Ambos llegaron al poder con el eslogan de combatir la corrupción hasta las raíces. Como suelen hacer todos los políticos en campaña electoral. Pero también como todos, cuando hablan de corrupción se refieren a la de los adversarios, cuando lo más fácil resultaría limpiar primero su propia casa.
Cuando Susana Díaz se encaramó a la presidencia de la Junta de Andalucía, nada más tomar posesión de su cargo, lanzó una serie de diatribas que hizo pensar a los andaluces que ahora sí, la Junta iba a erradicar la endémica corrupción de la región. Fue un espejismo. Primero, porque Díaz ocupó puestos de responsabilidad en los Gobiernos anteriores, pero, en especial, porque lo que quiere es proteger a sus “padrinos”. Y cuando la juez Alaya elevó al Supremo la causa, cuando ya se intuyó que Chaves y Griñán podía sentarse en el banquillo de los imputados, a Díaz le faltó tiempo para echar un capote a sus protectores para, también como siempre, echar balones fuera y convertir uno de los mayores escándalos de la democracia en una operación del PP para mellar la credibilidad de los socialistas.
El nuevo secretario general del PSOE, como no podía ser de otra manera, ha seguido los pasos de su tutora, de su avalista, de la nueva “jefa” del partido. Y se ha despachado con unas declaraciones que no tienen desperdicio al ofrecer su confianza al exconsejero de la Junta implicado en el escándalo. Primero habló con él para darle ánimos y recomendarle que fuera fuerte. Y luego declaró que “esperaba que fuera inocente”.
La opinión pública está harta de que los políticos prometan hasta la saciedad que tomarán todas las medidas contra la corrupción; pero, cuando llega la hora de la verdad, defienden a sus correligionarios con el infantil y falso argumento de “Y tú más”. Pero va a resultar difícil que ningún partido político supere los niveles de corrupción y repugnancia que se han urdido desde hace casi cuarenta años en la Andalucía gobernada por el PSOE con las subvenciones fraudulentos a los sindicatos para mariscadas y lujos sin par, las trampas de los falsos cursos de formación y el enriquecimento de amiguetes y socios. Si el PSOE no quiere ser engullido por los radicales de izquierda, que crecen como hongos, sus máximos dirigentes deberían limpiar su casa del pesado lastre de la corrupción. Y, ya luego, pueden acusar al PP del caso Gürtel y demás. Pero, después.