TRIBUNA
La "globalización de la indiferencia"
jueves 10 de julio de 2014, 21:06h
La sociedad de nuestro siglo XXI debería reflexionar no sólo frente a las asimetrías que crea el fenómeno de la globalización sino también sobre las cualidades morales o inmorales inherentes a este fenómeno como tal. De hecho, hay quienes han sostenido, a mi modo de ver, con toda razón, que asistimos a una “globalización de la indiferencia”, lo que incide especialmente de un modo negativo sobre el trato que se da a los extranjeros en muchos países y, por desgracia, no sólo de nuestro entorno socio-cultural.
Esta “globalización de la indiferencia” en buena parte deriva de un mal entendimiento del concepto de tolerancia, al ser entendida ésta única y exclusivamente como actitud o virtud cívica privada, ignorándose su vertiente de virtud cívica de carácter público, es decir, virtud que se estimula y apoya por las instituciones jurídico-políticas.
Es cierto que la tolerancia se encuentra vinculada a la existencia del fenómeno del pluralismo, el cual – no lo olvidemos- constituye uno de los valores esenciales de nuestra propia Constitución española. Ahora bien, la tolerancia no es sinónimo de “indiferencia” ya que, como precisó Victoria Camps, “sobre todo somos tolerantes cuando esas diferencias nos importan”. La tolerancia significa que no nos sentimos portadores de la verdad absoluta, que dudamos y revisamos críticamente nuestras convicciones, que tenemos necesidad de contrastar nuestras concepciones del mundo con las de los otros y de dialogar con ellos. ¿Quiere decir esto que el diálogo ha de hacerse indiscriminadamente?
Mi opinión aquí es que la tolerancia como virtud privada y pública y como principio político y jurídico, que no distingue entre mayorías y minorías porque todas las opiniones y conductas son igualmente dignas de respeto, también debe trazar sus límites y fronteras. No puede así, por ejemplo, haber tolerancia con los que atentan contra la vida, la libertad, la igualdad o la dignidad humana, esto es, no se puede ser tolerante con los intolerantes. No olvidemos, como señaló Otfried Höffe, que la tolerancia no es un fin en sí mismo, sino condición y expresión de la libertad y dignidad del hombre, terminando allí donde se lesiona la libertad y la dignidad, lo que, desde mi punto de vista, sucede porque estamos ante un valor correlativo.
Los fines que se pretenden obtener siendo tolerantes son diversos, al igual que las razones de la tolerancia. Desde mi punto de vista, se podrían reducir a dos, según se piense que la tolerancia nos aporta algo nuevo y que puede llegar a ser fundamental para nuestra vida (para nuestras opiniones, convicciones, concepciones del mundo, conducta, cultura, etc.) o si la tolerancia deja las cosas como están (es decir, no nos aporta nada de interés e, incluso, puede resultarnos molesta). Al primer caso se le podría denominar "tolerancia positiva"; al segundo, "tolerancia negativa".
Tengamos presente que la tolerancia positiva puede enriquecer nuestras propias concepciones del mundo. De esta forma, el pensamiento, conducta o cultura que se tolera, aunque diferentes, pueden ayudarnos a descubrir y eliminar los “prejuicios culturales” y las ideas erróneas y servir de complemento y mejora de nuestra postura o punto de vista. Se trata, por tanto, de una actitud más abierta, crítica y escéptica que la de la tolerancia negativa, aunque también es más compleja y difícil. Creo que se puede aceptar, sin duda alguna, que las ventajas de la tolerancia positiva son mucho mayores que las de la tolerancia negativa para el desarrollo del conocimiento y para una vida y cultura más libres e iguales.
Si no aprendemos a tolerar positivamente en el contexto europeo difícilmente podremos hablar con propiedad de una Unión Europea que, como decía el lema de la Convención Europea, “debía estar unida en la diversidad”. Tolerar positivamente implica, por tanto, no dejar reducida la tolerancia a mera “estrategia política” como, por ejemplo, ocurrió en la época en la que se apoyaba aquélla por las consecuencias desastrosas que acarreaban las persecuciones religiosas para el desenvolvimiento del comercio.
No queda entonces alternativa. Construyamos entre todos una comunidad de diálogo fundamentada en un concepto de tolerancia en sentido fuerte o positiva, ya que desde ella sí que puede resultar posible la construcción de un espacio democrático coherente y verdadero.
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Catedrática de Filosofía del Derecho
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