CRÍTICA DE CINE
La Cueva, el cine como experiencia sensorial radical
Laura Crespo
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lauracrespoelimparciales/12/5/12/24
sábado 12 de julio de 2014, 17:04h
El terror orgánico de Alfredo Montero que dio la sorpresa en el Festival de Málaga.
Decía Stanley Kubrick que “una película es –o debería ser- más parecida a la música que a la ficción, una progresión de estados de ánimo y sentimientos”, que “el tema, lo que hay detrás de la emoción, el significado, viene después”. Para el célebre cineasta, “los escritores, pintores o directores funcionan, no porque tienen algo en particular que quieren contar”, sino porque “tienen algo que sienten”. Algo que sienten y que te hacen sentir, se podría añadir. Con su segundo largometraje, el realizador Alfredo Montero construye un magnífico ejemplo de esta faceta del cine como experiencia sensorial: La Cueva, un film de terror que envuelve irremediablemente al espectador, apelando con atino a la reacción física.
La premisa es sencilla: Cinco amigos buscando pasar las vacaciones de sus vidas en las idílicas playas de Formentera descubren una cueva y se adentran en ella por estrechos y oscuros pasillos. Lo que empieza como un juego, una especie de aventura inofensiva entre risas y bromas, se convierte en una ratonera cuando descubren que son incapaces de encontrar la salida. Este es el punto de inflexión definitivo, tanto para los personajes como para el espectador. Todo lo anterior, la salida del grupo desde el aeropuerto, las marchas por parajes naturales, las hogueras nocturnas, las cervezas, los baños sin ropa en la playa, la música, incluso el sexo y los celos, todo está dispuesto para que la segunda parte del metraje cumpla con garantías el verdadero objetivo del director: que el espectador entre en la cueva y sufra, en su piel, en su boca y en su pecho, el sufrimiento de los personajes.
Dos factores, uno artístico y uno técnico, ayudan a Montero a que, de verdad, lo pasemos mal en la butaca. Por un lado, la naturalidad de los actores, aunque con algún altibajo momentáneo, consigue que nos creamos al grupo. Marcos Ortiz (Jaco), Marta Castellote (Celia), Jorge Páez (Iván), Eva García (Begoña) y Xoel Fernández (Carlos) hacen un buen trabajo para mostrarnos la realidad más mundana, ordinaria, incluso soez a ratos, de cinco jóvenes comunes. El pacto del cine funciona: aprobados con nota como gente normal, como cualquiera de los espectadores que los observa, que pasan por una situación límite pero razonablemente posible y reaccionan como tal.
Por otra parte, la película se nos muestra de principio a fin a través de la cámara de vídeo que lleva uno de los cinco personajes: vemos lo que graba. El recurso found-footage –o metraje encontrado-, que ya se ha convertido en un género en sí mismo tras fenómenos como El Proyecto de la Bruja Blair o la saga española Rec, cumple de forma limpia un doble objetivo en La Cueva: hacernos partícipes en primera persona de la fatalidad que sacude al grupo (el público es el sexto amigo) y fomentar la atmósfera adecuada a los fines de la cinta. La cámara temblorosa o cámara en mano es una gran aliado del cine de terror a la hora de crear tensión, generar angustia o justificar las acciones fuera de plano, eficaces motores de ansiedad cinematográfica.
Otro de los puntos fuerte de La Cueva es el tipo de terror orgánico que explota. En esa grieta del terreno que atrapa a los protagonistas no hay fuerzas sobrenaturales ni un asesino con desequilibrios psiquiátricos que los acechan, es el terror del hombre contra sí mismo cuando se expone a una situación límite, y eso sí que da miedo. Tras varios días sin luz, comida ni agua, los protagonistas sólo persiguen sobrevivir, y lo hacen con poco más que las manos sobre el barro, la boca, unas piernas que desfallecen y un cuerpo que no responde. El terror que inyecta La Cueva es el del hombre que hace lo inimaginable por la supervivencia. Real y, por tanto, estremecedor.
En lo temático, el film deja vía libre a la reflexión sobre la naturaleza del hombre, sobre su esencia animal, su instinto de supervivencia y su reacción en circunstancias extraordinarias. Habrá quien al despegarse de la butaca quiera darle vueltas a aquello de si el hombre es un lobo para el hombre, aunque probablemente serán los menos. Lo lógico es querer salir del cine desesperadamente, excepto los claustrofóbicos, que presumiblemente habrán abandonado la sala mucho antes. Lo realmente fascinante de La Cueva no reside en la razón ni en el sentimiento, sino en los sentidos. La película asfixia, condensa el aire de la sala, genera angustia y necesidad de estirar las piernas hacia la butaca de delante; juega con la temperatura, te hace sudar y provoca sed, mucha sed.
Con su segunda incursión en el largometraje, Alfredo Montero demuestra su versatilidad en la dirección, que igual sirve para la denuncia social de su ópera prima Niñ@s, sobre la pronografía y el abuso infantil, que para desenvolverse en el género de terror de una manera radical. El denominador común, que el cine español agradecería si mantuviera en sus próximos trabajos, es el realismo crudo: filma lo que hay sin edulcorantes cinematográficos, hasta el punto de que el rodaje de La Cueva –que se grabó en realidad en dos partes estrenadas por separado, una primera experimental en 2012 proyectada en Sitges y la actual-, generó ansiedad real a algunos de los intérpretes.
Tras alzarse con la Biznaga de plata a la mejor película, al mejor actor (Marcos Ortiz) y a la mejor actriz (Eva García) en el 17º Festival de Málaga, además del Premio Paul Naschy a la mejor película y la mención especial del jurado a la misma actriz en el Noctura, La Cueva llega a los cines como firme candidata a convertirse en una de las sorpresas de nuestro cine en este 2014.