Buscando no sé qué libro en la destartalada biblioteca he encontrado un volumen que no sabía que tenía: Agenda de Azorín.Es un tomo algo pequeño, editado con una letra legible y hermosa por Biblioteca Nueva en 1959: supongo que se trata de un regalo de mi amigo Antonio Roche, el director de la editorial.
Son páginas deliciosas dedicadas a evocar la época de la niñez del escritor, con un propósito estilístico evidente, un deseo vehemente, nos dice Azorín, de concentración y depuración, casi, aunque el tiempo de la muerte no lo sabe nadie, "al término de una vida". El paso del tiempo hace desaparecer los detalles de los sitios, las personas y las circunstancias, en suma, lo accesorio; y deja lo esencial, aunque la memoria, a veces, tiene sus sorpresas inexplicables, y podemos recordar lo insignificante y olvidar lo trascendente.
Cabe leer la Agenda, siguiendo el propósito de Azorín, primeramente, para conocer el paisaje del Levante, con su viva y suave luz. Así, el paseo desde Monóvar a Elda, que el maestro describe con destreza: "El camino va sesgando, levantándose, descendiendo", suscitando, inopinadamente, nuestra emoción."Las casas oclusas, en los campos, nos hablan de inacción: no comprendemos un campo sin cultivo; pero nos gusta el matorral modesto -oloroso o no- que crece descuidado. Damos a veces un bancal fecundo por un pedazo de estepa".
Me gusta especialmente la instantánea de la torre cuadrada y solitaria de Monóvar, que rige la vida de la ciudad. A las doce, cuando sincrónicamente con el angelus de la campanita de Santa Bárbara, sonaba la hora, era el momento, dice Azorín, de "volcar la olla" en todos los hogares. La torre del reloj se yergue ladeada, levemente.
Una torre inclinada acostumbra a los ciudadanos al peligro, y, con el peligro, señala el maestro, a ser valerosos."En Monóvar somos ciudadanos tranquilos; no hemos perdido nunca la serenidad".
Podemos también encontrar en la Agenda tipos de la infancia de Azorín, así el ingenierodon Gregorio de Codecido, que fijó los planos de construcción del Casino de Monóvar, siempre circunspecto, pues hablaba poco y con palabras precisas. Tenía dos casas: una en el pueblo, en una rinconada de la calle Mayor; la otra en el campo, que Azorín solo visitó una vez, pero cuyo vago ambiente romántico, "fronda y flores", el maestro no podrá olvidar. O don Antimo Verdú, el retraído, que se retiró de la vida social, tras oponerse a la constitución del Casino, a su heredad a las afueras de Monóvar. En ella moraba a modo de eremita, con sus dos perros, aunque los eremitas no leen periódicos."Todas las mañanas, un peatón le llevaba desde Monóvar, a don Antimo, un periódico de Madrid: La Época".
Pero propongo una lectura de la Agenda que trate, debajo del tiempo o las personas que evoca Azorín, de captar algunos rasgos y afinidades del escritor. Comenzando por su propio escepticismo, que comparte con Montaigne, tan citado, aunque a veces con un adarme de despego, "pues cansa la ironía". "No sabemos qué sea la Naturaleza. En cada país es distinta la Naturaleza; cada autor tiene su concepto de la Naturaleza". No hay naturaleza sino costumbre, concluye más adelante, apoyándose en otro autor predilecto, Pascal, pues la costumbre es una segunda naturaleza socialmente adoptada.
Interesante el recuadro sobre Ortega, bajo el rótulo Orteguiana, cuyo hablar y ejecutar, admira. A Azorín le llama la atención la energía del filósofo, su carácter, quizás en contraposición al reconocido escepticismo propio."La energía implica decisión. Ortega, sentencia, era decidido". Ortega sabía, si era el caso, decir no. "Ortega tenía imperio sobre sí y sobre los demás. Sabía ser halagüeño y sabía ser adusto. Y siempre distante ". En eso, creo que Azorín lo reseña admirativamente, "estribaba su prestigio".
En el libro, finalmente, se hace un apunte, que puede leerse como una defensa del parlamentarismo liberal, lo que no dejaba de resultar arriesgado en el tiempo del franquismo, en concreto del uso de la palabra suelta y libre en la discusión política. Decía esto nuestro escritor: "En España, el Parlamento era una escuela de bien hablar; allende de ser una escuela de cortesía. En el Parlamento -se refiere, claro, al de la Restauración- no se podían leer los discursos; había que pronunciarlos. El artículo 140 del Reglamento del Congreso decía: 'Todo discurso se pronunciará de viva voz y se continuará sin intermisión...' Todo el mundo tenía que ser orador, velis nolis".