TRIBUNA
La victoria de Erdogan y su simbolismo
jueves 14 de agosto de 2014, 18:30h
Acaban de celebrarse las elecciones en Turquía, el pasado 10 de agosto, que han dado por vencedor a Recep Tayyip Erdogan. Son las primeras elecciones presidenciales por voto popular directo en Turquía. El islamista y conservador Erdogan se convierte por derecho propio en el nuevo presidente de la República con el 51,8 % de los votos, según confirmó la Comisión Electoral, con una participación que rondó el 74,4 %. Parece evidente que su popularidad es incuestionable, habiendo conseguido ganar su partido todas las elecciones desde 2002, incluidas las locales del pasado mes de marzo de 2014, a pesar de que tres meses antes un escándalo de corrupción condujera a la dimisión de cuatro ministros. Erdogan será el sucesor de Abdulah Gül también cofundador del AKP el próximo 28 de agosto, convirtiéndose así oficialmente en el 12º presidente de la República Turca durante los próximos cinco años.
Por detrás de Erdogan, el académico Ekmeleddin Ihsanoglu, candidato de los principales partidos de la oposición, consiguió un 38,5%, y Selahattin Demirtas, el líder político kurdo, un 9,8%. Esta es una figura clave en el futuro de Turquía. Tengamos presente que Erdogan y su círculo del AKP tienen previsto reformar la Constitución tras las elecciones generales del próximo verano de 2015 con el fin de reforzar los poderes ejecutivos del presidente, y para ello, necesariamente, su Partido Justicia y Desarrollo(AKP) ha de conseguir una mayoría parlamentaria mayor (dos tercios) que la que tiene ahora, para lo que la reactivación del proceso de paz con la milicia del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK, en kurdo) se presenta como una baza decisiva si se quieren hacer con el apoyo de los diputados kurdos, liderados por Selahatin Demirtas.
Los observadores internacionales y la oposición advierten que Erdogan prepara una “nueva” Constitución no sólo para aumentar los poderes presidenciales, sino también para otorgar un nuevo valor a la religión en el panorama nacional, según el mismo Erdogan declaró durante la campaña electoral.
Paradójicamente, antes de ser declarado presidente, Erdogan se verá obligado a renunciar al puesto de primer ministro y como miembro del Partido para la Justicia y el Desarrollo (AKP, en turco), ya que la presidencia se entiende que tiene un carácter neutral y, por tanto, no puede ser partidista.
La victoria de Erdogan ha venido cargada de símbolos, no vacíos de contenido sino con un mensaje muy claro. Ya antes del inicio oficial de la campaña, Erdogan vaticinó que si llegaba a ser presidente, él no sería un jefe de Estado meramente simbólico, como sus antecesores, puesto que al ser elecciones por voto directo popular tendría –dijo- una mayor legitimidad y capacidad para intervenir como jefe de Estado en la vida política del país.No sé si fue un descuido o no pero Erdogan no debía haber utilizado el término “legitimidad” sino el de “legitimación” ya que es lo único que actualmente ha conseguido, logrando un gran respaldo social en las elecciones presidenciales. Si su política tendrá un carácter más legítimo o no que la existente hasta la fecha será algo que se podrá valorar en el futuro pero que a día de hoy no se puede certificar. Lo que parece incuestionable es que como auténtico líder del AKP, Erdogan va a tener un gran poder para influir en la política turca a través del partido y del Parlamento.Ojalá esa capacidad de influir en la sociedad turca sirva para fortalecer la democracia en el país y para que, como él mismo declaró,“funcione el proceso de paz con la milicia kurda del PKK”.
Sin duda, simbólica fue también su visita, antes de volar a Ankara para pronunciar allí su discurso como vencedor, a la mezquita de Eyup Sultán en Estambul, lugar al que iban los sultanes del Imperio Otomano tras ascender al trono.Erdogan rezó en la histórica mezquita prometiendo un “nuevo Islam”, donde se dará preferencia a los sunnitas fuertes opositores de la etnia chiíta en el país. La islamización creciente en Turquía es realmente un factor preocupante para Occidente puesto que en los países del sudeste y sur de Turquía las guerras y persecuciones religiosas se han convertido en algo, por desgracia, cotidiano.
Todo un símbolo fue también que al votar declarara Erdogan que las elecciones iban a decidir el camino de Turquía “hasta 2023 -centenario de la República- y hasta 2071 -cuando se cumplen mil años de la conquista turca de Anatolia-”.
Este simbolismo lo que, a mi modo de ver, provoca es una profunda polarización dentro de la sociedad turca. Mientras el 50 % del país lo venera por haber consolidado la democracia y haber logrado importantes avances económicos, el otro 50 % lo critica y teme por su carácter profundamente autoritario y conservador.
Lo que esperamos es que, tal y como declaró el pasado mes de abril en una reunión de su grupo parlamentario, haga realidad su promesa de convertirse, a partir de ahora, en el “presidente del pueblo”. Lo que implicaría que verdaderamente abanderara un nuevo período de reconciliación social en el que todos los que forman el Estado, sean musulmanes, cristianos, kurdos, alevíes, suníes, griegos o armenios, se sientan reconocidos e integrados como ciudadanos turcos.
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Catedrática de Filosofía del Derecho
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