Va a hacer muy pronto un cuarto de siglo que, con la caída del Muro de Berlín, el mundo pareció abrirse a una nueva época cuyo signo distintivo iba a ser la libertad para todos y en todo. Francis Fukuyama, un americano de origen japonés, saludó el nuevo ciclo histórico que se inauguraba en un artículo más citado que leído en el que constataba el triunfo definitivo del liberalismo y de la economía de mercado, en un mundo inevitablemente impelido a una completa globalización. Es verdad que, cautamente, Fukuyama puso el título de su artículo, “¿El fin de la historia?” entre interrogaciones y que, al final del mismo, aludía con detalle, a los dos graves desafíos contra el nuevo orden que preveía y describía: el fundamentalismo religioso y el nacionalismo. Y lo decía mucho antes del 11 de septiembre y sus secuelas y del sarampión de los nacionalismos tribales que se han multiplicado a caballo de los dos siglos, como muy bien sabemos por aquí.
La guerra por el invadido Kuwait contra el Irak de Sadam Husein (1990-1991), bendecida por Naciones Unidas y promovida por una coalición en la que participaron desde los Estados Unidos a la moribunda Unión Soviética, se vio como el primer resultado de esa nueva época. El presidente americano George H.W. Bush, el padre, no quiso derrocar a Sadam llevando sus tropas hasta Bagdad pues, prudentemente, sospechaba que el concepto de "cambio de régimen" es mucho más fácil de enunciar que de realizar y con un realismo que le han criticado desde entonces los “neo-con” (el ala derecha de la política exterior americana, los “halcones”) parecía pensar que más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer. Con todo, acuñó con entusiasmo la expresión "nuevo orden internacional" pero, tras usarla insistentemente más de cuarenta veces, la desechó. Acababan de empezar las guerras de la antigua Yugoslavia que mostraban sangrientamente que los viejos demonios no estaban en el infierno sino entre el sufrido género humano.
Se echaban así por tierra las esperanzas de un mundo nuevo basado en la libertad y la democracia. Quizás tenía razón Aleksandr Herzen, considerado con razón como uno de los iniciadores de la intelligentsia rusa del siglo XIX, cuando escribía, poco después de la revolución europea de 1848, en un bello libro titulado Desde la otra orilla, (no hay que olvidar que estaba en el exilio) que “es estremecedor que cuando un mundo desaparece, no deja detrás de sí un heredero, sino una viuda preñada”. Apuntaba así a que lo nuevo que va a nacer no aparece nunca inmediatamente, pero también a que lo nuevo lleva en sí mismo, necesariamente, una carga del pasado y, muy a menudo, no lo que más valdría la pena conservar. La metáfora también permite suponer que el nacimiento de lo nuevo, solo ve la luz entre inevitables dolores de parto.
Se explica quizás así porqué la democracia se escabulle una y otra vez y qué increíble capacidad de recuperación tienen las viejas y odiosas fórmulas del pasado predemocrático. El mundo occidental, Estados Unidos y Europa, que eran vistos como los faros y las referencias de ese nuevo orden político, social y, sobre todo, moral, que parecía columbrarse, atraviesa un periodo de descrédito y pocos se atreven a proponerlo ahora como modelo. El “médico cúrate a ti mismo” es lo que le dicen ahora a Occidente desde los otros continentes. Y no solo porque ante los graves problemas que aquejan al planeta (Oriente Medio, en toda su complejidad, África, Ucrania, América Latina, Asia-Pacífico…) no sea capaz de articular una respuesta eficaz, haciendo valer su histórica autoridad, sino porque, internamente, está proyectando un lamentable espectáculo de división interna, egoísmo nacionalista, insolidaridad e impotencia clamorosa, bien aderezado todo ello en una crisis económica de la que no acaba de zafarse.
Montesquieu, que escribía exactamente cien años antes que Aleksandr Herzen, estimaba que cada régimen tiene un principio que le inspira, el honor lo sería de la monarquía, la virtud, que él asignaba a la república, hoy lo sería de la democracia. Y no vivimos, ciertamente, en una época en la que el honor o la virtud sean valores respetados ni asumidos. Cuando la corrupción alcanza niveles asfixiantes, sin que el Estado de Derecho parezca tener recursos rápidos, eficaces y contundentes para erradicarla, porque “todo acaba olvidándose” –como alguien acaba de decir para disimular sus vergüenzas- es muy difícil dejar un margen al optimismo. André Fontaine, un agudo comentarista francés, escribía en 1991 que “la Virtud que para Montesquieu era la condición sine qua non de la democracia es demasiado rara para que su victoria se pueda dar por segura”. Diógenes andaba en pleno día con una lámpara buscando al hombre justo. Tendríamos también que sacar el GPS, para ver si encontramos el honor o la virtud. Y ya que hablamos del GPS, digamos, de pasada, que tecnológicamente estamos muy avanzados pero en virtudes cívicas seguimos en plena era tribal.
