ENTRE ADOQUINES
Litvinenko “resucita” con el avión derribado en Ucrania
miércoles 23 de julio de 2014, 20:36h
Actualizado el: 23/07/2014 21:20h
Ratifica la condena de cuatro años de cárcel impuesta por la Audiencia de Castellón.
Definitivamente, las casualidades no existen. O, al menos, cuesta creer que lo hagan en determinados asuntos, aquellos en los que, precisamente, las variables del acontecer no deberían tenerse jamás en cuenta. Reino Unido anunciaba ayer que llevará a cabo una investigación pública sobre la muerte del ex espía del KGB Alexander Litvinenko, envenenado en 2006 en territorio británico, y no queda más remedio que preguntarse por qué ahora, siete años después. En su momento, aquel terrible momento de noviembre del citado año, la crónica de la muerte anunciada de Litvinenko, su lenta agonía a sabiendas de la imposibilidad de vencer al polonio-210 que atacaba inmutable su organismo, nos conmocionó a todos. Especialmente, por supuesto, a Gran Bretaña, el país que, a diferencia de Estados Unidos, que no quiso acogerle porque “no tenía perfil de disidente político”, permitió quedarse a Litvinenko y acabó concediéndole la ciudadanía. A la consabida crisis diplomática entre Reino Unido y Rusia, se unió el escándalo denunciado en la prensa y la incredulidad de la sociedad británica. ¿Cómo era posible que en pleno Londres, olvidada ya la Guerra Fría, se hubiera asesinado a un hombre envenenándolo con un isótopo radiactivo? ¿De dónde había salido y por qué lugares había pasado tan mortífera arma? La historia parecía sacada del filme de 1940 “Enviado especial”, dirigido por Alfred Hitchcock, aunque lo más probable es que ni siquiera el mítico cineasta se hubiera atrevido a incluirla junto a la famosa escena de los paraguas, por si le tildaban de exagerado.
Hasta los amigos de Litvinenko hacían lo propio con él, es decir, lo acusaban de exagerado y paranoico. Intentaban convencerle de que, después de haber conseguido escapar de Rusia, nadie se iba molestar en ir a Londres para matarlo. Ya lo habrían hecho en Moscú, en la cárcel por la que pasó dos veces, le decían. Pero Litvinenko sabía de lo que hablaba y, sobre todo, había decidido seguir hablando. No dejó de hacerlo desde que en 1998 denunció que él y varios compañeros de los servicios secretos habían recibido órdenes de asesinar a Boris Berezovsky. Lo que, por el contrario, hizo Litvinenko fue advertir al oligarca de la espada que pendía sobre su cabeza, para que le diera tiempo a huir. Berezovsky se refugió, junto con sus millones, en Londres y, dos años más tarde, ayudó a salvar la vida a quien antes se la había salvado a él. Hay que reconocer que Litvinenko se la había jugado y que tenía todo el derecho a salir a la calle sin dejar de mirar atrás. Pero, ¿cómo demonios no iba a estar paranoico? Además, su exilio en Londres no aplacó sus ansias de “acabar” con Putin. Más bien al contrario. De hecho, el día que fue envenenado había tenido un encuentro con otro ex espía, éste de origen italiano, quien le había enseñado unos e-mails de los que parecía desprenderse que la orden de acabar con ambos ya había sido dada. Y era tal el convencimiento que Litvinenko tenía sobre la persona que había dado esa orden, que algunas teorías se basan en que pudo ser asesinado, en realidad, por enemigos de Putin con el objetivo de hacerle caer en desgracia frente a sus “amigos” de la Unión Europea.
