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TRIBUNA

"Podemos" y la Facultad de Ciencias políticas (yII)

José Manuel Cuenca Toribio
viernes 18 de julio de 2014, 21:01h
Las pesarosas excrecencias registradas al término del artículo precedente no deben, sin embargo, rebajar un adarme, en el terreno cultural, el triunfo en toda regla de la lectura creadora y original realizada por la intelligentzia española de los dos grandes relatos modeladores de la contemporaneidad. El modelo acuñado si no con intenciones de perennidad sí de perdurabilidad ha presentado una sorprendente capacidad de adaptación, conservando intacta su vigencia -incluso en su fraseología obrera y sindical- hasta la coyuntura del día, pasados ochenta años de la guerra civil. Gran parte de ello estriba en la perfecta tarea enhebrada por sus autores de ofrecer una obra en la que la rigidez estructural se aliaba con una labilidad puesta a prueba en sus incesantes respuestas a un inconsciente colectivo que, desenvolviéndose en un contexto de transformaciones permanentes, semejaba imantado por el cambio inmóvil en sus querencias y derivas más profundas.

Según es obvio, operación de tal calibre y alcance no cabe atribuirla en exclusividad a los profesores e intelectuales, en torno al trabajo desplegado en núcleos destacados del claustro de la Facultad de CC. Políticas de la Universidad de Madrid. Toda la geografía cultural española imprimió su huella en su génesis y desarrollo, en particular, la universitaria. Por entonces, ésta vivía un momento dulce. La excelente escuela y el no menos excelente bachillerato de la postguerra alcanzaban su vértice novecentista. Tanto el plantel de maestros como de catedráticos de Instituto admitía sin desdoro alguno el cotejo con el de las naciones más avanzadas y la socialización de la enseñanza y la cultura, impulsada a gran escala desde las esferas estatales, encontró las mejores bases para el cumplimiento de sus benéficas metas. En el take off de su masificación, el Alma Mater ofrecía, en varios de sus establecimientos, las condiciones óptimas para que la construcción del relato marxista, en las coordenadas de una sociedad en abierto cambio como era ya la española, tuviera materiales de primera calidad. Al lado de la contribución decisiva de las universidades de las dos capitales del país, comediada la década de los sesenta, la de las de Salamanca, Santiago o Granada se manifestó imponderable para la inmediata capilaridad del mensaje. Ubicadas en zonas de la España agraria en que la intitulación académica superior había sido desde siempre el principal medio de promoción social, su alumnado –también el de sus seminarios diocesanos…- descubría un insuperable caldo de cultivo a la difusión de una visión del mundo redentora y mesiánica que tenía como creadores a los intelectuales del nuevo tiempo. Publicaciones de multicolor factura, lecciones paralelas a las impartidas en las aulas e infinitos seminarios familiarizaron a su elemento discente con el que, a velocidad trepidante, se convertía en discurso oficial de las nuevas generaciones, nutridos su imaginación y pensamiento con los exaltantes ejemplos de vietnamitas y chinos, que, en el relevo de la URRS, ratificaban las energías dionisíacas de la revolución y el credo marxistas.
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