Durante la segunda mitad del siglo XX se han prodigado en el Oriente musulmán las individualidades de marcada connotación religiosa, proyectando su ideario con fervor a la comunidad.
En puridad y siempre en halo de santidad, la oferta redentora de no pocossalvadores a través de una existencia edificante o de un sacrificio in extremis por la Humanidad, ha configurado comportamientos que se han decuplicado a lo largo de los siglos recorridos por las grandes religiones monoteístas.
El sociólogo alemán Max Weber (1864-1920) contrapuso el carisma religioso de muchos salvadores a la legitimación del poder que dimana de un orden racional-legal. Ambos han sido pilares de sendas tradiciones históricas, de un calado social comprobable en la galería de figuras excelsas que son patrimonio de la historia de la Humanidad. Desde Buda a Jesucristo, entre las figuras dotadas de carisma religioso; y desde Confucio a Sócrates entre aquellas que han puesto los pilares de la ética y la lógica transfronterizos -con valor de uso todavía no periclitado-. Esta caracterización weberiana ha tenido un impacto formidable en el campo de la sociología histórica. Incluso algunos filósofos de la Historia más próximos a nuestro tiempo, como es el caso de Arnold J. Toynbee (1889-1975), tenían por convincente aquella caracterización de liderazgo (carisma o legalidad), con el añadido -según el historiador británico-de la figura del salvador por la espada, al tiempo que vehículo de imperios- Alejandro Magno, por ejemplo.
Sin alcanzar la estatura, o el valor simbólico, con que todas las individualidades fundadoras de religiones de ámbito universal han pasado al registro del decurso histórico, la comunidad islámica-de rica tradición mesiánica (mahdíes) y apostólica (imames)- constituye actualmente un vivero en el que abunda una variada tipología de personajes dotados de carisma religioso (dentro de la teología musulmana), no incompatible ni mucho menos, con perfiles de competencia jurídica (fqih) reconocidos.
La abundancia de las figuras carismáticas en el ámbito religioso-cultural del Islam contemporáneo puede explicarse por dos o tres fenómenos concomitantes aquí destacables. Hay uno, empero, de relevancia indiscutible, como es el fracaso del reformismo, inspirado principalmente por la trayectoria del mundo occidental durante su decurso moderno en Occidente; decurso ambicionado para su incorporación (matizada) al Islam por no pocos reformistas musulmanes. De aquí la disyuntiva cultural que viene circulando desde los albores del reformismo salafí hace más de un siglo: “¿Modernizar el Islam, o islamizar la Modernidad?”, tal como fue parafraseada aquella por el jeque Yasin, fundador marroquí del movimiento Justicia y Caridad. Un título, en rigor, para comprimir el dilema del Islam contemporáneo.
El regreso a reinterpretaciones salafíes del Islam-ya con anterioridad a 1900- en la geografía religiosa del mundo árabe, turco, iranio, afgano e indostánico, fue un claro precursor del Islam político que hoy ha penetrado en no pocos partidos y gobiernos de raíz religiosa, ejemplo acabado de lo cual es la República Islámica de Irán. Incluso en Turquía, donde se impuso a partir de 1923 una secularización social con ribetes jurídicos laicizantes, el partido en el gobierno de Ankara, desde 2003, no ha dudado en ser reconocido con el anagrama en lengua turca AKP (Partido de la Justicia y el Desarrollo), aunque posea resonancias neo-otomanas confesas, más que en su cuerpo doctrinal, en un regreso paulatino hacia el estilo del Islam consuetudinario. O sea, vuelta a las raíces coránicas, de los hadices (jurisprudencia) y de la Sharia (fundamento jurídico del Islam).
El mismo fracaso de la corriente panarabista que encarnó Gamal Abdel Nasser (presidente de Egipto entre 1954-1970) y del socialismo con que se intentó fusionar el Islam en el seno del partido político Baaz (o renacimiento, en su etimología vernácula), coadyuvó a que un torbellino de reivindicaciones sociales insatisfechas y la toma de conciencia de un proceso modernizador discontinuo y quebradizo, encontraran en el Islam político un reencauzamiento radical compensatorio. El misoneísmo, o rechazo activo de lo nuevo o foráneo,con armas en la mano si necesario fuese, vino a sustituir el afán reformista conciliable con el legado islámico más puro. Olivier Roy y Gilles Kepel, entre otros estudiosos, han entrado a fondo en esta dimensión del tema.
