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TRIBUNA

El periodismo de Julián Lago

David Felipe Arranz
jueves 07 de agosto de 2014, 22:04h
Actualizado el: 08/08/2014 10:55h

Hace cinco años que un paraguayo veinteañero subido en una moto se lo llevó por delante en un pueblecito del distrito de Caaguazú (Paraguay); aunque Julián Lago aguantó dos meses y medio y en coma en la cama de un hospital de Asunción, en agosto de 2009 le pareció que era hora de irse de verdad, aunque de España ya se había ido, harto de tanta asfixia informativa, a enseñar a leer a los indios guaraníes. Del Valladolid del Campo Grande y la calle Panaderos… a la muerte en el corazón amazónico del infierno verde del que muchos extranjeros no han salido con vida.

Lo de Julián Lago era más grande que el propio periodismo; o, por mejor decir, este no se ajustaba a la fuerza de la naturaleza que era el periodista vallisoletano, que llevó las máximas de independencia y libertad de información a sus cotas más altas. Julián, letraherido de desvelo, gozaba sacando en las portadas del semanario las caras más risueñas del Poder y les ajustaba una paliza de papel haciendo justicia de la que ya no se recuperaban. Y a lo mejor, en el cóctel siguiente, se reían un poco menos de todos nosotros, porque a Julián le gustaba el pueblo, aunque para informarle de los secretos y tapujos, de dónde iban a parar sus ahorros, tuviese que entrevistar a mucho canalla.

También le daba Julián a las musas: pensaba que la poesía metafórica de Neruda era insuperable y, como él, arrojaba las vísceras sobre el papel. Naufragó en el amor y de naufragios, como los de Cabeza de Vaca, iba a ir su libro de poemas, “Un náufrago sin mar”, cuya muestra dejó en el epílogo de Un hombre solo. Casi unas memorias (2008).

La llamada beautiful people, aquella casta parasitaria de finales del siglo XX a caballo entre Madrid y Marbella y que vivía de las rentas y de hacer especulación, fue blanco de la pluma de Julián, que se pasaba las noches de claro en claro poniendo negro sobre blanco las bambalinas del Estado, la Casa Real y el tejido de las grandes multinacionales. Los Albertos, Mariano Rubio, Mario Conde, Manuel Prado y Colón de Carvajal, los Pujol, la Preysler, etc., desfilaban por las páginas de la revista como poemas con estrambote y un “continuará”. Si a finales de los años ochenta y en la década de los noventa no leías Tiempo o Tribuna, directamente no te enterabas de lo que pasaba en este bendito país. “Cómo se han hecho ricos los amigos de Felipe”, “Una pandilla sin vergüenza. Sus informaciones privilegiadas. Sus influencias políticas. Sus otros negocios” o “El dinero secreto de los partidos. Cuanto y a quién pagan los bancos” fueron algunos de sus atrevidos titulares.

Luego coqueteó con la tele con “La máquina de la verdad” y lo pusieron como chupa de dómine por un programa que veía toda España y que, al lado de lo que se ha visto después, parece un reportaje de La 2. Julián retrató así y durante años la trastienda del ruedo ibérico, tan oscura, y fue demandado una y otra vez, pero casi siempre salía victorioso porque la verdad estaba de su lado. “Los políticos despechados, al igual que  los falsos suicidas, anuncian siempre lo que luego nunca deciden hacer”, solía decir.

En uno de sus últimos artículos para El Adelanto de Salamanca escribía que nuestra sociedad ha sufrido un proceso de lobotomización, una modificación de la percepción de la realidad; y que, al igual que los cangrejos, vamos marcha atrás en la historia. Julián retrataba como nadie a los protagonistas de la actualidad; aquí va el retrato del actual ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, publicado en el mismo diario: “Ambicioso hasta el patetismo y soberbio intelectual hasta el paroxismo, Gallardón cada día se parece más a Groucho Marx con sus pobladas cejas entrecanas, sus gafas de intelectual progre y su pelo corto repeinado hacia atrás, pero sin puro alguno que echarse a la boca.”

Me hubiese gustado escuchar sus opiniones sobre los acontecimientos de los últimos cinco años: el caso Urdangarín –que ahora disfruta del verano chapoteando en las playas galas de Bidart–, la crisis del PSOE –con un nuevo candidato que quiere a Cataluña como nación (sic)– o el vuelco de las elecciones europeas –la sorpresa de Pablo Iglesias, el azote del bipartidismo–. Él quería ser como Jean-Paul Belmondo en El profesional (1981), de Georges Lautner, una película que le gustaba mucho por aquello del agente secreto traicionado que regresa del Infierno para vengarse. Julián fue, ante todo, un hombre con un extraordinario sentido del humor y una inteligencia privilegiada, muy generoso con los demás, que sabía perdonar agravios hasta lo insólito y que amaba la vida y el amor, sin mirar atrás.

El de Julián era un periodismo de riesgo, de los que les desmontan el tinglado a los poderosos. De los que ya no se llevan, vamos. Han pasado ya cinco años y muchas de las cosas que dijo cobran ahora su pleno sentido: su olfato periodístico y su sentido común para la información hicieron de él uno de los mejores periodistas que ha tenido este país. Con permiso de su admirado Larra.

 

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