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TRIBUNA

Paradoja democrática

domingo 31 de agosto de 2014, 19:36h

Las declaraciones honestas de un miembro de UPYD en un medio de comunicación, El Mundo, han conseguido que esta formación política sienta en su seno el vértigo de la democracia. La paradoja que acompaña a la idea democrática ha hecho temblar a este partido. Es el comienzo para regenerar un partido que, desde su nacimiento, sólo se preocupó por la regeneración democrática sin plantearse con rigor cuáles eran los límites para que unos "políticos muy profesionalizados", es el caso de Rosa Díez, llevasen a cabo tan grandioso propósito.

Rico y variado es, pues, el aprendizaje democrático que de esa experiencia vertiginosa, que viven actualmente los dirigentes, los ideólogos, los militantes y los simpatizantes de UPYD, puede extraer cualquier espectador imparcial del fenómeno. De todas las enseñanzas que yo saco de este asunto, como observador más o menos imparcial, he aquí la primera: No sabría decir a ciencia cierta si la primera reacción autoritaria de los principales dirigentes de UPYD, ante la propuesta de Sosa Wagner, pone en cuestión las bases democráticas de este partido, pero no me cabe la menor duda de que los planteamientos del profesor Sosa Wagner, en un medio de comunicación independiente, marcan el inicio de un partido genuinamente regeneracionista de la democracia.

En efecto, más allá del asunto concreto planteado por el parlamentario europeo de UPYD, a saber, la posible unidad entre este partido y el de Ciudadanos, lo importante es que lo haya hecho en un medio de comunicación ajeno a los órganos del partido. He ahí uno de los lugares fundamentales donde se juega, por lo menos desde el siglo XVIII, el siglo de la Ilustración, el asunto clave de la paradoja democrática que, ayer como hoy, suscita escándalo, cuando no perplejidad, en cualquier observador con sentido común, o es que acaso existe alguien todavía con dos dedos de frente que no se soliviante ante el hecho de que en democracia todo el mundo está llamado a opinar sin excepción y acepción de personas, o sea, la democracia da poder a gente sin cualificación alguna para hablar de lo que más nos importa, lo común. Ya sé que es un asunto escandaloso, pero es el destino de nuestras sociedades y como tal hay que asumirlo. Y, dicho sea de paso, quien no se haya enterado de este asunto, por favor, le aconsejo que lea la obra entera de Ortega, pero de modo especial la cada día más actual Rebelión de las masas.

Pero, a lo que íbamos, ¿por qué iban a tener más derecho los dirigentes de un partido a tratar un asunto que a todos nos interesa que un militante de base?, ¿por qué Rosa Díez tiene más derecho que Perico el de los palotes a opinar sobre la regeneración democrática?, ¿por qué un órgano de un partido político tiene más derecho que un periódico cualquiera a plantear un asunto que a todos nos incumbe? Si existiera ese pretendido "derecho", la democracia moriría de repente. En democracia, y esta es la gran paradoja, nadie es más que nadie, ni siquiera, y lo digo con absoluta tristeza, al que tiene más capacidad y sabiduría, reitero, le asiste más derecho que a un lerdo a opinar sobre lo común. Es la cruz y la cara de la democracia. La cualificación, ni siquiera la de un político profesional, como es el caso de Rosa Díez, vale más que la de un ciudadano de a pie... ¿Quién es Rosa Díez para decir que determinados asuntos, que a todos nos afectan, sólo pueden plantearse en los órganos de un partido y no en los medios de comunicación? Si la democracia de opinión pública política que vivimos en Occidente prescinde de los medios de comunicación, muere la democracia.

Por eso, precisamente, se extraña Sosa Wagner, cuando una periodista le pregunta: ¿por qué planteó su propuesta en El Mundo y no en los órganos de dirección del partido? Sólo un demócrata, alguien que alimenta la paradoja democrática, puede, en efecto, sorprenderse tanto ante la pregunta como por la reacción de la principal dirigente de su partido: "No deja de sorprenderme la expresión (de Rosa Díez e Irene Lozano) que la ropa sucia se lava en casa. Esto no es ropa sucia, es ropa limpísima. Y es perfectamente legítimo plantear un debate en los periódicos, que son referencias para el debate en las democracias." Cierto. Y añado: no sólo es legítimo plantear un debate sobre lo que a todos nos importa en la prensa, sino que es absolutamente necesario el régimen del conocimiento y el modo de circulación y gestión de la información en el seno de una sociedad libre, que se compromete nada más y nada menos que a promover y proteger igualitariamente las libertades, o sea a traer más democracia. Eso es la regeneración democrática; lo contrario, es mero partidismo.

Esta impertinente demanda democrática, es decir, que tenga tanto derecho a opinar un diletante como un sabio, que valga lo mismo la opinión de un hombre-masa como la un hombre-excelente, ha sido domesticada con distinto éxito, como puede constatarse a lo largo de la historia, en las diversas fórmulas del constitucionalismo moderno, pero todas ellas han dejado bien patente la irreductibilidad de la pretensión básica y original de considerar valiosa toda opinión o por lo menos merecedora de hacerse oír, sobre todo cuando se presenta con el aval del número, y de dar forma o color a las instituciones políticas de acuerdo con esta exigencia, que atenta contra convicciones muy asentadas en el sentido común.

En fin, quizá Rosa Díez crea que puede regenerarse la vida democrática con un partido de expertos y políticos profesionales muy cualificados, o sea con sentido común, pero Sosa Wagner ha venido a corregir esa creencia recordando el sentido democrático, la paradoja democrática, a saber, que vale lo mismo el voto de un cualificado que de un indocumentado.

La idea de democracia sigue demandando que la participación sea universal independientemente de la cualificación personal de la comunidad política. Este impulso, que ya desde hace mucho tiempo mentes excelentes consideraron sin más descabellado, es sin embargo componente clave del modelo de civilización de la sociedad occidental. Quizá a muchos les pueda parecer absurdo, incluso terrible, tal contradicción, pero la asumimos o, por el contrario, decimos que la cultura occidental ha perdido toda credibilidad en lo que toca a proponer modelos de civilización.

En cualquier caso, Sosa Wagner ha demostrado tener más sensibilidad para hacerse cargo de esa paradoja que Rosa Díez, y, sobre todo, ha actuado con más inteligencia que los dirigentes de su partido, porque ha intentado templar las exageraciones de la democracia de masas, en realidad, de la democracia al dictado de los partidos, con abundantes dosis de liberalismo. Las declaraciones de Sosa Wagner en El Mundo muestran que el modo la difusión del saber en forma de educación generalizada y la información cotidiana por los medios de comunicación social son los dos pilares sobre los que se asienta la posibilidad de una ciudadanía que merezca ese título. El resto es ideología. Engaño.

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