Brillante ensayo escrito en primera persona el que tenemos entre manos. Michael Ignatieff de manera dinámica y bien estructurada nos relata su experiencia en el mundo de la política activa. Sin embargo, no se trata de una autobiografía sino que el libro presenta varios extras que lo enriquecen. Por un lado, sus reflexiones vivenciales sobre la política, la democracia, la economía o los medios de comunicación. Por otro, encontramos un tratado de la historia reciente de Canadá, con análisis de algunos de sus referentes políticos (Harper, Leyton, Trudeau) o del problema independentista ubicado geográficamente en Québec. Finalmente, nos explica cómo funcionan las primarias “al otro lado del Atlántico”.
¿Qué pudo llevar a un profesor de prestigio en Harvard a introducirse en el mundo político de su país, Canadá, en el cual no residía desde hacía tres décadas? Son muchas las razones y a ello dedica los primeros capítulos. ¿La ambición, la arrogancia, un tributo a sus antepasados que habían sido servidores públicos? Quizás, al término de la lectura, el lector pueda llegar legítimamente a la conclusión de que fue sobre todo una visión un tanto mesiánica de sí mismo lo que en última instancia impulsó a Ignatieff.
También es relevante el contraste que sufre en sus propias carnes entre su anterior y breve experiencia en la política (años 60, como miembro de las juventudes del Partido Liberal) y la más activa que tiene lugar en el siglo XXI, momento en el cual el programa o las ideas no parecen ser tan relevantes a la hora de dirigirse al electorado. Por el contrario, los giros bruscos de opinión sobre un mismo tema y en poco tiempo, gozan de máximo protagonismo.
Otro rasgo que caracteriza a la obra es que el realismo está presente en sus páginas. De hecho, en ocasiones, Ignatieff ofrece un veredicto excesivamente duro consigo mismo (por ejemplo cuando reconoce que fracasó al tratar de ser primer ministro de Canadá), lo que combina con ciertos toques de victimismo (principalmente al relatar los ataques que sufrió por parte de los conservadores), pero con los que no consigue ocultar que fue el candidato del Partido Liberal que peores resultados obtuvo. De hecho, su formación, considerada hasta ese momento el partido natural del Gobierno, pasó al tercer lugar.
En efecto, desde un punto de vista politológico este aspecto merece destacarse ya que en la obra contemplamos cómo los liberales, producto de decisiones nefastas, luchas intestinas y apuestas contranatura (por ejemplo, el intento de hacer una alianza con los separatistas de Québec), perdieron a marchas forzadas el favor del votante. En este aspecto aparece el mesianismo de Ignatieff pues se veía capaz de devolver la unidad a los suyos, muy resquebrajada consecuencia del desgaste derivado de 13 años consecutivos en el poder.
No obstante, como hemos señalado al principio, el autor era y es un académico de prestigio, por lo cual durante su desempeño como político se apoyó en exceso en los manuales de ciencia política y no tanto en las normas que realmente rigen la contienda electoral o la vida parlamentaria. Por ello, fue presa fácil de ataques procedentes de diversos sectores (partidario de Bush, defensor de Guantánamo, antisemita, candidato del aparato del partido…) de los que trató de defenderse con escaso éxito.
Aun con este cúmulo de circunstancias y pese a sufrir el desastre electoral, no hace una lectura demagógica de la política, aspecto que es de agradecer. Por el contrario, en el último capítulo trata de extraer lecturas positivas a modo de lecciones para todo aquel que quiera seguir el camino que él emprendió.