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TRIBUNA

Vía de la eficiencia pública

Fernando Zamora Castellanos
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fzamoraabogadosorcr/7/7/16/19
viernes 18 de julio de 2014, 21:03h
Tres grandes paradigmas han marcado la historia económica de la civilización. El primero de ellos surgió hace aproximadamente diez mil años con el nacimiento de la agricultura. La plantación de la semilla inicial significó el “big bang” del primer sistema de riqueza humana. La civilización agrícola permitió el fin del nomadismo y la existencia de los primeros excedentes que hicieron posible la acumulación de producto. Con ello, un nivel de vida en sociedad que permitía algo más que la estricta subsistencia. Al final del Siglo XVII, un nuevo paradigma emergió –y a través de la actividad mecánica e industrial-, provocó el segundo sistema de creación de riqueza. Este sistema se caracterizó por la tecnología de fuerza bruta, en interacción con energía derivada de combustibles fósiles. Esta forma de creación de riqueza se caracterizó, además, por el trabajo en serie, repetitivo, y la concentración del recurso humano y material en grandes organizaciones humanas de jerarquía vertical. Tal y como lo hacían las industrias del pasado. Dicho modelo de producción lo marcó todo. La forma de producir, los procesos sanitarios, la forma de educar, de impartir justicia, de ofrecer seguridad, incluso de gobernar, entre otros etcéteras. Los parámetros básicos de los procesos eran la estandarización, la centralización, la concentración, y la maximización de las escalas.

Pero la paradoja es que este sistema de riqueza sufre estertores de muerte, pues se abre paso un nuevo paradigma que confronta todos los viejos preceptos de la industrialización. Esencialmente, el nuevo sistema de riqueza se caracteriza por el énfasis de la información y la creación no masiva, a través de energía limpia y organizaciones temporales de tendencia más horizontal. Así como la era industrial concentró la organización, la actual la desconcentra. Esta era del conocimiento, propende a nivelar las organizaciones trasladándolas en función de estructuras alternativas con funciones intangibles, como son, -por ejemplo-, las de tipo red. Los nuevos parámetros de los procesos son, entre otros, la descentralización, la desconcentración, la desincronización, la no verticalidad y la energía limpia. El problema esencial que enfrentamos, es que las organizaciones del nuevo sistema, colisionan contra unos Estados cuyo modelo vertical, institucionalizado, centralista y concentrado, están diseñados para la era que ya no es, pues sin duda, son propios de aquella era industrial.

Así, llegados a este punto, ¿cuál es el dilema de fondo? El de un Estado con instituciones que son disfuncionales. Porque son incapaces de marcar el paso acelerado que lleva la actual economía basada en el conocimiento. Nada ganamos con promover una cultura de emprendedores adaptada a la era que se avecina, si nuestras instituciones permanecen tan atrás. Si debiese resumir en una sentencia lo que pretendo ilustrar, afirmaría que es la colisión entre la velocidad de la “web” y la de las instituciones. Y el craso error de los afectos al estatismo de viejo cuño es que –diseñadas las entidades burocráticas para la era que ha muerto-, insisten en sostenerlas con respiración asistida. Incluso vemos como la clase política actual -desconociendo la lectura de los nuevos tiempos-, insisten con insensatez en la creación de más entidades públicas bajo el modelo de cuño tradicional. Ante este panorama, ¿cuál es el camino correcto? Es claro que la crisis generacional de liderazgo político de calidad que venimos sufriendo en los últimos años, impide un cambio constituyente radical, y por tanto, una transformación genuina de nuestros modelos de Estado. Pero al menos requerimos algunos cambios inmediatos del modelo institucional para evitar su colapso total.

Fernando Zamora Castellanos

Abogado

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