Casi siempre que se trata entre nosotros de la autodeterminación se hace desde un punto de vista jurídico, planteándose, por ejemplo, la posibilidad en nuestro ordenamiento de celebrar un referendum en el que los ciudadanos de una Comunidad Autónoma decidiesen sobre su permanencia o separación de España. Cuando se adopta esta óptica, lo que se cuestiona normalmente es que tal opción resulte alcanzable, habida cuenta de algunos datos constitucionales incontrovertibles, teniendo en cuenta, por ejemplo, la atribución en exclusiva de la soberanía al pueblo español, o la idea de nuestra Norma Fundamental acerca de la indivisibilidad de la nación española. Por otra parte los múltiples casos de referendum que se contemplan en el ordenamiento constitucional no permiten a cuerpo electoral alguno, hablemos del de todos los ciudadanos o del de los de una Comunidad Autónoma, se trate de un referendum consultivo o vinculante, adoptar una decisión en relación con la configuración territorial de España, que solo correspondería al referendum de modificación de la Ley Suprema, ejerciendo el poder constituyente.
Pero, en segundo lugar, de la autodeterminación se habla, rebasando el plano jurídico, cuando se la considera como la facultad esencial de una nación que manifiesta su plenitud precisamente cuando decide soberanamente, en un acto de naturaleza claramente existencial, sobre su forma política. En el gran día de la autodeterminación la nación pasa de la potencia al acto y su capacidad política se muestra y culmina, precisamente, en la decisión sobre su configuración política. Si se adopta esta perspectiva, la cuestión sobre la autodeterminación se desplaza a la teoría del nacionalismo, tratándose de ver como la maduración nacionalista, esto es, la fase de la construcción de la nación, haciendo balance de la disposición de hechos diferenciales o rasgos identitarios característicos, culmina precisamente en la pretensión de la autodeterminación.
Una tercera perspectiva imprescindible en un análisis cabal de la autodeterminación debe asumir el componente político de la misma. Se trata de considerar la necesidad de movilización que la demanda, primero, y después, la verificación de la autodeterminación supone. Quisiera poner de relieve que la autodeterminación como pretensión nacionalista no puede imponerse sin la convicción en una comunidad de las ventajas de la separación , que se refuerza si se insiste en los perjuicios de la continuación para la nación reclamante del marco político en que se encuentra. Por eso es acertado reparar en la simultaneidad en el proceso hacia la independencia, que es lo que en realidad buscan los autodeterministas , pues la autodeterminación solo se reclama desde la pretensión separatista, de una tarea de construcción nacional con una labor de destrucción nacional, que niegue legitimidad a los lazos que puedan unir a la nación reclamante con la antigua nación común del Estado compartido. Siempre la autodeterminación supone la guerra, no necesariamente cruenta, claro, entre las dos naciones, la vieja, periclitada y falsa, y la nueva, la propia, virgen y auténtica.
La autodeterminación supone no sólo confiar en la mejor razón de los lazos de los ciudadanos con la nación que reclama su independencia, sino en los propios efectos salvíficos del momento de la decisión. Lo que aparece delante de la colectividad que se independiza es la ocasión de comenzar una nueva vida sin las trabas e impedimentos que obstaculizaban la eclosión de las potencialidades de la nación, sometida hasta la independencia. Imposible de entender la autodeterminación sin el análisis del decisionismo, con sus feas características de la simplificación y manipulación, tan próximo al romanticismo y al irracionalismo políticos.
Estas tres perspectivas, la jurídico-constitucional, la de la teoría del nacionalismo y la del análisis político, tout court, son las que se utilizan en la colección de trabajos que vieron originalmente la luz en un número extraordinario de Cuadernos de Alzate,(46-47) y que ahora se editarán en forma de libro en una colección de la Fundación Pablo Iglesias. Se trata de una gavilla de colaboraciones, que con toda libertad de planteamientos, se ocupan de la problemática de la autodeterminación, con la única condición, plenamente satisfecha en todos los casos, de su calidad intelectual. Ahora un público más amplio tendrá la ocasión de comprobar que no era el celo de director de Cuadernos lo que justificaba mi satisfacción con el resultado conseguido.