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Dos catástrofes, dos dictaduras

viernes 16 de mayo de 2008, 16:53h
Es de aceptación común que a lo largo de los últimos veinte años, cuando se produce una catástrofe natural en cualquier país o región del Tercer Mundo, el número de víctimas es considerablemente mayor si se compara con semejante desgracia en una región, ciudad o país del primer mundo. Hay razones de sobra: un terremoto en Filipinas mata el doble que en Kansas City. A algunos, esta evidencia les sirve para justificar la letalidad de estas desgracias sobre todo cuando se trata de dictaduras o satrapías orientales.

Recientemente se han producido dos graves catástrofes en Asia precisamente en dos países que con diversas matizaciones son dictaduras militares o civiles donde el pueblo se haya sometido a la ferocidad impía de una junta militar o de un partido único. Ni que decir tiene que estoy hablando de Birmania y China.

El tifón que asoló Birmania (probablemente 200.000 víctimas) dejó al país en condiciones primitivas, sin comunicaciones ni infraestructuras, con millones de gente sin casa ni alimentos.

En China, el terremoto que ha destruido una zona extensísima de la nación, donde habitan 100 millones de personas, ha desencadenado una matanza semejante pero no tanto a lo temido o esperado. La magnitud del terremoto, el más potente desde hace muchos siglos en el “imperio del medio”. Exigía medios y voluntades sin cuento. Una dictadura militar como la birmana sería incapaz de asumir el desafío, como está siendo.

Comparar los regímenes dictatoriales de Birmania y China roza con la broma de mal gusto. China es una dictadura comunista, la más extensa del planeta, pero se trata de un comunismo singular donde los negocios privados internos y externos floran sin obstáculos y que en algunas regiones ha logrado alcanzar un crecimiento superlativo, en algunos casos de los más altos del mundo. Por supuesto, es un régimen feroz, represivo donde no se respetan los derechos humanos y donde la población sigue en manos del partido comunista, único, cuyos funcionarios cortan y pinchan sin consultar con la población, ni falta que les hace.

Pero este comunismo “liberal” (es una forma de definirlo aunque de liberal no tenga nada) ha logrado estos últimos años un alto grado de desarrollo colectivo: nuevos canales y presas, ciudades tentaculares salidas de la nada, carreteras donde hasta hace pocos años había caminos rurales, aldeas abandonadas de la mano de Dios y hoy abastecidas con mercados, escuelas y dispensarios médicos.

Por supuesto no se trata de ningún milagro y el camino que al gran país le falta todavía que recorrer es enorme. Pero no lo es menos lo conseguido estos años. Alguien como yo que conoce China desde hace quince años reconoce que el cambio es espectacular, la pobreza controlada, el hambre que mataba a millones de personas ha desaparecido prácticamente. Los chinos son hoy más ricos, disponen de más cosas y casas que hace un cuarto de siglo y el camino trazado lleva al régimen a una cierta prosperidad aunque, eso sí, sin libertades ni respeto de los derechos humanos.

Para algunos comer todos los días es cien veces mejor que no poder votar o expresarse libremente. Pero, nos guste o no –y, sobre todo les guste o no a los chinos- no son alternativas comparables.

Si contemplamos el caso de Birmania nos encontramos con la otra cara de la medalla. He aquí una dictadura militar incompetente, corrupta que a lo lago de los años y pese al régimen autoritario y el “ordeno y mando” al que sometieron a la población han sido capaces de que el bello país avanzase, hubiera comunicaciones y universidades, trabajo y reparto de la pobreza. Hoy, Birmania es uno de los países más pobres del mundo Y lo que es peor, uno de los más corruptos, sometido a la feroz represión de los espadones en plena guerra civil con las tribus del norte.

El tifón que acaba de caer sobre este desgraciado país ha servido para poner de manifiesto de hasta qué punto pobreza, corrupción y dictadura producen lo que estamos asistiendo ahora: una junta militar que rechaza por orgullo asesino las ayudas internacionales, un país cerrado a cal y canto para que nadie pueda desde los medios de comunicación descubrir el horror de los milicos y de su policía que ahora fustigan a los ciudadanos sin agua ni alimentos para utilizar las ayudas en su política represiva. No hay control alguno sobre lo que estas gentes harán con la ayuda que afluye de todo el mundo. Pero es seguro que les servirá para mantenerse en el poder. Los muertos, al hoyo y los militares, al bollo.

Pese a los perfectibles y, en cierto modo detestables, del régimen chino no cabe duda de que tienen las consecuencias prevista para recoger la ayuda internacional y poner al país enmarca pese a lo grave de la situación.

Como en todo, hay dictaduras y dictaduras. También en el sufrimiento y el horror se reflejan. Birmania y China son un ejemplo.

Alberto Míguez

Periodista

ALBERTO MÍGUEZ es periodista

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