En el primer plano de Omar, duelen las manos. Tras el último, unos créditos en absoluto silencio y una declaración de intenciones: ‘Soy la nueva industria cinematográfica palestina y así hago las cosas’. Este viernes llega a las salas españolas la última película del cineasta neerlandés de origen palestino Hany Abu-Assad, y la primera de producción cien por cien palestina que trasciende a mercados internacionales. Después de un notable recorrido por el circuito de festivales –del que se llevó el Premio del Jurado ‘Una cierta mirada’ en Cannes y una histórica nominación a los Oscar-, Omar salta a la exhibición comercial con credenciales suficientes y una buena carta de presentación: un thriller entre las aguas de lo romántico y lo social, con significativas dosis de acción, intriga y suspense, e incluso una tecla cómica que se presiona con inteligencia.
Omar, interpretado por Adam Bakri, vive en los territorios ocupados de Cisjordania. Su día a día transcurre entre su trabajo en una panadería y sus furtivas visitas al otro lado del muro, donde viven sus dos amigos de la infancia Amjad y Tarek, y la hermana de este, Nadja, con la que mantiene una incipiente relación, cebada de miradas indiscretas e inocentes cartas que se intercambian a escondidas. Cuando Omar, Amjad y Tarek deciden dar un paso al frente en la lucha por la libertad de su pueblo y asesinan a un soldado israelí, arranca para ellos la batalla por la supervivencia y el juego de ida y vuelta con las fuerzas policiales del enemigo en una red de mentiras y medias verdades en la que hasta los más cercanos empiezan a vestirse de sospechosos.
La primera producción palestina que se muestra al mundo no podía sino enfocar el conflicto de la ocupación israelí. Es obvio, y no hacerlo habría ido contra natura en un arte que, si bien se ha erigido como pieza máster de la industria del entretenimiento, tiene una innegable esencia comunicativa, reflexiva e, incluso, contestataria. Y para coger las riendas de cualquier realidad emergente, nadie mejor que alguien curtido. Hany Abu-Assad sabe cómo funciona esto. Tras su impactante Paradise Now -también nominada al Oscar, en 2005-, ha sabido hacer de Omar un producto cinematográfico dentro de los límites de lo comercial, un relato que habla sobre la situación desesperada de los residentes en territorio palestino ocupado de la que el cineasta se ha convertido en altavoz, sin renunciar al movimiento necesario para mantener el interés del espectador.
La película empieza a andar entre el costumbrismo y el cine social para ir mutando hacia el thriller. Hacia el final del metraje, son varias las escenas que parecen llamadas a cerrar la historia sin ser el verdadero fin, un efecto rítmico que suele hacer flaco favor al cine pero que en este caso concluye en un verdadero finiquito tan sencillo como eficaz en todos sus propósitos.
El joven actor protagonista hace un trabajo impecable y vale para un roto –haciendo parkour por los tejados- y para un descosido –devorando la cámara en los primeros planos-. Sus compañeros de reparto –Waleed F. Zuaiter, Samer Bisharat, Eyad Hourani y la actriz Leem Lubany- defiende personajes más difusos, menos definidos en el guión firmado por Abu-Assad. Bien por desliz, bien por intención, poco conocemos de los amigos de Omar, incluso de su enamorada, que se nos presenta siempre interactuando con el protagonista o desde su mirada; como consecuencia, la suerte que corran Amjad, Nadja y, sobre todo, Tarek termina por no importarnos demasiado.

A pesar de su apoyo manifiesto al pueblo Palestino, Abu-Assad huye del maniqueísmo en su cine. En Omar, algunas escenas sirven únicamente a este objetivo, como la conversación telefónica que mantiene el comisario de policía israelí con su esposa, cuya justificación en la película no es otra que regalarle al personaje un rasgo de humanidad. Quizás sea en este empeño por desdibujar los límites del bueno y el malo de la película donde el cineasta ‘se olvida’ de profundizar en algunos secundarios. O quizás su intención sea devolver algo al personaje que ha prestado su nombre a la historia, convirtiéndolo en pieza poliédrica sobre la que encajan el resto, más sencillas.
La hasta ahora buena trayectoria de Omar puede traducirse en un espaldarazo a la incipiente industria del cine palestina, aunque, por supuesto, no sin polémica. Tras el reconocimiento en 2012 de Palestina como ‘Estado observador’ en la ONU, la cinta de Abu-Assad se ha convertido en la primera película palestina reconocida como tal por la Academia de Hollywood. Paradise Now compitió por la estatuilla a la mejor película extranjera en 2005 con la nacionalidad, políticamente correcta para los académicos, de “territorios palestinos”. Con el beneplácito de la comunidad internacional, los Oscar recibieron casi una década más tarde a Omar como un producto cinematográfico palestino, ni más ni menos. La fricción entre árabes e israelíes se dejó notar, transversal como es, también en este terreno. Hay quien ha reclamado la nacionalidad de la cinta para Israel puesto que la mayor parte del rodaje se desasrrolló en Nazaret, la mayor ciudad árabe en territorio israelí y cuna de varios de los actores y del propio cineasta. Abu-Assad, nacido en Israel y palestino de alma, zanjó el asunto en su día defendiendo que la nacionalidad de la cinta, como la suya, es una cuestión de identidad y no de geografía.
Con el enquistado conflicto palestino-israelí de nuevo supurante, Omar llega a la cartelera española con un plus de triste actualidad. Cine sobre Palestina, hecho por palestinos, desde un enfoque palestino y dirigido, gracias a la formación y experiencia de Abu-Assad, mucho más allá de los territorios a uno y otro lado de Gaza.