiento de las tareas esenciales de la comunidad, o de las Administraciones independientes, esto es, comisiones u organismos colegiados deliberativos, que operan de modo muy procedimentalizado en relación con materias complejas o especialmente sensibles (comenzando por los Bancos nacionales o, como ocurrió en América con la regulación y dirección de los ferrocarriles) y que rinden informes públicos, sujetos a debate. Además Rosanvallon pide un mayor peso en el sistema político de las instituciones de reflexión, como son los tribunales constitucionales, que deliberen sobre los principios permanentes, indefectibles y propios de cada comunidad, incorporados en su Constitución, esto es, que lleven a cabo la vigilancia y el trabajo de la memoria. Y un gobierno que adopte la proximidad como pauta de su conducta; que sea, por tanto, algo más que mero ejecutor de la ley y gestor de los servicios públicos, que abandone la dureza de la lejanía y se acerque a los miembros de la comunidad que han de sentirse considerados, apreciados, quiere decir, tratados con cercanía.

Me gustaría añadir que La legitimidad democrática es un libro muy francés, tanto por la claridad expositiva que lo caracteriza, propia de la buena literatura académica de ese país, como por la procedencia de la mayoría de las referencias empleadas, hablemos del pensamiento de la Constituyente de la Revolución, o los teóricos sociales citados, que solo se contrastan con los americanos, pero curiosamente no con autores ingleses o alemanes, ya no digamos italianos o españoles. El libro contiene además apuntes muy agudos sobre una variedad de cuestiones concretas, por ejemplo la teoría política del reconocimiento, representada por autores como Taylor, Honnet o Margalit, o la discusión de algunos casos de democracia participativa en el nivel local o estatal de los EEUU, o la idea del servicio público de Duguit y su influencia en el pensamiento político británico. Por no referirnos a diversas ilustraciones sobre los jueces itinerantes ingleses de que se ocupase Blakstone, o noticias de los podestá como empresas de algunas familias dedicadas a la pacificación y restauración del orden en las ciudades estado de la Italia medieval.

Con todo lo significativo del libro es especialmente su apuesta, en la línea de Montesquieu, por la forma mixta como mejor futuro de la democracia constitucional, que debe resistir los cantos de sirena del extremismo institucional, así el asambleismo o decisionismo parlamentario, complementando la representación con organismos de reflexión e imparcialidad, y un gobierno que adopte en relación con los ciudadanos una actitud de cercanía y trato correcto.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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