Es evidente que las aspiraciones regeneradoras del reformismo islámico se han solido solapar entre sí, dando lugar en Occidente, por su parte, a una confusión macabra que nos sigue afligiendo y que actúa a la postre en detrimento del diálogo cristiano-islámico en los dos hemisferios religiosos, diálogo tan codiciado por Mohamed Talbi desde su Túnez natal.
A título meramente ilustrativo, se nos ocurrerecordar en estas cuartillas a unas pocas figuras dirigentes del Islam contemporáneo, carismáticamente dotadas algunas más que otras, aunque ninguna de ellas exenta de sólidos fundamentos religiosos y jurídicos. Veamos, a título de colofón, esta nómina de reformistas musulmanes -algunos de ellos afectos a la violencia más descarnada- que han, o siguen, marcando tendencia en el Islam contemporáneo:
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Ali al-Sistani (1930-), un ayatolá iraquí que es estimado como la persona más influyente del malhadado país mesopotámico. Está a la cabeza de la Alianza Unida Iraquí, y viene contrapesando el círculo vicioso en que está sumergido el Estado y la sociedad iraquíes desde 2003.
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Ruhollah Jomeini(1902-1989), autoridad teológica y jurídica que encabezó la revolución iraní triunfante en febrero de 1979. Fue primus inter pares dentro de la jerarquía chií y máxima autoridad política y religiosa hasta su muerte.
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Osama Ben Laden (1957-2011). Desde la publicación en 1996 del texto “Declaración de guerra contra los americanos” (que ocupan los Santos Lugares de Meca y Medina), hasta su muerte a manos de un comando estadounidense en la frontera afgano-paquistaní, Ben Laden fue considerado el más aguerrido cerebro de Al-Qaeda (El Fundamento, la Base). Ayman al-Zawahiri (1951-), médico egipcio, es actualmente el sucesor de Ben Laden en la articulación de Al-Qaeda.
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Mohamed Omar (1962-¿?), misterioso estratega y conductor del movimiento talibán, luchó en su momento contra la penetración del ejército soviético en Afganistán (1979-1989). Luego alentó la insurgencia afgana contra la ocupación de su país por tropas de Estados Unidos y sus aliados en busca, dícese, de Ben Laden. La decisión del grupo neocon para erradicar el foco terrorista del Eje (islámico) del Mal condujo la política de Estados Unidos hacia vías metafísicas que escondían a duras penas un pretorianismo triunfalista.
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Abu Bakr al-Baghdadi (1971-), iraquí de Samarra, es el miembro más joven de esta nómina selectiva. Logró una titulación universitaria, aunque devino profeso yihadista (según él mismo) a partir de la ocupación de Iraq por las fuerzas aliadas que concitó con entusiasmo notorio el presidente Bush en 2003. Valiéndose de la caótica situación interior que reina actualmente en Siria e Iraq, Al-Baghdadi ha emprendido una ofensiva militar, de identidad religiosa sunní, contra el gobierno de Bagdad -en manos de un grupo de confesión chií favorecido por la presidencia americana desde 2007-. Se ha autoproclamado califa de un presuntoEstado Islámico de Iraq y el Levante (EIIL) en junio de 2014. Una nueva operación bélica de castigo contra estos nuevos insurgentes -capitaneada desde el aire por Estados Unidos de América- se encuentra ahora en plena ejecución en el Kurdistán iraquí, donde arrecian los ataques de los milicianos al servicio de EIIL, mientras que la contraofensiva de los peshmergas kurdos -y de los drones de procedencia estadounidense- se baten ambos con denuedo. Si todo este pandemónium no tiene visos de encontronazo entre civilizaciones, que venga Dios y lo vea.