En todo caso, a pesar de la alarma que provocó aquel atentado, el Gobierno británico se había negado, hasta ayer mismo, a llevar a cabo la investigación pública que la viuda de Litvinenko llevaba años pidiendo, resistiéndose a ese olvido, tan definitivo como la propia muerte, en el que en la actualidad se disuelven, casi de forma tan instantánea como los sobrecitos de café, los escándalos. Nos movemos tan rápido a través de las noticias, que solo quedándonos en la superficie, nos libramos de la sensación de derrapar, de ir contra corriente. Sin demasiada capacidad ya, para que nuestra sorpresa no se vea sustituida muy pronto por una nueva y mucho mayor. Las hojas del calendario ya no son de papel pero sirven, más que nunca, para envolver lo podrido antes de tirarlo a la basura y olvidarlo para siempre. Por eso, muchos políticos de hoy aprenden “desde la cuna” que no hay que ceder a la alarma a las primeras de cambio. Así, el Home Office, no atendió a las demandas de la viuda rusa y de sus abogados: consideraba que dicha investigación no era necesaria ya que había otras dos abiertas, la policial y la forense. Y ello, a pesar de que el Tribunal Superior de Londres había considerado, a su vez y en respuesta a la demanda judicial de Marina Litvinenko, que el Gobierno debía revisar su decisión de no autorizar la investigación pública, ya que “las razones planteadas por Interior no ofrecían una base racional suficiente que justificase la negativa”. Porque, aunque según la Justicia británica, fue Andréi Lugóvoi – en la actualidad diputado ruso y antes, ex compañero de Litvinenko en el KGB - quien se ocupó de envenenar el té de su antiguo colega en el bar del lujoso Hotel Millenium de Grosvenor Square, con la denominada “public inquiry” se trataría de investigar, aparte de la autoría material, la posible participación del Estado ruso en el asesinato gracias a la autorización del Gobierno para acceder a documentos clasificados.
Puede, es verdad, que la repentina decisión hecha pública ayer por la ministra de Interior, Theresa May, sólo haya tenido que ver con el tirón de orejas recibido por parte del Tribunal, pero - quizá ya me haya vuelto igual de paranoica que Litvinenko - cuesta creer que dicho anuncio no guarde relación con la masacre del vuelo MH17 la pasada semana. De hecho, fue la misma May quien hace un año explicaba que uno de los factores que habían llevado al Ejecutivo a tomar la decisión de no autorizar dicha investigación pública era el relativo a las relaciones internacionales. De modo que parece lógico no hablar de casualidad en este cambio de rumbo, justo cuando David Cameron urge a Europa para que adopte medidas más duras contra Rusia y los intereses de los oligarcas de aquel país dispersos por Occidente, muchos de ellos, por cierto, en Gran Bretaña. Pensar que no lo es, por otra parte, admito que resulta un ejercicio poco recomendable. Aunque haya cosas que sepamos, nos protegemos haciendo como que no las sabemos. Supone aceptar, ya como algo definitivo, palpable, casi cotidiano e inevitable, que existen determinados asuntos que los gobiernos prefieren guardar en un cajón antes de tener que enfrentarse a los “amigos”, en esa alianza de poderes con la que, probablemente desde siempre, se mueven en realidad unos invisibles hilos que tiran de cada uno de nosotros con más consecuencias de las que a cualquiera nos gustaría admitir.
¿Se habría autorizado finalmente en Gran Bretaña una investigación de este tipo si no hubieran muerto 298 civiles mientras sobrevolaban territorio controlado por los rebeldes ucranianos? ¿Si no quedaran ya dudas de que fue un misil lanzado por ellos y suministrado por Rusia el que explosionó a la altura del Boing 777 de Air Malaysia? ¿Si no se hubieran visto afectados diversos países, sobre todo Holanda, a causa de la muerte de sus ciudadanos? ¿Si los milicianos separatistas de Ucrania no hubieran jugado al gato y al ratón con las cajas negras o vigilado, fusil en mano y con pasamontañas, a los miembros de la OSCE que intentaban acceder a la zona cero? ¿Si no hubieran, presuntamente, ocultado pruebas, trasladado cadáveres e, incluso, robado objetos personales de las victimas como, por ejemplo, sus tarjetas de crédito? Con las cajas negras ya en poder de investigadores ingleses para su examen y los primeros cuerpos repatriados a Holanda, donde los esperaba un país sumido en la incredulidad de la repentina e injusta tragedia, queda claro que siempre hay límites. Incluso para los poderosos, aunque muchos desearíamos que para impartir justicia y destapar verdades, duela a quien duela, a amigos o enemigos, no hubiera necesidad de que, antes, esos límites tuvieran que verse tan claramente traspasados.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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