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PASO CAMBIADO

Pedro Sánchez, de menos a Mas

José Antonio Sentís
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directorgeneralelimparciales/15/15/27
miércoles 03 de septiembre de 2014, 20:25h
Actualizado el: 09/03/2014 20:34h

Al secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, le gusta resaltar el inmovilismo de los demás. Bueno, de los de Mas y los de Rajoy. Ahí no está solo, porque muchos compran la idea sin saber demasiado lo que dicen. En realidad, no pasa de una frase de argumentario de partido. Porque de él se podría decir lo mismo, que es inmovilista, o al menos muy pesado, en su defensa de la reforma federal de la Constitución.


En realidad, cualquiera que tenga convicciones tiende a ser inmovilista. Si cambiara sus convicciones cada cuarto de hora sería un oportunista. Y ser inmovilista es bueno en ocasiones, si se tiene razón en el punto de partida que no se quiere mover. Por ejemplo, la defensa de la legalidad.


No parece demasiado malo ser inmovilista en el rechazo al fraude, al asesinato o a la pederastia. Y si nos trasladamos del delito común al campo político, no es inmovilista oponerse al separatismo, a la traición o a la subversión de la ley. Tanto es así que Sánchez es igual de inmovilista que Rajoy en el rechazo a un referéndum ilegal en Cataluña, como sensatamente dijo este miércoles tras su reunión con Mas. A lo que éste contesto lo de siempre, que verdes las han segado y él a la suya, lo que le hizo decir a Sánchez que salía de la reunión como había entrado. Porque una vez más, las posturas no se movieron entre quien quiere saltarse a la torera la ley y quien quiere cumplirla.


Hay que comprender la necesidad desesperada de plantear una posición original en un territorio que ya está ocupado (desafío separatista o unidad nacional). Y es entendible que Sánchez y el PSOE busquen esa tercera vía. Y hasta aquí, legítimo. A partir de aquí, hay que saber algo más sobre esa tercera vía, especialmente para averiguar si es una vía muerta.


La reforma federal de la Constitución tiene una gran ventaja como argumento: suena bien y no significa nada. Quien la propone no sabe cómo llevarla a cabo, ni puede hacerlo solo, ni puede controlar la seguridad del proceso sin que se vaya de madre. Porque abrir el melón constitucional es más fácil que cerrarlo, y una vez abierto hay muchas pepitas que recolocar: desde la redistribución territorial hasta la misma forma del Estado; desde las leyes electorales (mayoritarias, proporcionales) hasta las excepciones forales; desde la solidaridad interterritorial hasta la entrega de nuevos privilegios a grupos o comunidades; desde la vertebración institucional basada en partidos y sindicatos hasta las alternativas asamblearias…


No es seguro que el PSOE lo tenga todo claro en estos terrenos. Y sí es seguro que para que el panorama se despejase, la única posibilidad sería con un acuerdo político mayoritario, con el PP para empezar. Por eso, hablar de la reforma constitucional es un brindis al sol y una excusa para decir que Sánchez no piensa lo mismo de Cataluña que Rajoy, cuando es obvio que ambos coinciden en la unidad del Estado.


¿Cuál es realmente la única diferencia, la que se oculta tras la grandilocuente propuesta de reforma constitucional? Que el PSOE quiere darle algo al nacionalismo catalán a cambio de que se eche atrás en el órdago separatista. Porque Sánchez ahí aún no se ha despegado de Zapatero, quien cree que los nacionalistas catalanes se merecen algún premio porque son diferentes (léase, mejores) que el resto de los españoles. Y que si se les da, por ejemplo en forma de reconocimiento como Nación, ¡ni más ni menos!, se pondrían muy contentos y más españoles que nunca.


En esto no es original Sánchez. Los sucesivos gobiernos de PSOE y PP han intentado durante años contentar a la fiera con zalamerías. Sirva como metáfora la impunidad por décadas de Jordi Pujol y compañía (enorme compañía, y no solo familiar). Pero este gesto, que sirvió para aplazar el desafío, al igual que infinidad de negociaciones generosas entre el Estado y la Comunidad catalana, nunca termina de impedirlo, porque el nacionalismo solo se sacia con la independencia, y lo demás son gaitas.


Por eso, hace falta poner un límite, y ya ha llegado el tiempo de hacerlo. Entre otras cosas, porque la obligación de los gobiernos de los Estados es defender a la ciudadanía de esos Estados. A toda. Porque si nos ponemos a privilegiar hechos diferenciales, nos encontraríamos pronto con 46 millones de hechos diferenciales individuales, ocho mil municipales y diecinueve autonómicos o asimilados. No sé si hay tantos premios en la lotería de disolver España. Y todavía más grave sería premiar más a quien más eleva el listón del chantaje. Peor que un crimen: un error.


Ser inmovilista en la defensa constitucional puede ser, para algunos, un defecto. Para otros, y no los que usted piensa, la salvación. Porque imaginen los nacionalistas que se produjera una reforma constitucional para recortar las competencias autonómicas, que todo es posible en la vida cuando alguien decide abrir el melón antecitado. Por eso, los nacionalistas van a piñón fijo con su proceso soberanista y no quieren ni oír hablar de reformas constitucionales, que las carga el diablo.


En cualquier caso, la buena noticia para el sosiego de España es que Pedro Sánchez considera tan ilegal el referéndum de Mas como Rajoy, quien a su vez, estaba reunido en Madrid con Rosa Díez para expresar la misma idea de defensa constitucional (o se han puesto de acuerdo o se han contraprogramado, pero tanto da). Que Mas está más solo que la una, y que solo espera no perder la cara. Ni que se la partan. Y ambas posibilidades están sobre la mesa, porque a un lado está Junqueras y al otro Montoro.


Se ha especulado sobre si la visita de Pedro Sánchez a Artur Mas si ha sido para dejar abierta la hipótesis de un apoyo del PSOE-PSC al gobierno de Mas si éste se olvida de la consulta y ERC le da la espalda. Nada de ello se dijo en público, pero no sería absurdo que se hubiera tratado en privado. Porque todo lo demás era prescindible, salvo que Pedro Sánchez podía lograr unos ciertos minutos de protagonismo, tan necesarios para la consolidación del PSOE como partido central del sistema, ahora que está acosado gravemente por su izquierda. Y tal como ha empezado Sánchez, más bien vacilante, necesita urgentemente afirmar liderazgo. Por eso ha querido ir de menos a Mas. No tanto para hablar con él cuanto para mandar un mensaje a los suyos de que juegan un papel nuclear en la política, que Podemos les quiere birlar.


En fin, si le ha servido a Sánchez para eso, saludémoslo con alivio. Pero que tenga cuidado el líder socialista. Porque tal como están las cosas, acercarse mucho a Mas empieza a ser altamente contaminante en lo político. Hay volcanes en erupción más seguros para ir de camping que el Palau de Sant Jaume para ir de pactos.

José Antonio Sentís

Director general de EL IMPARCIAL.

JOSÉ A. SENTÍS es director Adjunto de EL IMPARCIAL

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