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Cuestión de conciencia

sábado 26 de julio de 2014, 19:52h

Hay un problema claro en nuestras sociedades, y es el que se plantea con la pregunta ¿qué hacer con el peso de la conciencia?

Y si, la conciencia pesa. Sea buena o sea mala, pesa. Por lo que para evitar este problema lo mejor es no tener conciencia.

Si la conciencia, sea cualitativamente como sea, pesa, su cualidad contraria es la ligereza que es mucho más acorde a lo que se prefiere en estos tiempos: lo efímero, fugaz, impactante pero breve, instantáneo y evanescente... No tener es no ser: la máxima ligereza. Lo sabe bien el capitalismo que construye seres que creen tener y ser, y en concreto creen tener cierto ser, y ni tienen ni son como piensan que son.

Pero volvamos al centro de la cuestión. Y he aquí que contra toda clasificación moral no hay dos tipos de personas sino cuatro o más, pero dentro de una clasificación radical, no podemos evitar crear dos bandos. Aquellos a los que les pesa más una conciencia más buena que mala, aquellos a los que les pesa más la mala conciencia, aquellos que soportan una conciencia mala y por último, los otros, los malos, porque no tienen conciencia

Los tres primeros se diferencian relativamente dentro del mundo de la conciencia. Los últimos se oponen absolutamente a todos, al modo del cero y el uno. Los primeros pueden clasificarse en una gradación más o menos numérica entre el 1 y el 4. Los otros son el cero.

Pero los que conocemos (aunque no entendemos) el sistema lógico basado en combinaciones entre 0 y 1 intuimos que es la forma más sencilla para expresar infinitas combinaciones de lo existente. Aunque no entendamos que lo que no existe (el cero) pueda ser la base para construir todo lo que existe (del 1 al infinito). Del mismo modo no nos cabe como puede ser posible que la existencia de conciencia necesite a los a-conscientes para existir.

Si miramos desde las gafas de Bergson el no tener conciencia es lo absolutamente contrario a la existencia, ya que todo, sea algo animado o inanimado, desde el grano de arena de la playa hasta los homos sapiens gozan en su metafísica de 'conciencia'. Pero no todo lo pensado existe y por lo tanto no tiene conciencia.

Podemos jugar a qué pasaría si tal cosa, cualidad, o tal persona, o tal acontecimiento no hubiera existido o no existiese, preguntándonos por ejemplo ¿qué pasaría, qué habría pasado si los aviones no hubieran existido, no existiesen y no fueran a existir? Lo primero que se nos ocurre es que los muertos de esta semana tampoco existirían como muertos. O por ejemplo, ¿qué pasaría si Hitler no hubiera logrado desencadenar la Segunda Guerra Mundial porque Inglaterra, Francia, EEUU y la URSS se lo hubieran impedido no entrando en el juego? Pues seguro que la invasión de Gaza no habría matado ya unas doscientas personas, por no decir cien niños, cincuenta mujeres y cincuenta adultos varones...miserias del lenguaje.

Así, la imaginación guiada por la teoría del efecto mariposa vuela largo, profundo...hasta el infinito podemos jugar y crear todos los mundos posibles que queramos....pero ninguno es este.

El único juego que si cambia las cosas es si nos preguntamos qué pasaría si existiesen hombres sin conciencia. Pues sucede que no hace falta imaginar. Basta con mirar por las calles del mundo, basta mirar adentro.

La existencia de la conciencia no le consta a 'todos' por lo que no todos pueden jugar. La otra parte no necesita jugar porque todos los días lucha contra los efectos de las acciones y palabras de los que efectivamente no tienen conciencia y nunca la tendrán. Porque esto se parece a la fe. O la tienes o no la tienes, pero es un milagro aprenderla a lo largo de la vida. Y la lucha contra la a-conciencia es precisamente la de aquellos que buscar los otros mundos que no son este, pero que podrían ser.

Mariana Urquijo Reguera

Filósofa, profesora e investigadora.

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