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TRIBUNA

Los partidos políticos nos roban

Antonio Domínguez Rey
domingo 17 de agosto de 2014, 19:01h

He ahí un endecasílabo. Y sin embargo, no apunta a poema. Tiene atributos retóricos. Podríamos describir alternancias, contrastes y similitudes internas que, en conjunto, crean la onda sonora de la frase. No habría, con todo, poesía. La información se impone sobre cualquier asomo poético. Y tampoco contiene ninguna evocación que atraiga capas recónditas de la conciencia y establezca un campo de resonancias emotivas o conceptuales capaces de abrir otra ventana de la existencia. No. El título es pura prosa. Tal vez alguien quisiera aprovechar el contraste y brevedad métrica del segundo hemistiquio y esbozar un contexto retórico en el que la frase adquiera función poética. Sería posible. Una estrofa, por ejemplo, de aquella poesía social de los años sesenta y aledaños, los setenta. Años en los que se formaban los políticos que nos han gobernado en la Transición y continúan colgados, ellos, sus adláteres, sosias o gametos financieros, sindicales, secuaces, de las riendas del poder polirrítmico y bastardo de este país que aún se nombra España.

Nos roban y mienten. Roban la voluntad con el voto. Mienten prometiendo lo que no tienen ni pueden darnos. Y con la voluntad y la promesa de una esperanza frustrada, esquilman hasta el alma del Estado que los sostiene, aguanta y, en muchos casos, engrandece. Grandes de España por todas partes. Pura retórica. Han vaciado las palabras de contenido. Las usan como moneda de cambio con mañas de truhanes y bufones dados a convertir el engaño en oficio de curso legal. No todos, se dice. Solo algunos. Y resultan los más significados. Los demás cumplen, añade alguien. Hasta que se demuestre lo contrario, murmura otro. Pronombres indefinidos.

El montante de lo robado durante la Transición y entrada formal de España en Europa da, como repetimos a menudo, para constituir otro Estado. Debía haber mucho dinero en las arcas del franquismo. Sobre todo, mucho haber social, político y estratégico para que Europa, especialmente Alemania y Francia, volcaran aquí marcos y francos con que vencer voluntades, organizar partidos, remendar sindicatos y conchabar mercados, bancos, empresas, diarios, personal sumiso para engullir en sus áreas de presión y expansión política a una España democráticamente imberbe y engaitada con la idea de entrar en la Unión Europea a toda prisa. Como si detrás viniera el monstruo apocalíptico que arrasara todo. Una trampa gigantesca.

Encontraron los rostros con papo abultado. Los vendedores de crece pelo para calvos mentales con pretensiones de tribunos. Los poderes financieros y políticos de Europa escogieron y compraron a los hombres idóneos para, con el cuento de la herencia franquista latente y una posible involución democrática, quemar el bagaje semántico de valores fundamentales que sostienen a cualquier Estado moderno. El principal de todos, la educación. Una tras otra, las sucesivas legislaturas vividas a partir de 1975 y especialmente desde 1982, se dedicaron a voltear los contenidos de la formación escolar y a banalizar formas y estructuras de ordenamiento docente con el pretexto de extender la educación a todos los estamentos sociales. Vino, al mismo tiempo, la regulación jurídica, cuyo paroxismo culminó con el nombramiento a dedo de más de mil jueces saltándose a la torera -se hizo con pases de muleta y  aplauso del aforo- oposiciones, capacidades y competencias. A esto se unió un sinfín de reconocimientos civiles, democráticos, y la creación y concesión de premios culturales que remataron la faena y proclama de nuevos valores a cada cual más vacío de sustancia verdaderamente humana. Las Cajas de Ahorro desempeñaron en esto una función especial. Contribuían al desmantelamiento social y semántico con señuelos culturales, deportivos, laborales, publicitarios y de salud pública. Luego se vio, con los años, el corral que habían montado con partidos, sindicatos, medios de comunicación, fundaciones, asociaciones, universidades, etc. Un engaño espectacular.

