Este pasado fin de semana Vladimir Putin hacía una intensa gira por Iberoamérica. Su primera parada, La Habana, donde recibía el agradecimiento de los Castro por condonar a Cuba el 90 por ciento de los 35.200 millones de dólares (unos 25.895 millones de euros) que la isla adeuda a Rusia desde los tiempos de la Unión Soviética. Se trata de la mayor cifra perdonada por Rusia como heredera de la Unión Soviética; algo, por lo demás, bastante significativo.
También es sumamente revelador la escala en Nicaragua y Argentina, donde será igualmente bien recibido. Putin ha ido a Iberoamérica a buscar aliados, y a buen seguro habrá encontrado un terreno abonado a favorecer sus intereses. Fue Putin precisamente quien no hace mucho dijo que “la mayor catástrofe del siglo XX fue la desaparición de la URSS”. Ahora, pretende restaurar la sintonía que entonces había entre Rusia y Cuba, haciendo esta invitación extensiva a todo aquel que se les quiera unir.
Es un paso tan audaz como inteligente con vistas a los intereses rusos. La política “antiimperialista” -habría que decir más bien “totalitarismo antioccidental”- de regímenes como Venezuela, Argentina, Bolivia o la propia Cuba casa muy bien con el discurso de Putin. Y si no Estados Unidos ni Occidente hacen nada al respecto, la desestabilización que salga de semejante entente puede convertirse en un problema de dimensiones insospechadas.