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DIRIGIDA POR MATT REEVES

El amanecer del planeta de los simios: jugar bien al blockbuster

Laura Crespo
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lauracrespoelimparciales/12/5/12/24
miércoles 16 de julio de 2014, 09:53h
Actualizado el: 29 de julio de 2014, 16:35h
El amanecer del planeta de los simios: jugar bien al blockbuster
La octava entrega destaca, sin duda, entre las últimas tres películas de la franquicia cinematográfica.
Está claro: el objetivo de una película que ha costado 125 millones de euros no puede ser otro que atraer a la gente al cine cual flautista de Hamelín que se juega el cuello y El amanecer del planeta de los simios tiene todas las papeletas para cumplirlo con holgura: el respaldo de una franquicia cinematográfica de cuarenta y seis años, con seguidores incondicionales y otros atraídos por el buen sabor de boca que dejó la última entrega en 2011; un guión sencillo pero robusto, suficiente para sustentar con dignidad y solidez las secuencias de acción trepidante y los espectaculares efectos visuales que imprimen a la película su verdadero carácter; y unas interpretaciones, sobre todo del lado de los simios, que sirven para llevar al espectador de la mano a lo largo de la historia, hacerle creer en ella –con todas las licencias que exige la ciencia ficción-, y disfrutar sin pudor de esa faceta del cine como entretenimiento gracias a la fórmula del blockbuster aplicada con inteligencia. Probablemente hayan sido estos factores los que han doblegado la taquilla americana a su merced durante su primer fin de semana en cartel, con 73 millones de dólares de recaudación y superando a otro de los estrenos gordos del verano, Transformers 4: La era de la extinción. A partir de este viernes, llega el turno del espectador español. ¿Qué nos va a seducir de la ya octava entrega de la saga?

De entre las diversas líneas argumentales que se han abierto a raíz de la novela La planète des singes, de Pierre Boulle, El amanecer del planeta de los simios es una pura secuela de la película de 2011, El origen del planeta de los simios, que retoma la historia donde aquella la dejó. Allí, un grupo de simios liderado por César, el mono inteligente, había huido hacia el bosque, escapando de su cosificación por parte de los humanos, quienes empezaban a desarrollar sin saberlo una enfermedad mortal originada por el virus que llevaban años inoculando a los monos dentro de una ambiciosa investigación contra el Alzhéimer. La nueva entrega nos sitúa nueve años después, en una San Francisco postapocalíptica en la que sobreviven los pocos humanos inmunes a la bautizada como ‘gripe del mono’. En las zonas boscosas que se extienden a pocos kilómetros, la comunidad de primates liderada por César se desarrolla cada vez más en aptitudes y actitudes humanas. Ambos ‘pueblos’ viven ajenos al otro, hasta que la necesidad humana de una fuente de energía –en realidad, creada artificialmente, pero necesidad al fin y al cabo-, lleva a los hombres a adentrarse en territorio simio. A partir de entonces, una sucesión de gestos diplomáticos, de intrigas políticas y traiciones abonan el terreno de una tensión contenida pero creciente para la batalla cuya inevitabilidad conocemos desde el principio del metraje.

En términos generales, El amanecer del planeta de los simios puede vanagloriarse de ser, sin duda, la mejor película de las tres últimas. Desde que la 20th. Century Fox decidiera recuperar la exitosa saga que impactó al mundo a finales de los sesenta con un Charlton Heston recitando aquello de “malditos lo han destruido, malditos, malditos”, las tres entregas de nueva producción han descrito un trayecto ascendente, recuperándose del batacazo contra la crítica que se dio Tim Burton en 2001 con El planeta de los simios y sabiendo aprovechar el abrazo de crítica y taquilla de El origen…, dirigida en 2011 por Rupert Wyatt. Hay quien, de hecho, desconfió de esta nueva entrega, para muchos precipitada por el éxito de la anterior. Sin embargo, el realizador Matt Reeves ha sabido, a base de valentía, buen hacer y mantenimiento de la perspectiva, sacarle partido al producto peliagudo y delicado que tenía entre las manos.