Trivializadas la educación, justicia y cultura, la política de nuevo cuño pudo deslizarse sin trabas en estas funciones y sustituir con reglamentos y leyes apañadas concursos, protocolos y condiciones de acceso a la función pública y sus tejemanejes. Los pactos autonómicos de 1981 abren el delta español y multiplican por diecisiete más dos la organización territorial del Estado. La reforma de las fuerzas armadas, sin duda imprescindible, ya esbozada desde 1977, y la supresión del servicio militar obligatorio entre 1996 y diciembre de 2001 encontraron justificación y acomodo profesional. Jordi Pujol ejerce influencia singular en la articulación de las Autonomías y supresión de la famosa mili. La reforma militar era, además de necesaria, objetivo primordial de los líderes políticos. Se hizo con cautela y a medida que se privatizaban edificios, funciones, recursos, contratas, patrocinios de armamento, y entraba España en la estructura de grandes organizaciones militares (ONU, UEO, OSCE).

Los partidos políticos se hicieron dueños del país y la representación del Estado. Se han convertido poco a poco, o de repente, en gremios de poder. Venden las promesas que propalan a cambio del voto y además cobran intereses una vez alcanzado el beneficio del poder. Se distribuyen gran parte del rédito del trabajo ajeno en cuotas previamente apalabradas y vigilan el propio en función de las elecciones siguientes. Tales usos y abusos los han empujado a cerrarse cada vez más en sus estructuras y a crear círculos concéntricos en el organigrama. Los intereses del núcleo son inviolables y sus garantes estudian con astucia el perfil de quienes los representan públicamente. Aseguran sobre todo que, pase lo que pase, nunca se revisan ejercicios previos. Una forma de evitar cualquier revisión consiste en incrementar la propaganda de aciertos propios y errores ajenos, con ataques en cadena hacia los opositores y contendientes. Cierran filas con sonrisas redobladas y no dudan en mentir, simular y corromper, si fuera necesario.

Acabamos de vivir la declaración pública de uno de los representantes más significados de la Transición política española y presidente de un partido histórico. Jordi Pujol, fundador de Convergencia Democrática Catalana (CDC) y cabeza de Convergencia y Unión (CiU) por más de dos décadas,  confirma lo dicho y algo más grave todavía. Estas formaciones y dirigentes se enrocan durante el ejercicio del poder prevaricando abiertamente. Urden con astucia y de tal modo vericuetos legales, sanciones programadas, plazos de prescripción delictiva, delegados y sucesores, que, concluido su ministerio, apenas se les puede demostrar nada en contra o, lográndolo, menguan la deuda o quedan impunes. Han calculado hasta la sanción, multa, inhabilitación o cárcel por equis tiempo a cambio de la tropelía, abuso o delito cometido. Como se retiran ya cansados, les importa poco. Piden hasta perdón a los ciudadanos o dicen simplemente que se equivocaron. Y nunca reintegran el dinero debido.

  El ejemplo de Jordi Pujol resulta paradigmático. Es uno de los pocos políticos que conocen y guardan con mil sellos secretos estatales. Colaboró estrechamente con los tres primeros presidentes de la Transición y asistió a la entrada de España en la Unión Europea. Durante su mandato al frente de la comunidad catalana (1980-2013), las cancillerías europeas llamaban antes al Palau de la Generalitat de Catalunya que a la Moncloa, en Madrid. Querían conocer la opinión de Pujol antes que la de Suárez, Felipe González o Aznar. Tal y tanto era su poder, dentro y fuera de España. Su declaración del 25 de julio puede ser solo la antesala de otras más crudas si, como solía coaccionar a sus émulos, le mencionan la familia. No fue, ni mucho menos, una disculpa. Jordi Pujol nunca creyó en la democracia española. Por eso no le inquietaba el fraude ante Hacienda mientras exigía a otros su cumplimiento con rédito personal incluido. A un país de paletos, como decía y dice de España, poco importa defraudarlo. Sus inversiones fingían soto voce el establecimiento de una red internacional de soberanía catalana.

Al margen de la estrategia del momento, muy bien escogido, Jordi Pujol esconde una intención manifiesta de silencios graves a punto de estallar tan pronto toquen ciertas teclas del clavecín que oculta en su memoria. Está también en juego la misión de su albacea económico y político, designado sucesor a título de historia, Artur Mas. Y son muchos los euros y dólares comprometidos. Tantos, que sí tocan fuga de Estado.  He ahí el fondo, invertido, y superficie de la soberanía catalana.

Antonio Domínguez Rey

Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.

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