TRIBUNA
El re-descubrimiento
martes 12 de agosto de 2014, 17:48h
Las lecturas de algunos libros nos dan placer. Hay otros que nos dan respuestas. Y hay algunos que nos abruman por las cuestiones que nos suscitan, incluso es preciso dejar pasarlos un tiempo antes de retomar su lectura crítica. Este tipo de libros son cada vez más frecuentes en las humanidades y, sobre todo, en el ámbito de historia. A un lector enterado le abruman los desaciertos, las interpretaciones falaces, las conclusiones anticipadas y el asombro de un diletante ante lo que es obvio. Por ejemplo, hablando de libros dedicados a la historia de Hispanoamérica es preciso tener mucha piedad con el autor. Cuando empecé a estudiar la historia de la América española, también yo me sorprendía del mundo virreinal, que no colonial, construido por España en América gracias a la ayuda y apoyo incondicional de la población indígena. Sí, no puede no azorar la administración que unió dos mundos tan distintos, las leyes más avanzadas de su tiempo y las verdaderas metrópolis multinacionales en que se convirtieron durante el XVII las capitales de la Nueva España y del Perú. La causa del asombro es el contraste que hay entre la realidad que acabamos de mencionar y los tópicos y leyendas negras, que florecen en las ruinas del Imperio español y que acogimos con tanto apego.
Es imprescindible tratar con comprensión y piedad a los que escriben sobre la historia de Hispanoamérica, a sabiendas del analfabetismo mondo y lirondo, mimado y promovido en ambos lados del Atlántico para hacer olvidar a la gente una etapa de su historia. Un esfuerzo de entender y no lanzarme directamente a la yugular de la historia sentimental o, si quieren, de la historia rosa, es lo que me he propuesto a la hora de hacer la crítica de la obra de Eloísa Gómez-Lucena Españolas del Nuevo Mundo (Cátedra, 2013). El título de este libro atrae, pero, siento decirlo, muchas partes de este libro defraudan. Primero, porque una obra histórica, como pretende ser el caso, no es un medio para combatir los complejos que hoy día padecen las mujeres. Y menos aún, para tergiversar la vida de las mujeres del siglo XVI. Así es el caso de la monja-alférez, Catalina de Erauso. Gómez-Lucena a cada paso hace comentarios poco discretos sobre este personaje que nos 'conducen' suavemente a pensar que la pobre Catalina de Erauso casi deshonraba a las doncellas, como cualquier espadachín. ¿Cuáles son las fuentes para mantener esos tópicos? Pues, la imaginación de Eloísa Gómez-Lucena.
Segundo por orden, que no por importancia, es el mal uso de las fuentes tanto contemporáneas como antiguas. Veremos cómo maneja las antiguas, es decir, las crónicas. La señora Gómez-Lucena explica en el prólogo que los cronistas de aquel tiempo eran unos misóginos: "muchos profesaban un doble solipsismo de género y especie" (p. 7). Bueno, pero ¿cuál es la fuente principal del libro Españolas del Nuevo Mundo? Los testimonios de los cronistas, se cita ampliamente a Ruy Díaz de Guzmán, Mertín del Barco Centenera, el Inca Garcilazo, Mariño de Lobera, Alonso de Góngora y Marmolejo, Alonso de Ercilla, Fernández de Oviedo, Antonio Remesal, Gaspar de Carvajal, Pedro Fernández Quirós... En realidad, si había una mujer que destacaba en aquella época, ella no pasó desapercibida para los cronistas y hombres de letras; en efecto, todas ellas eran mencionadas en sus escritos por los "misóginos" cronistas. Recordemos que tampoco "todos" los hombres han cabido en los pliegues de las crónicas, por lo cual el prolijo y un poco rencoroso Bernal Díaz del Castillo escribe su Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España donde canta a los soldados, como él mismo, que no se habían destacado.
Para desmontar la acusación sobre la falta de atención que prestaban los cronistas a la mujer, imaginemos por un instante que los testigos de los descubrimientos y de conquistas, que contemplaban las tierras nunca vistas y la gente nunca imaginada, en vez de describir lo visto, nos contaran las labores de las mujeres, es decir, la preparación de la comida, el cuidado de los heridos y otras actividades parecidas, ¿qué dirían sus contemporáneos? y ¿qué diríamos nosotros de aquel loco que en vez de describirnos una batalla o una fiesta de una tribu desconocida, nos describe cómo lavaban los pucheros?
Tercero, la autora misma desmonta sus propias afirmaciones sobre el ninguneo extremo de la mujer en la sociedad del Siglo de Oro. Lo hace en el apartado De la vida maridable y sus contratiempos (p. 18-29). La información que contiene es toda una revelación "para los que juzgan a las mujeres del XVI y XVII carentes de derechos y siempre sometidas al varón" (p. 12). Los ejemplos son inmejorables: uno de los denunciantes, casado con una esclava, pidió un divorcio rápido al tribunal porque "se veía abocado a matarla o suicidarse"(p. 21); una mujer fue procesada por tener dos maridos, pero ambos le ayudaron a refugiarse "porque no podían permitir, dijeron, que mujer tan buena y trabajadora terminara en cárcel" (p. 21). ¡No está mal para una sociedad machista! Un representante del clero, Diego de Avendaño, recomienda "a las abandonadas que acudieran a los tribunales eclesiásticos para exigir la cohabitación" o obtener el divorcio (p. 23). El consejo suena demasiado tolerante para el representante del clero que hoy día goza de fama de dogmático e intolerante. En fin, el ejemplo de autoritarismo de Isabel Barreto, que lavaba su ropa con agua potable mientras la tripulación moría de sed, demuestra con claridad que no todas las mujeres son seres angelicales ni todos los hombres son crueles malandrines.
En resolución, como diría el clásico, nada más lejos de mi intención hacer de aquella época un reino de Jauja. No lo fue, como no lo es la nuestra ni será ninguna de las épocas venideras. Sólo quiero advertir, usurpando las palabras de Ortega y Gasset que: "Soy un hombre que ama verdaderamente el pasado. Los tradicionalistas, en cambio, no le aman; quieren que no sea pasado, sino presente. Amar el pasado es congratularse de que efectivamente haya pasado, y de que las cosas, perdiendo esa rudeza con que al hallarse presente arañan nuestros ojos, nuestros oídos y nuestras manos, asciendan a la vida más pura y esencial que llevan en la reminiscencia" (El Espectador, Obras completas, t. II, 1963, p. 43). Dicho de otro modo, si uno decide hacer una obra verdaderamente histórica y verdaderamente valiosa, tiene que ir más allá de los tópicos de hoy, no alimentarlos en las páginas de su obra, no inundar las vidas de los personajes que vivieron hace cinco siglos con detalles suculentos de su vida privada. El caso contrario, el autor, en este caso autora, es que se conforma con un panfleto para pasar el rato cuando viajas en el metro.