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Desagrado, sorpresa, decepción

Olga González Alonso
sábado 17 de mayo de 2008, 20:58h
Hace tres años, por estas fechas, Galicia vivía aires de campaña electoral. Aires que los socialistas del PSdeG-PSOE y los nacionalistas del BNG insistieron en convertir en aromas de cambio y en vientos de nuevas formas que acabaran con la, para ellos, Fraga-tempestad.

Llegaron las elecciones y socialistas y nacionalistas, tras perderlas, unieron sus derrotas (y poco más que eso), trastocaron sus respectivos programas en un panfleto de tres decenas de folios, le quitaron el sillón a Fraga y se instalaron en la Xunta. Llevamos en Galicia, desde entonces, tres años de cambio. Y de muestras habituales de que los prometidos aires nuevos, las nuevas formas anunciadas, desprenden en realidad un aroma a rancio muy evocador de viejos modos, de actitudes que creíamos ya perdidas en un tiempo muy anterior a los quince años del fraguismo gallego.

Muestras como la perpetrada estos días por el vicepresidente y máximo representante de la parte nacionalista de la bi-Xunta, Anxo Quintana, quien ha decidido, porque él lo vale, anular unilateralmente los convenios firmados hace pocas fechas con ocho alcaldes del PP para la integración de escuelas rurales en la red de Galescolas. Lo ha decidido porque leyó con “desagrado y sorpresa” en los medios de comunicación ciertas opiniones críticas que dichos alcaldes vertieron contra el sistema inventado por Don Anxo para hacer de los servicios sociales en Galicia su parcela privada de poder y que en la práctica, según expresaron los regidores, supone chantajear a los ayuntamientos y utilizar su asfixia económica para hacerles pasar por un aro que tanto puede llamarse Consorcio de Servicios Sociales como Red de Galescolas.

En una misiva con sello oficial, el vicepresidente les comunica su decisión de considerarlos desvinculados del acuerdo firmado ante la decepción que tal uso de la libertad de expresión le ha producido. El nacionalista venido a más gracias a unas elecciones en las que justo su partido se vino más a menos que nunca, asegura en su carta tener la obligación de establecer nuevos modelos de relación institucional “que superen las dependencias y tutelas del pasado”. Pero de ningún modo quiere hacerlo, afirma, a disgusto y en contra de la opinión de los alcaldes. Así que lo que procede, viene a decir, es eliminar las críticas de un plumazo cargándose un convenio en base a fundamentos de tanto peso jurídico como son la sorpresa, el desagrado y la decepción producidas por la lectura de determinadas cosas en la prensa. Magnífica forma de superar dependencias y tutelas de otros tiempos.

Una decisión que, advierte el vicepresidente Quintana en su carta, implica que, a partir de ahora, toda la ayuda financiera de la Xunta para servicios sociales y educación infantil que a cada uno de esos municipios les cabe esperar se limitará a lo que pueda tocarles de las órdenes de subvenciones, de las que “no te puedo garantizar cuál será la transferencia anual a percibir por tu ayuntamiento”. Así mismo lo dice; con todo el talante.

Ese era, se ve, el verdadero cambio. No se hace una idea el vicepresidente de los niveles de desagrado, sorpresa y decepción que están alcanzando muchos de los que se creyeron aquel cuento.
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