www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

ENTRE ADOQUINES

Guido Carlotto, el nieto 114

miércoles 06 de agosto de 2014, 20:09h
Actualizado el: 08/06/2014 20:15h

El de Guido pudo acabar siendo otro de esos nombres que jamás habrían de ser pronunciados. Hasta solo hace unos días, cuando todo cambió. Habían llegado a manos de la jueza María Servini de Cubría los resultados de la prueba de ADN de Ignacio Hurban, y el cruce de datos genéticos reveló que se trataba del hijo de Laura Carlotto. El bebé que la joven de 23 años dio a luz mientras estaba detenida, aquel niño que ella quiso bautizar con el nombre de Guido y con el que solo pudo pasar cinco horas. Y, por supuesto, el nieto de Estela de Carlotto, una de las caras más visibles de la incansable búsqueda de los desaparecidos que dejó a su paso la dictadura militar argentina, de 1976 a 1983. La noticia protagonizada por Guido o, si lo prefieren, por Ignacio, saltaba a los medios el pasado martes y daba la vuelta a este mundo descreído nuestro, en el que la mayoría juzga sin ponerse en la piel de aquel a quien se atreve a calificar. Porque a Estela hasta la habían acusado de haberse inventado un nieto para no perder protagonismo, después de que ella fuera una de las pocas “privilegiadas” que pudieron enterrar a su ser querido. Por fortuna, ella continuó la lucha en cuanto enterró a Laura. Inasequible al desaliento, sin dar valor a las maledicencias. Y ahora ha vencido.

Estela de Carlotto podrá, por fin, cumplir su sueño: no morir sin haber podido abrazar a su nieto. Aunque sea treinta y seis años después de su nacimiento. Quizás, contra todo pronóstico. Pero Estela, que convirtió las últimas décadas de su vida, casi cuatro, en una cruzada dirigida a encontrar a su propio nieto y a aquellos otros bebés – se calcula que alrededor de 500 – que tuvieron la ocurrencia de ir a nacer de madres subversivas en un régimen dictatorial que no se conformaba con encarcelar a sus opositores políticos, ya puede hacer callar muchas bocas. A pesar de que eso será ahora lo que menos tiempo ocupe su mente. Y también es seguro que no dejará de apoyar a quienes aún tienen que seguir buscando en una lucha contra el tiempo, contra un terrible pasado, marcado por el exterminio.

Porque resultaba mucho más “limpio” – y, desde luego, más ruin y cobarde - hacer desaparecer a los contrarios. Incluso a los posibles sospechosos de serlo. A los amigos de quienes lo eran. Literalmente. Se irrumpía en las casas de los disidentes, en su mayoría jóvenes estudiantes, los sacaban a la fuerza y, después de los correspondientes interrogatorios y torturas, eran, si tenían suerte, hacinados en centros clandestinos de detención como el tristemente famoso de La Cacha, en La Plata, hasta decidir su destino. Más bien, hasta decidir el destino de sus huesos. Sepultados en la tierra o en alta mar. En la época del llamado Proceso de Reorganización Nacional en Argentina, hubo una marcada predilección por los “vuelos de la muerte”. Discúlpenme la crudeza, pero este método de exterminio tenía, además, la ventaja de no gastar en munición.  De no dejar huellas. Aunque, a veces, aparecían cuerpos en la costa, varados en las playas, atrapados en escarpadas orillas. Por eso, en ocasiones los lanzaban sobre los cráteres abiertos de algún volcán. Al horno crematorio gratuito directamente. La consigna era hacerlos desaparecer.

Por eso, cuando se hizo evidente que ya no encontrarían a sus hijos, lanzados al mar o enterrados en fosas comunes, las madres que sabían o sospechaban que también podían ser abuelas de bebés desaparecidos centraron sus esfuerzos en encontrar a los nietos. Siguieron concentrándose todos los jueves, con sus pañuelos blancos en la cabeza, frente a la Casa Rosada, marchando alrededor de la pirámide. Igual que habían hecho en sus comienzos, cuando aún estaba Videla y la ley prohibía las reuniones de más de dos personas. De modo que no había más remedio que caminar. Siempre de dos en dos. Esos años en los que todavía no se imaginaba que existiría un análisis genético que demostraría que no estaban locas, que tenían que seguir buscando a esos niños dados a luz en cautividad. O, simplemente, esperando. Porque como recordaba Estela de Carlotto en su primera comparecencia ante los medios después de conocerse la noticia, ellas siempre pensaron que los nietos, cuando fueran mayores, también buscarían a sus abuelas. Y así ha resultado ser en su caso.

Ignacio Hurban – Guido Carlotto – llevaba ya años con dudas acerca de su pasado, una incertidumbre que hace dos meses le llevó a hacerse ese análisis genético que iba a cambiar, por segunda vez, su vida. De él se sabe ahora que es pianista y compositor, que dirige una escuela de música; que está casado y tiene dos hijos. Que creció con una familia dedicada a la agricultura y que vive en Olavarría. Por supuesto, pronto se irán conociendo muchos más detalles. Por ejemplo, sobre cómo pasó una existencia que no le correspondía, cuándo y por qué empezó a sospechar que podía ser uno de los aproximadamente 500 niños “incautados” durante la dictadura militar en su país. También, si es cierto que fue su mujer, Celeste Madueña, quien le animó a hacerse los análisis porque “se parecía mucho a Estela de Carlotto”. Y, por supuesto, qué ocurrirá ahora, en qué modo le afectará la verdad. El pasado mes de marzo, Guido compuso la canción titulada “Para la memoria” y escribió: “El ejercicio de no olvidar, nos dará la posibilidad de no repetir”. Él es el nieto no olvidado número 114, quedan casi 400 aún para seguir recordando. 

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios