El poder del fútbol
domingo 18 de mayo de 2008, 22:11h
Este fin de semana ha terminado la liga de fútbol en España. Si repasamos las audiencias televisivas, veremos que gran parte de los programas más vistos a lo largo del año corresponden a retransmisiones deportivas, fundamentalmente partidos de fútbol. La “goleada” sería aún mayor si este 2008 no hubiera sido año electoral, y no se hubieran colado de rondón entre el ranking de televidentes los debates electorales entre Zapatero y Rajoy. Algo parecido sucede en los países europeos, donde el “calcio” italiano o la “premier league” inglesa alcanzan cuotas de pantalla espectaculares. Qué decir de Latinoamérica; el clásico Boca-River es capaz de paralizar Argentina, y los partidos de la Copa América tienen un seguimiento masivo. Algo parecido a lo que sucederá este verano, donde se juntarán Eurocopa de fútbol y Juegos Olímpicos en China.
Hace mucho tiempo que el fútbol dejó de ser un deporte para convertirse en un negocio. Impera el rédito económico que puedan obtener las empresas audiovisuales tenedoras de los derechos de retransmisión, y las grandes multinacionales deportivas que visten a las estrellas y explotan comercialmente su imagen, a veces hasta la saturación. Se mueven cifras astronómicas, y muchas veces se olvida la esencia del fútbol: un juego practicado por deportistas. Hoy, el futbolista de un club importante es poco menos que un ídolo de masas. Y un partido, algo más que un mero evento deportivo. Los palcos de los estadios se han convertido en auténticos “lobbies”, donde se cierran lucrativos negocios y en los que una foto puede cotizarse muchísimo. Baste ver las portadas de los principales diarios de información general -que no deportivos- para ver en los lugares de honor a políticos y empresarios, cuyo interés por el fútbol es, en muchas ocasiones, inversamente proporcional al de sus motivaciones personales. Demasiada trascendencia. Lo que antaño era sólo un evento deportivo, se ha convertido hoy en un auténtico fenómeno social, en torno al cual se mueve una espiral demasiado compleja. Y no es más que un juego. Eso sí, que paraliza países enteros y mueve cantidades mareantes.