Reeves, consolidado como buen hacedor de remakes y reboots como Monstruoso o Déjame entrar en su versión estadounidense, conduce con solvencia una trama que es como una bomba de relojería: la sombra de la guerra entre humanos y simios planea desde el minuto uno pero no llega tan rápido como puede parecer en los primeros instantes. El espectador sabe que la película va a transcurrir de un punto A a otro B, no se juega con el factor sorpresa, pero la tensión que se genera hace que el camino entre ambos sea agradable y entretenido.

Aunque parezca obvio, la primera gran fortaleza de El amanecer del planeta de los simios son los efectos especiales y visuales. Fue su antecesora –El origen…- la que rompió con el maquillaje y el látex y explotó la tecnología CGI (Imagen Generada por Computadora) de motion capture, que, valga la redundancia, captura los movimientos y expresiones de los actores para después sustituir por ordenador su imagen por la del simio. Sin embargo, el afinamiento de las nuevas tecnologías a velocidad vertiginosa ha provocado que en esta nueva entrega, el resultado sea espectacular, incluso en los primerísimos primeros planos de los primates, cuya expresión es un fiel reflejo de la de los intérpretes.

Con estos cada vez más sofisticados recursos tecnológicos, el siempre excelente trabajo de Andy Serkis ha quedado más patente que nunca. El intérprete de Golum en El señor de los anillos, ya dio vida al mono protagonista, César, en El origen…, pero el trabajo que hace aquí es sencillamente increíble, consiguiendo que nos creamos y aceptemos una torsión de la realidad, algo que nunca hemos visto: los movimientos, la expresión corporal y facial y la locución de un mono súper desarrollado. Gary Oldman, Jason Clarke, Keri Russell y Kodi Smit-McPhee, trabajan con solvencia en sus papeles, aunque inevitablemente eclipsados por Serkis y el resto de actores que prestan la base de su fisionomía e interpretación a los primates (Judy Greer, Terry Notary, Karin Konoval o Toby Kebbell).

En el arco dramático de los personajes, el inicialmente interesante Koba, antagonista de la historia, se desinfla a medida que corren los minutos. El guión hubiese sido redondo de mantener de alguna forma visible la carga que el compañero de laboratorio de César soporta: su odio hacia los humanos cimentado en que, como dice el protagonista, “sólo ha aprendido de ellos el mal”. La personalidad del bonobo cosido a cicatrices, magistralmente expuesta en la primera hora de película, se diluye después ante la división maniquea de ‘el bueno’ contra ‘el malo’. Hacia el final, perdemos cualquier vínculo afectivo que hubiéramos tendido hacia Koba, una oportunidad desaprovechada para construir un personaje verdaderamente rico pero al que, al fin y al cabo, tampoco puede negársele la virtud de cumplir con su función en la película. Quizás Koba está escrito para ser ‘el malo’, sin más, como exigencia del género.

Entre la espectacularidad de las escenas, la intriga y la acción desenfrenada de la última media hora de film, los conflictos encima de la mesa son descendientes directos de los que planteaba el original del 68: la relación del hombre con su entorno y su empeño en dominar, dirigir y someter la naturaleza; la intolerancia, el racismo, la maldad y la bondad como cualidades transversales a toda especie. En El amanecer del planeta de los simios se plantea además la dificultad de las relaciones diplomáticas, los problemas de entendimiento entre pueblos cuando el odio está enquistado y la necesidad de un liderazgo sano, dialogante pero firme.

El amanecer del planeta de los simios es, al final, un blockbuster inteligente, que sabe cuál es su meta y aprovecha el camino para dejar notas dramáticas y momentos emotivos, además de alguna escena barnizada de comedia que descarga la trama y anima al espectador a seguir dentro.
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