En Bélgica, y con la participación de 17 jefes de Estado, se ha realizado este 4 de agosto de 2014 la conmemoración del inicio de la Primera Guerra Mundial, el recuerdo de los caídos y una clara voluntad por la paz. En agosto de 1914 comenzaron efectivamente las batallas que darían inicio a la Primera Guerra Mundial: los germanos invadiendo a la neutral Bélgica, Rusia contra Alemania y numerosos ejércitos movilizándose a los campos de batalla. Nada volvería a ser igual. Lo que había tenido su inicio en los Balcanes el fatídico 28 de junio, se convertía ahora en un lamentable conflicto de dimensiones continentales.
Todo el proceso que precedió al estallido bélico estuvo marcado por las amenazas y fortalecimiento de las respectivas alianzas en que se ubicaban las naciones europeas. La paz armada, el asesinato del Príncipe Heredero del Imperio Austro-Húngaro, los vertiginosos movimientos subsiguientes, las amenazas, el ultimátum, las respuestas, los traslados de tropas y todo el proceso que anunciaba las armas, estaban a punto de llegar a ser parte del pasado. Se acababa julio, el verano europeo estaba resultando distinto a lo planificado para muchas sociedades y familias, pero agosto traería nuevas sorpresas.
Efectivamente, terminaba la larga etapa de la Paz Armada y el breve periodo que antecedió a los movimientos de tropas. Julio terminó con el ultimátum de Austria a Serbia el 23, y el correspondiente rechazo de los serbios tres días más tarde; el 28 el Imperio declaró la guerra y al día siguiente bombardeó Belgrado. Rusia comenzó su movilización de tropas, y Alemania contestó con otro ultimátum, destinado a la desmovilización. Días antes todavía se pensaba que no había razones para ir a la guerra, aunque todos deseaban estar listos para esa eventualidad.
En los primeros días de agosto se acabaron las dudas, y a pesar d ella vorágine de movimientos diplomáticos -sinceramente motivados o bien llenos de dobles intenciones- destinados a evitar que el resto de los países se involucrara, cada gobierno y Parlamento hizo sus respectivas labores para estar dispuestos a entrar en combate. Así comenzaría la Primera Guerra Mundial, y los distintos emperadores, reyes y gobernantes procurarían mantener la frente en alto, con su nacionalismo suficientemente reforzado y los soldados listos para entrar en combate, con heroísmo, deseos de victoria, pero también dispuestos a morir por la patria.
Es curioso pensar algunos hechos que marcaron las primeras escaramuzas. Lo primero es que no había la suficiente capacidad de los ejércitos involucrados, como se la guerra se hubiera anticipado más de lo deseado. Por otra parte, los mandos muchas veces carecían de la capacidad o virtudes necesarias para dirigir una guerra, los efectivos no habían tenido el tiempo necesario para prepararse a entrar en combate, los gobiernos caían en la propaganda sin poseer necesariamente las virtudes de los estadistas y la comprensión cabal del proceso que se vivía. No está de más mencionar las disputas entre los generales y los reyes, entre los propios uniformados, mientras los nervios consumían a unos y a otros. Era la la realidad de la guerra.
Un poeta resumió muy bien lo que comenzaría a ser la temprana realidad de la guerra, ratificado en los años siguientes en un número inimaginable de bajas. Así lo expresaba Giuseppe Ungaretti en “Soldados” (reproducido en Letras Libres, Nº 154, julio de 2014):
“Se está como
En otoño
Las hojas
En los árboles”.
Efectivamente, como se vería pronto, los jóvenes que partieron al matadero, al poco tiempo, ya no representarían necesariamente la imagen de los héroes que enfrentaban un nuevo conflicto internacional, sino que parecían más bien la expresión del sinsentido y la amputación de una generación robada a las aulas universitarias, al trabajo en el campo, a sus familias y a sus novias. La guerra, quedaría demostrado en cada momento, distaba mucho de la concepción idealizada que algunos habían procurado difundir, y la realidad de las trincheras sería considerablemente más terrible de lo imaginado. Los jóvenes efectivamente comenzaron a caer como las hojas en los árboles, pero en un otoño que se extendería más de lo previsto.
Esto refleja de manera elocuente la confusión que reinaba entre quienes dirigían la política por aquellos años. Muchos pensaron y lo dijeron públicamente, que la guerra sería breve. El Kaiser alemán fue todavía más lejos en sus suposiciones, como le manifestó a sus tropas: “Estaréis en casa antes de que caigan las hojas de los árboles”. Otros pensaban que pasarían la Navidad junto a sus familias. Ninguno creía que el conflicto se prolongaría por más de seis meses. Un optimismo falso y apabullantemente lejano a la realidad. Nada de eso sería verdad y, por el contrario, los gobiernos y los ejércitos pronto comenzarían a darse cuenta de que la guerra era mucho más compleja y terrible, y después confirmarían que sería considerablemente más larga de lo previsto.
Como señala Barbara Tuchman en un libro clásico, Los cañones de agosto. Treinta y un días de 1914 que cambiaron la faz del mundo (Barcelona, RBA, 2012), después "las naciones cayeron en una trampa elaborada durante los primeros treinta días de unas batallas que no fueron decisivas, una trampa de la que no había -y no ha habido- escapatoria posible". Comenzaron cuatro años de muerte y los desastres que se acumularían en las trincheras y en los hospitales, en las familias y en los gobiernos, serían la tumba de la Europa de otros tiempos, que moría al calor de los cañones que comenzaron a sonar en agosto.
Por eso, recordar la guerra no sólo es una necesidad histórica, sino también una obligación moral y cívica. La Primera Guerra Mundial tiene mucho que enseñar incluso hoy, a Europa y al mundo entero.