Honestamente, ¿Podemos?
miércoles 16 de julio de 2014, 02:30h
Actualizado el: 20/07/2014 19:39h
Me fascina el cosmos. Y cómo la física ha desenmarañado algunas de sus más recónditas pautas estableciendo leyes empíricas basadas en minuciosas observaciones de hechos. Soy físico de formación, claro.
Me asombra esa componente por completo irrelevante, cuyo comportamiento asombroso e inexplicable va de lo más sublime a lo más abyecto, y que, cual enjambre, deambula en travesía común sobre una misma nave: la especie humana. Me fascinan sus hitos, espíritus egregios, mentes singulares, sutiles, capaces de desenmarañar la esencia de lo que somos.
Pero del enjambre surgen abejorros empeñados en llamar la atención. Y no precisamente por la sutileza de su pensar o la majestuosidad de su vuelo.
Abejorros a menudo de aspecto hosco, gesto tosco, empeñados en escenificar su desagrado con la complacencia de quienes viven en simbiosis con ellos, poseedores de un poder irresponsable e inevitables cooperadores necesarios.
Los hay que ofrecen paraísos terrenales, cual vendedores de crecepelo, cuando sabemos de sobra que, para los más, la mejor definición de este mundo está en los Evangelios: «Un valle de lágrimas»; Ortega. Y que los paraísos terrenos solo lo son para quienes los administran.
Un joven físico que, cruzado el rubicón de los 60, recuerda una época en la que la honestidad intelectual era un valor sacrosanto, pero los tiempos han cambiado. Y los valores sacrosantos, no digamos.
« Ante todo, un aviso a los periodistas ingleses de izquierda y a los intelectuales en general: recuerden que la deshonestidad y la cobardía siempre se pagan. No vayan a creerse que por años y años pueden estar haciendo de serviles propagandistas del régimen soviético o de otro cualquiera y después pueden volver repentinamente a la honestidad intelectual. Eso es prostitución y nada más que prostitución.»; G. Orwell.
Y aunque creeré, como Carlos Esteban, que la historia es una «ciencia» al nivel de la física cuando haya cinco opiniones distintas e igualmente válidas sobre la Ley de la Gravedad, no por ello dejaré de sentir fascinación por quienes han sido capaces de explicar las razones profundas de los episodios sucedidos -hechos históricos de mayor o menor alcance-, al modo de la física, estableciendo hipótesis que se depuran con el transcurso del tiempo y se tornan ley.
Y así como es científicamente inconcebible, un dislate mayúsculo, hablar de Mecánica Clásica sin conocer las Leyes de Newton, lo es del mismo tenor hablar de la Revolución Francesa, y su trascendencia histórica, sin haberse aplicado en el estudio de El Antiguo Régimen y la Revolución.
Porque la duda en abstracto acerca del carácter científico de la historia no empece que tesis establecidas y sometidas a libre escrutinio durante más de 150 años, sin perder un ápice la frescura del primer día, sin nadie capaz de rebatirlas, se tornen verdades históricas de carácter científico, al mismo nivel que las leyes de Newton, indefectiblemente. Y con Tocqueville sucede eso precisamente.
Así que proclamaré también mi filiación tocquevillana en su análisis de la Historia y en su honestidad de juicio: «No tengo tradiciones, no tengo partido, no tengo causa alguna, si no es la de la libertad y la de la dignidad humana…»
Quede pues fuera de cualquier discusión que la Revolución Francesa fue «… una revolución política que ha operado al modo de las revoluciones religiosas…». Y que «… se vio entonces aparecer revolucionarios de una especie desconocida, que llevaron la audacia hasta la locura, que ninguna novedad les pudo sorprender, ningún escrúpulo detener, y que no vacilaron jamás ante la ejecución de un designio [lo cual ofrece el rasgo propio de una “guerra santa”, en coherencia con lo anterior]. Y no hay que creer que estos seres novedosos fueran creación aislada y efímera de un momento, abocada a acabar con él; desde entonces constituyen una raza que se ha perpetuado y propagado por todos los lugares civilizados de la tierra, que en todo lugar ha conservado la misma fisonomía, las mismas pasiones , el mismo carácter. Los encontramos en el mundo cuando nacía; todavía la tenemos bajo nuestra mirada».
Mª Teresa González Cortés lo ha escrutado y establecido como verdad histórica científica: aquel episodio fue el vivero que prohijó los más abyectos totalitarismos que asolaron la Europa del SXX, cuyos rescoldos aún crepitan. Y constata el hecho de que «… la dictadura ha sido un elemento consustancial de las utopías revolucionarias»
En definitiva, es un hecho empírico, irrebatible, que la “modernidad”, la Revolución Francesa, Tocqueville, los escritores franceses del XVIII, Voltaire, Newton, el Cisma, el Renacimiento…; en fin todo aquello que está en la base de este modo de organizar la convivencia que denominamos “democracia liberal” –la mejor conseguida por el hombre, también a decir de Ortega–, son frutas del huerto cristiano. Como lo es que en los ámbitos sociales de las otras “grandes” religiones, grandes en meros términos cuantitativos, no ha surgido nada parecido ni por asomo. Y que ciertas propuestas abocan indefectiblemente a dictaduras de sobras conocidas. Ahí es donde emplazo a buscar una explicación histórica y científica, intelectualmente honesta, a los inquilinos de cualquiera de los innumerables “templos del saber” – es un decir, claro- que se enardecen en el enaltecimiento de la Revolución Francesa y sus frutos, como esa criatura sobrevenida, de difusos contornos, que venimos en llamar “modernidad”. Sobre todo si están en nómina de todos los españoles, “historiadores” de gesto hosco y aspecto tosco, que escenifican indignación y que, por añadidura, parecen prometernos paraísos terrenales.
Porque hay propuestas que finalmente huelen a rancia dictadura y eliminación del disidente, a un nuevo “vivan las caenas”, con el inevitable ingrediente irreligioso, anticristiano, con el que parece se trata de negar el ingente caudal aportado por Grecia, Roma y la Cruz fraguada en la galilea romana, del que provenimos. Todo tan poco consistente, tan falto de sutileza que, incluso a ojos de un físico que observa la realidad histórica con el mismo ánimo que la física lo hace con el cosmos, le salta desagradablemente a la vista.
«Hay que proclamarlo: hay demasiados grandes hombres en el mundo; demasiados legisladores, organizadores, institutores de sociedades, guías de pueblos, padres de naciones, etc., etc. Demasiadas personas que se colocan por encima de la humanidad para gobernarla, demasiadas personas que hacen profesión de dedicarse a ella. » Demasiados que «… Quieren ser pastores, y que nosotros seamos rebaño. »; Bastiat. Vale.