Así es como estamos volviendo a un pasado que creíamos superado para siempre. Rusia no es, ciertamente, una democracia homologable ni lo va a ser durante mucho tiempo. Pero Vladimir Putin ha logrado reunir en su mano más poderes que el último zar. Basta leer los libros publicados con motivo del centenario de la Primera Guerra Mundial para comprobar que Nicolás II, tuvo un papel menor y, más que decidir, estuvo arrastrado por su entorno, para lanzarse a aquella tragedia. Putin, por su parte, actúa como un zar de los que mandaban de verdad, tipo Pedro el Grande o Catalina II, y hasta ha adoptado las grandes líneas de acción de los Romanov: Defensa de Rusia y de los rusos allí donde se encuentren, uso político y propagandístico de la tradición ortodoxa y de la tesis de Moscú como Tercera Roma, odio al Occidente decadente y corrompido, que secularmente ha sido enemigo de la Santa Rusia. Desde luego, manda mucho más que Nicolás II y casi tanto como Iván el Terrible.
Con más coincidencias de las que se pueden apreciar a primera vista, Turquía -enemigo secular, por cierto de la Rusia zarista- acaba de elegir como presidente, por primera vez por voto popular, a Recep Tayyip Erdogan, hasta ahora primer ministro. Cada vez es más evidente que el experimento de laicismo en un país islámico, que puso en marcha Kemal Atatürk va a hacer pronto cien años, está siendo finiquitado por el islamismo “moderado” del AKP, dirigido con mano de hierro por Erdogan. Hay en Turquía, en algunos de sus sectores, una cierta nostalgia de la larga época imperial otomana y Erdogan encarna a la perfección la figura del sultán, dotado de amplios poderes. Pero no un sultán como los de la etapa terminal otomana, manejados por poderosos grandes visires o por los intereses de las grandes potencias extranjeras, sino como los de la era brillante del imperio, antes que otro zar, Nicolás I, denominara a Tuquía como “el hombre enfermo de Europa”. Si Erdogan logra imponerse –y hoy parece que tiene a su favor todas las bazas- el kemalismo quedará finiquitado y Turquía, miembro de la OTAN, será difícilmente, a pesar de todo, ese ejemplo a seguir por los países árabes, tras el fracaso de sus mal llamadas “primaveras”. De la república kemalista se habrá pasado al sultanato neo-otomano.
Además del "zar" Vladimir y del "sultán" Erdogan que, por supuesto, no se denominan así oficialmente, aunque de hecho actúen como tales, tenemos que añadir ahora a un califa que sí asume ese título y que, como se sabe –desgraciadamente, porque va dejando tras de sí un rastro de asesinatos colectivos y destrucción- aspira a crear un califato en el territorio que ya ha conquistado con su ejército al este de Siria y al norte de Irak. Se trata de Abu Bkr el-Bagdadi, que inició su “carrera” terrorista luchando con los americanos en Irak en 2003, con su verdadero nombre que es Ibrahim al-Badri al-Samarrai, que es nada menos que doctor por la Universidad islámica de Bagdad y que se ha buscado una genealogía que le hace descender de Mahoma, algo indispensable para quien aspira al califato, máximo poder religioso y político en el mundo islámico. Como tantos otros procede de Al Qaida, pero su organización de ha independizado y desde finales de junio-principios de julio actúa, o pretende actuar como califa, el primero desde la supresión del califato en 1923. Por cierto, ha adoptado el nombre de Abu Bkr o Abubéker, que fue el del primer califa después de Mahoma.
¿Cómo se ha podido llegar hasta esa situación de patológica regresión? Su grupo, denominado ISIS o EI puede decirse, sin temor a equivocarse, que es una consecuencia de la falta de una política occidental respecto de la guerra de Siria contra Asad. El alargamiento de esa guerra, con sus letales consecuencias, ha dado pie para que allí se instalen y se entrenen un gran número de extremistas islámicos, que han tenido fácil acceso a un armamento moderno y que han encontrado un jefe decidido en el citado Abu Bkr. Obama está siendo muy criticado por esta falta de una política bien definida. Pero eso es otro asunto, del que nos ocuparemos otro día.