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CRÍTICA DE CINE

Una cita para el verano: Delicada ópera prima y póstuma de Philip Seymour Hoffman

Laura Crespo
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lauracrespoelimparciales/12/5/12/24
jueves 21 de agosto de 2014, 15:20h
Actualizado el: 27 de agosto de 2014, 19:02h
Una cita para el verano: Delicada ópera prima y póstuma de Philip Seymour Hoffman
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Llega a España cuatro años después de su estreno en Estados Unidos. Por Laura Crespo

Cuatro años después de su estreno en Estados Unidos, la distribuidora de cine independiente Surtsey Films ha conseguido traer a España la ópera prima del actor y una única vez realizador cinematográfico Philip Seymour Hoffman. Una cita para el verano se estrena en nuestro país siete meses después de la muerte Hoffman como una impecable carta de presentación que es también, desgraciadamente para los amantes del cine, la de despedida. Una apuesta sólida pero fugaz por el cine del detalle, las historias de personajes y las interpretaciones rotundas que enfrenta sentimientos y deja un poso agridulce.

Una cita para el verano es la –una vez más- libre traducción al castellano del título original, Jack Goes Boating, adaptación cinematográfica de la obra homónima guionizada por el mismo autor del texto teatral, Robert Glaudini. Protagonizada por el propio Hoffman, primero sobre las tablas y después en la gran pantalla, hace una biopsia de las relaciones humanas en la amistad y la pareja. Hoffman es Jack, un conductor de limusinas en Nueva York, introvertido, torpón y encogido en sí mismo. Su mejor amigo, Clyde, (John Ortiz, que también participó en la versión teatral) le prepara junto a su mujer (Daphne Rubin-Vega) una cita a ciegas con una compañera de trabajo ésta (Amy Ryan), con tan pocas habilidades sociales como él. El planteamiento es simple y la acción no implica una complejidad mucho mayor. Muestra los esfuerzos de Jack para conquistar a Connie, cómo los dos arrastran sus inseguridades, sus traumas y sus peculiaridades en el deseo de conocerse, y lo contrapone al proceso inverso, la descomposición –no hay mejor palabra- de la pareja formada por Clyde y Lucy. No hay más. Sobre una base llana, lo que sobresale es el cine: un guión sólido que mete al espectador en la intimidad de cuatro personajes sin que ellos se enteren, sin que ‘actúen’ para el público sino haciendo que’ vivan’ para él; una realización ingeniosa, con movimientos de cámara sublimes y atractivas, pero dosificadas, fórmulas de montaje; una fotografía cálida y, sobre todo, una labor interpretativa tan inmensa como contenida, como el universo en una cáscara de nuez.

El tándem formado por Hoffman y Ryan consigue desprender química sin que ninguno de los personajes pierda un ápice de la individualidad asocial que los define. Ambos protagonizan una escena de cama resaltable por atípica, por estar llena de ternura y al mismo tiempo resultar abrupta, incómoda para un espectador consciente de que no debería de estar ahí. El sexo como algo verdaderamente íntimo expuesto en una pantalla. Clyde y Lucy parecen personajes más comunes. Él, gracioso y amigo de sus amigos. Ella, sensual y maternal según la perspectiva. No desvelan mucho más en la primera mitad de la película, pero consiguen generar una intuición de debacle.

Ambas parejas arrancan en lugares distintos, confluyen en un punto –escenificado en una secuencia grandiosa, el día de la cena en el apartamento de Clyde y Lucy para la que Jack lleva un mes preparándose- y toman direcciones radicalmente opuestas. Por el camino, mentiras, paciencia, traición, confianza, fidelidad, esfuerzo y superación, debajo de la alfombra de la normalidad.

Una cita para el verano no es cine hecho para el disfrute descocado del espectador. El regocijo es sutil, intuitivo y está en los detalles, en abrirse al goce situaciones y personajes lejos del imperio de la acción. Es una cinta visualmente bella, armoniosa y delicada, con un fondo neoyorquino que va mutando del blanco del invierno al verano ocre.

Philip Seymour Hoffman demuestra su genialidad con una cinta de bajo presupuesto y alto cine, una película de belleza particular pero agradable y un trasfondo dudoso, ni del todo amargo ni dulce al cien por cien. Quizás un poco como el propio Hoffman, quien, pese a gustos y colores, demuestra con Una cita para el verano, que en febrero no sólo acabó la carrera de un excelente actor.
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